Fantasma Barracuda

Hablabas con nostalgia de Brownsville, ese recuerdo de correr tu auto hasta el fondo, aquella detención policiaca de la que te libraste, “¿usted no ha deseado conducirlo así, con ganas de ...
Fantasma Barracuda
Fantasma Barracuda (Luis Miguel Morales)

Iturbide está desierta, las personas salen del cine, sin autos de gangsters o pachucos al estilo Chicago, los hombres con sombrero saludando por las calles fueron tragados por la modernización, sus Packard Twelve de 1933 también. ¿Tendremos algún Salvatore Maranzano versión mexicana? los mafiosos de esos años destilaban estilo, traficaban licor en la ley seca, apostaban, robos multimillonarios elegantes. Cuando veo a una señora con sombrero estilo cloche o lamb chop por el Centro, me pego a ella, sueltan datos sobre una ciudad que no conocí, ignoraba que existía una entrada que conectaba Bucareli con Iturbide, el sombrero, mencionan que fue de su madre, que lo compraron iniciando los 40 o quizá a mitad de esa década, cuando eran casi niñas o niñas. Señoras como reliquias caminantes, paso breve, difícil, bastón o andadera, otras encorvadas o de aspecto fuerte, 95, 97, 98 años, bolsas de cuero sorprendentes, intactas, las cosas antes estaban mejor fabricadas. Busco las huellas de los rieles del tranvía, me parece ver los restos que brillan con la luz del neón del Palacio Chino, mi padre nos compró dulces antes de entrar a ver La Guerra de las Galaxias, a la salida mi hermano se tiró al piso para obtener una espada con líquido neón, las arrebataban a los vendedores, llanto, raspones, gruñidos, niños llorando, no alcanzaron espadita de vidrio que brillaba en la noche, ¿para qué la querría mi hermano?, busco en la caja negra de la alegría perdida, camino de esquina a esquina tratando de acordarme, una tiendita está abierta, no venden piedrulces, los sustituyo por cualquier golosina, el dulce me golpea, me llena de alegría instantánea “no seas mensa, brilla en la noche, así podré matar a las momias”, jamás entendí la necesidad de mi hermano de matar una momia. También aquí pude ver 20,000 mil leguas de viaje submarino, mi padre lloró en una escena, es el recuerdo más hermoso que tengo de alguien mirando cine, quizá él me enseñó a amar lo que ocurre en la oscuridad de una sala de cine. La película Repulsión de Polanski hace tres domingos me animó a buscar cines por la ciudad, no cines modernos 2x1. No puedo recordar qué establecimiento estaba en lo que ahora es un edificio desocupado, visiblemente recargado en otro, “en quebranto”, el viejo y yo nos parecíamos, no sé adónde va a parar mi alegría o el desánimo.

Un vaso de vodka, una caminata en La Merced, una ronda de juegos de apuestas, un ramo de gardenias, unos norteños, una birria, un Barracuda rumbo a Acapulco o nada. Cuando pienso en casi todas las personas que me rodean, tenemos una diferencia abismal: nuestras infancias. En la tuya cualquier canción, en la mía J. Cash. Sobria he dañado mucho más a otros que borracha, en la ebriedad las cosas adquieren otra dimensión cuando bebo: soy amable. Arrastré mis pasos por Iturbide hasta muy tarde, de esquina a esquina, después regresé a casa, una maleta improvisada, color verde viejo, de la marca McCarthy, 14 horas más tarde llegué a Nuevo Laredo, ¿qué pensabas cuando cruzaste, qué canción escuchabas?, “los mejores autos se hicieron entre 1964 y 1974”, levantabas orgulloso el cofre del Plymouth Barracuda 1964. Una caricia, a veces un beso apasionado sobre el parabrisas o el cofre. “Si alguna vez quieres destruir un hombre que ame su auto: aviéntalo al barranco, hazlo pedacitos, que no quede nada, incéndialo”, ¿quién eras?, cuando conducías se te iba la cabeza a otro mundo, nadie te conoció mientras conducías, estabas solo, en una realidad alterna. Fascinada te miraba dentro de esa poderosa bestia capaz de acelerar a 90 kilómetros por hora su cola en una curva, sin temor a derrapar o estrellarse. Pocos pueden domar un cuda, cualquiera los autos de juguete actuales, pensé en su mandíbula poderosa. Cuando nado en mar abierto no puedo evitar la posibilidad de descender en ese Barracuda que guardamos en el garage, de no regresar, de dejarme llevar entre sus dientes de hierro y el mar. Tomar esa curva directo al fondo. Su forma es asombrosa, un animal inteligente sin duda, se parece al pez, en días de tormenta podrías ver uno, reluciente e invencible sobre la superficie del mar o la carretera. No imagino tu cara tras la muerte, hace mucho tiempo que no puedo recordar tu nariz, ni el tono de tu voz.

