Hijos de su politiquera…

El Santo Oficio.
El Santo Oficio.
El Santo Oficio. (Reuters)

Ciudad de México

En estos días oscuros, aunque es prácticamente imposible, el cartujo quisiera apartarse del cáliz de las malas noticias para sumergirse en las gozosas páginas del libro El mejor oficio del mundo. 60 entrevistas, de Fernando Figueroa.

La nómina de entrevistados ejemplifican la heterodoxia de Fernando, su falta de prejuicios, su perene curiosidad. Entre ellos se encuentran escritores, músicos, deportistas, historietistas, histriones, con todos cultiva con fortuna un género pervertido por quienes jamás han aprendido a escuchar y sus presuntas entrevistas devienen insufribles monólogos, como tantas veces sucede en los medios electrónicos.

Las preguntas de Figueroa son concisas, directas, a veces punzantes pero nunca molestas. Lo importante, lo sabe, son las respuestas de sus interlocutores —algunas de ellas adquieren una vigencia inusitada en estos momentos de cólera, aunque sobre todo de luto. Por ejemplo, le pregunta a Fernando del Paso: “¿Cree en Dios?” y éste responde: “Soy agnóstico por no decir ateo. Me dan unas enormes ganas de creer pero no puedo. Vivimos en un mundo tan absurdo, tan espantoso. La humanidad es espantosa a final de cuentas. Me pregunto cómo pudo en Dios haber creado algo tan abyecto como el ser humano. El ser humano tiene cosas muy bellas. Paul Claudel decía que lo bello del hombre es más bello que el hombre. Yo agregaría que lo malo del hombre es tan malo como el hombre mismo”.

Los crímenes espeluznantes, las protestas violentas, el odio sembrado en todas partes le dan la razón al autor de Noticias del Imperio: vivimos en un mundo espantoso.

Otro de los entrevistados de Figueroa es el legendario Jesús Martínez Palillo, quien desde la carpa escribió páginas memorables de crítica política. En un tiempo de censura implacable, fue asiduo huésped de las cárceles de la ciudad de México por sus ataques a los políticos corruptos. “¿No escarmentaba?”, le pregunta Fernando. “No, nunca me pude quedar callado ante la injusticia. Apenas regresaba a la carpa y ya les estaba mentando la madre: ‘hijos de su politiquera…’”, dice el cómico.

“¿Cree que ahora tengamos más libertad de expresión?”, le inquiere el periodista. La respuesta es lapidaria: “Sí hay más libertad, pero yo creo que estamos peor. Antes les daba pena que uno les dijera sus verdades. Ahora se sienten tan poderosos que dejan que los demás digan lo que quieran. Piensan que nada les afecta, que nadie los va a mover de donde están”.

El cierto, los políticos mexicanos actuales practican como nadie el inefable arte de la desvergüenza. Ahí está René Bejarano dando clases de moral, o Alejandro Encinas y Guadalupe Acosta Naranjo rasgándose las vestiduras después de haber protegido al narco Julio César Godoy. Y ahí están los priistas y los panistas y los verdes y los morenos y los aliancistas y los demás, como zopilotes, medrando con la tragedia. Hijos de su politiquera…

Queridos cinco lectores, en la ciudad desquiciada El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.