Fanáticos, enemigos de la cultura: Salman Rushdie

El autor, que estará presente en la FIL de Guadalajara, dice que ya en la Inglaterra del siglo XVII se cerraban teatros: el puritanismo teme que alguien pueda ser feliz.
El escritor durante su encuentro con la prensa en Madrid.
El escritor durante su encuentro con la prensa en Madrid. ( Carlos Rubio Rosell)

Madrid

Alos fanáticos de todo pelaje no les gusta la cultura; no les gusta el placer. "Los consideran sus enemigos, y por eso los prohíben, y es entonces cuando el placer y la cultura se convierten en un acto revolucionario", afirma el escritor angloindio Salman Rushdie, quien pronuncia estas palabras durante un encuentro con la prensa en la capital española, donde ha viajado para presentar la edición en nuestra lengua de su más reciente novela, Dos años, ocho meses y veintiocho días.

Rushdie (Bombay, 1947) aparece a las diez en punto de la mañana y se muestra afable, complaciente con los fotógrafos, que durante casi 20 minutos le piden posar de distintas formas. Está contento con su nuevo libro, una extraordinaria fábula que transcurre a lo largo de mil y una noches y que, como la mítica narración oriental, mezcla cuentos de hadas, genios encerrados en botellas, brujas y magos, héroes y villanos, amor y fantasía, y que recupera la vieja tradición de las historias orales desde una óptica muy contemporánea, convirtiendo su relato en una avalancha de imaginación donde se enfrentan, a la manera de los grandes mitos, la razón y el fanatismo, la intolerancia y la libertad, la superstición y la cultura.

"Se trata de algo nada nuevo, de una batalla que está en la Historia de la humanidad", dice Rushdie. "Es una discusión que tiene dos mil años de antigüedad y, por otra parte, está también incubada dentro de nosotros mismos".

Hoy nadie puede decir que Rushdie ha estado amenazado de muerte y que sobre su ser pesa una fatwa dictada el 14 de febrero de 1989. El autor de Los versos satánicos, obra que provocó ese diabólico edicto que lo acusaba de "blasfemo contra el islam", muestra una serenidad imperturbable. Sonríe con espontaneidad y es muy amable con sus interlocutores. Pero sabe que sigue sin ser del gusto de los fanáticos del islamismo extremo. "Las prohibiciones existen en todas las culturas. Ya en la Inglaterra del siglo XVII se cerraban teatros. La cuestión está en el puritanismo, que teme que alguien pueda ser feliz. Por eso se prohíben el teatro, el cine, los libros".

Una libertad básica

La puerta de salida de ese fanatismo está, sostiene Rushdie, en la libertad de expresión. "En ese contexto, la libertad de expresión, y yo no soy abanderado de nada, es sencillamente la posibilidad de todo arte y de toda sociedad. Es la libertad más básica. Desgraciadamente está muy amenazada. Pero cuando estamos involucrados en la cultura, debemos defenderla sin preocuparnos de qué nos puede pasar. Y la mejor manera de hacerlo es ejerciéndola".

Rushide recuerda que escribir Dos años, ocho meses y veintiocho días fue una reacción a la escritura de su autobiografía (Joseph Anton). "Me fui al lado contrario desde el punto de vista emocional. Y me planteé hacer algo sobre el fanatismo que fuera más allá del eco de lo que escuchamos en las noticias, algo más universal".

Con un bagaje de la literatura oriental en el tintero, Rushdie incluyó en la escritura de su novela elementos de la cultura pop occidental contemporánea, creando así una obra mestiza que él califica de "loca" y que comienza en España, de la que el escritor reconoce influencias puntuales como Goya o Buñuel, para crear una atmósfera que, precisa, es de "comedia negra".

"Las historias orientales del libro", abunda, "siguen muy vivas, actuales y vigentes. En India siguen atribuyendo hechos a ciertos magos y espíritus fantásticos. Son historias vivientes con las que yo crecí, que me contaron mis padres y que yo he contado después. Más tarde, en Estados Unidos e Inglaterra, comencé a interesarme por la tradición occidental del surrealismo, y sentí que ambas tradiciones eran similares. me recordaban mucho a esas narraciones orientales. Yo pertenezco a una tradición no naturalista que existe en todo el mundo, como en Latinoamérica, con el realismo mágico. En ese sentido, creo que en literatura confluyen ambas tradiciones en muchas obras. El principio subyacente es el mismo: contar de una cierta manera la realidad. El naturalismo es mucho más reciente. Y la mía es una forma más antigua de contar la realidad".

Historias y humor

Precisamente la realidad actual del fanatismo islámico aflora en esta obra, aunque Rushdie aprecia el fenómeno de manera tangencial, porque su novela, destaca, "no es de ideas, sino de historias, y las ideas van surgiendo y crecen dentro de las historias que se cuentan. Y es una novela de lenguaje informal, conversacional, pues trata sobre el hecho de contar historias. El único momento en que hay ideas es cuando dos personajes, que son filósofos, hablan entre sí, y hablan de la filosofía real del momento en que ocurre. Pero no hay que confiar en ellos. La ficción es un lugar sospechoso".

Otro objetivo, indica el autor, es que la novela "tuviera un aire contemporáneo, que ocurriese aquí y ahora. Por eso abrevé en la cultura pop. Yo nunca he creído que haya una verdadera distinción entre la alta cultura y la cultura popular. Todo está ahí".

Paradójicamente, al final de su novela Rushdie anuncia un futuro mejor, algo que el propio autor explica con ironía. "El libro acabó de una forma más alegre de lo que creí que acabaría. pero ese final tarda mil años en producirse. Y estoy seguro que ninguno de nosotros estará aquí para verlo, así que no estoy seguro que todo acabe en realidad muy bien".

Preguntado por la situación de Oriente Medio, Rushdie pasa de largo y prefiere no hacer profecías. "Es imposible. Cuando estudiamos historia nos damos cuenta de que es muy complicado entender por qué suceden ciertas cosas. Hoy existe una especie de industria del futuro, pero es la ciencia de equivocarse".

Por contra, Rushdie trata de oponer un elemento transversal que lamina cualquier clase de pesimismo: el sentido del humor. "Es quizá mi libro más gracioso, lo cual me satisface. El sentido del humor es indispensable en la vida. A mí me ayudó con toda seguridad cuando estaba amenazado por la fatwa".