La Sombra de Onetti, trasmuta a plaza de toros Rodolfo Gaona

La figura prominente del escritor, agradó con su sencillez a jóvenes estudiantes de la Facultad de Comercio de la UAT; un tanto agotado, hizo un lado la charla sobre Onetti.
Jorge F. Hernández se presenta dentro del Festival Internacional Tamaulipas.
Jorge F. Hernández se presenta dentro del Festival Internacional Tamaulipas. (Jesus Guerrero)

Tampico

La sombra de Onetti cruzó por el salón de conferencias de la Facultad de Comercio y Administración Tampico de la UAT, y como un imperceptible homenaje, prolongado, frente aquella cuasi ociosa audiencia de alumnos contables, y un puñado de lectores, Jorge F. Hernández, escritor, quiso acabar con el hastío del ficticio pueblo de Santa María.

Hernández, debió iniciar la mañana de ayer, con un: "Uno evoca recuerdos ajenos como si la memoria pudiera clonar lo vivido por otro y, a veces, uno recorre ciudades casi olvidadas con la certeza de que ha de encontrarse consigo mismo, hace años, en una dimensión tan incomprensible que no somos capaces de recordar el hoy en que nos hemos de ver en un ayer..."

Al menos así inició la charla preparada para el FIT, en las dos sedes anteriores, una en Ciudad Victoria y la otra en El Mante, misma que lleva por título, Sombra de Onetti.

Con ella, reconoce, se apodera "del recuerdo ajeno" para dar cuenta del testimonio de Antonio Muñoz Molina, cuando le tocó visitar en la avenida América en Madrid a Juan Carlos Onetti, y es desde allí que forza una imagen intencional, en la que él participa de aquel encuentro.

"El joven que fui no hubiese renegado de un vaso de whisky de malta, mientras la saliva de esta madrugada apenas aguanta el café ya sin azúcar, pero el mareo instantáneo es el mismo que sintieron esos dos escritores en un encuentro al que en realidad no asistí aunque tanta lectura me engañe con la ilusión de haber sido testigo de los recuerdos ajenos..." esto es lo que pudo habernos confesado su experiencia lectora en la conferencia no dada la mañana de ayer.

Pero quizá, preso de la misma idea, el reconocido novelista, cuentista, ensayista y colaborador de revistas, manifestó su deseo de evocar a través de una de sus narraciones el recuerdo -esta vez sí, muy propio-, de un personaje real (que de alguna manera inmortaliza en su libro, Seis cuentos seis y uno de regalo): el Pinacate.

En él revive, los momentos en que quiso ser torero y junto a otros cuatro, y llega a Tampico para torear en la legendaria Plaza de Toros Rodolfo Gaona, corrida en la que esperaban salir victoriosos; dura experiencia que no habrían de olvidar.

"Ya llevaba dos días hablado de Onetti, pero como la semana pasada le dediqué mi columna, preferí leer un cuento mío, por los jóvenes. Iba a contar chismes del escritor pero, escribí sobre esa plaza que ya no existe, se llamaba Rodolfo Gaona y sobre el Pinacate."

Dice el escritor que aquel humilde hombre, corto de vista, debe tener una placa afuera de actual centro religioso, que diga: Aquí toreo el Pinacate. "En verdad estaba muy ciego, bueno está, porque aún vende lotería, él ya sabe que publiqué el cuento, pero creo que no sabe leer", dice esbozando una sonrisa.

Quizá, Hernández, emulando la memoria de Rodríguez Monegal, revive con su acción aquel breve episodio en el café La Helvética, entre Onetti y Borges, donde el primero recrimina al segundo, con jerga y tono de compadrito, "¿Qué le ven a Henry James, qué le ven al coso ese?" buscando materializar en aquella charla la figura vilipendiada de Robert Arlt.

Así, muy probablemente, sin la charla sobre Onetti, veladamente él estuvo presente, por medio del hastío en los rostros de los jóvenes.