Fantasías calculadoras

Solo la narrativa personal de cada cual nos permite a todos no detenernos a contemplar el absurdo inherente a un hecho tan elemental como investir de significado y afecto algo como la vida.
Narrativa ilusoria, pero significativa.
Narrativa ilusoria, pero significativa. (EFE)

México

Para Chela, con mucho cariño

 

Una de las grandes discusiones que se producen sobre El Quijote es si don Quijote está fingiendo o si está realmente loco. A menudo el narrador reflexiona sobre el hecho de que en todo lo que no corresponde a su papel como caballero andante es perfectamente juicioso. No solo eso, sino que cuando la realidad amenaza con desgarrar de manera irremediable el velo de su fantasía, como cuando Sancho le hace ver que los molinos son molinos y que un rebaño de ovejas es un rebaño de ovejas, recurre al placebo del encantamiento que trastoca las cosas para hacerlas parecer lo que no son, y con eso mantiene intacta la unidad de su inagotable fantasía.

Respecto al autoengaño, en un libro llamado The Birth and Death of Meaning el antropólogo norteamericano Ernest Becker explica que los soldados van a la guerra bajo la creencia de que las balas caerán siempre sobre sus compañeros. Es decir, que pocos se aventurarían con valor hacia lo que consideraran una muerte segura. La implicación de lo anterior es que solo la narrativa personal de cada cual nos permite a todos no detenernos a contemplar el absurdo inherente a un hecho tan elemental como investir de significado y afecto algo como la vida, que sabemos de cierto es por naturaleza efímera y transitoria. ¿Qué importancia puede tener nada al lado de la certeza de que un día no existiremos más? Solo las narrativas religiosas o seculares que nos creamos permiten sortear el enigma y vivir con un apego tal que desafía a la conciencia de la propia muerte.

Entonces, si de todos modos habremos de construir una narrativa necesariamente falsa (pues no puede haber una sola que sea la verdadera), ¿no vale más la pena alguna narrativa rica, colorida, con texturas y matices, como la que lleva a don Quijote a comportarse como un caballero andante, en comparación con las narrativas calculadoras cuyos molinos y ovejas hoy adquieren la envoltura del afán de riqueza y lujo, de la
acumulación de juguetes tecnológicos, el arte frívolo, y demás fantasmas a los que hoy en día consagramos la existencia? ¿Habría quien se atreva a afirmar acaso que conducen a una existencia más plena que alguien que decidiera emprender hazañas como las del Quijote? Quizá aquellos aún interesados en las andanzas de El Caballero de la Triste Figura puedan hallar consuelo en una de las máximas que le dirige a su fiel escudero, cuando éste le sugiere refugiarse algún tiempo de los peligros que entraña la búsqueda de aventuras: “Bien dices Sancho (…) y será gran prudencia dejar pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre”.