Me hablabas con nostalgia de Brownsville, ese recuerdo de correr tu Barracuda hasta el fondo, aquella detención policiaca de la que te libraste, “¿usted no ha deseado conducir un auto así, con ganas de estrellarse?”, sonriendo te dijo que la próxima vez te detendría. No obedeciste, al otro día estabas en la carretera otra vez. Los vértices de los recuerdos a veces me despiertan de golpe en las madrugadas. Esta frontera es el encuentro con alguien que ya no existe. Llevo tu chamarra gastada, ha pasado el tiempo, quizá era nueva aquella noche en la que atravesaste esas carreteras. Su forro rojo debió ser vivo, escandaloso, su negro muy profundo, ahora un negro parduzco empaña tu tiempo, el instante en el que usabas aquella chamarra. Me asombraba esa forma de conducir sin miedo, no temías a esas hermosas bestias que te acompañaron hasta el día de tu muerte. Algunos escogen la escritura, trabajo, amor o tragedia para enfrentar la vida, me decías que tu forma de enfrentar el mundo era la velocidad. La ciudad te aburría, no encontrabas caminos para correr. Estoy a unos pasos del río Bravo, hace calor, tengo la misma sensación que me asaltó la noche anterior en el aeropuerto de Denver, un problema con la compañía me llevó hasta allá. Una espesa y oscura inmovilidad. El  recuerdo de viajeros que perdieron su vuelo me asalta. Dispersos, solos, absortos. Pequeñas piezas de una arquitectura vieja en la inmensidad de este espacio. Este país es una Barracuda de dientes filosos, era cierto lo que escribiste, viejo, no mentías “Older cowboys con un letrero en la espalda que dice: ¿puedo ayudarte en algo? Si necesitas ayuda: no lo dudes”. Así que aquí dormiste hace meses. Me pregunto qué comerías y también por qué decidiste vivir en un aeropuerto de Denver durante cinco días, es inevitable recordar que también estuviste aquí, desdoblo tu carta, traje algunas, no tengo valor de leer el inicio, salto las líneas hasta el final “los egoístas son muy mafiosos, montoneros, jamás seas como ellos”, la primera carta que me escribiste desde el hospital a unas semanas de morir.

Otra vez estoy desempleada, atascada en una novela sin futuro, los dos sabemos que podría escribir todo el día, sin arrojo nadie llega a ninguna parte, estoy aquí, con 523 dólares para atravesar Estados Unidos de Norteamérica una vez más. Veo a los cowboys, me imagino su turbulenta juventud entre bourbon, fogatas, country, cenas sustanciosas, sus hermosos caballos semisalvajes, la luna enorme cobijando sus penas solitarias bajo la amorosa y hostil montaña. Pasé parte de la noche en los trenes que conectan las redes de ese monstruoso andén de historias. No logré conectar con nada. No llevo equipaje pesado “no sabes viajar, al viajar no lleves nada, solo tus manos, ¿eres escritora? lleva tus manos, pluma, una buena libreta, todas lo demás no sirven. Si no te sientes capaz de viajar contigo, no viajes. Atascar una maleta de objetos comprueba las carencias que tienes en la vida, en tu escritura”. Estuviste aquí en 1974. Aquí compraste en ese año la licorera que tengo entre las manos. Forrada en cuero rojo, “como mi sangre, rojo como la carne de los hombres que sufren”. La rellené de bourbon. ¿Dónde la compraste papá? ¿Cuánto te costó?, le doy un trago al bourbon mientras le subí a la canción de Ring of Fire de Cash.

No sé por qué perdí el vuelo esta noche, quizá el destino en el que no creo me trajo para buscar a Harry en el aeropuerto de Denver, ese amigo que tuviste o tienes, ¿estará vivo? “no tiene dientes, fue muy bueno conmigo, si lo ves: dale un abrazo, dile que eres mi hija, le hablé mucho de ti. Lo vas a reconocer por sus ojos grises, es imposible que me olvidara, nos hicimos amigos para siempre, uno conoce a sus mejores amigos en la necesidad, solo un perro malagradecido escupe a sus amigos. Usa una playera de beisbolista, fue un grande, jugó en las grandes ligas, lo derrotó el alcohol, por eso es importante lo que siempre te digo: bébete las botellas, no dejes que te traguen. Tienes amigos idiotas, no saben beber, prométeme que no te  vas a comportar como ellos. Harry vive frente a Air Lake Lines, tiene tres bancas, le respetan, un buen bebedor de bourbon, no le ofrezcas jamás, se ofende mucho, es un bebedor solitario”. América: su bourbon delicioso. ¡Que esperen muertos en barricas de roble los puristas! el mejor bourbon es de nosotros, pinches irlandeses, escoceses, ingleses y mirreyes: paren de sufrir, beban bourbon. El bourbon no es un whisky menor o una imitación: si no sabes la diferencia entre bourbon y whisky deberías darte un tiro.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)