FCE: Lecciones de universalidad latinoamericana

Por los 80 años del Fondo de Cultura Económica.
Laberinto
(Especial)

Ciudad de México

Todos los que en los últimos 80 años fuimos universitarios o amantes de los libros tenemos una genealogía de la lectura que invariablemente está vinculada al Fondo de Cultura Económica. El escritor y crítico literario Julio Ortega, profesor de Literatura Latinoamericana en Brown (Estados Unidos), narró muy bien —y emotivamente— su parentesco con esta casa editorial durante su participación en el Congreso Internacional del Mundo del Libro, con el que el Fondo celebró sus primeros 75 años en 2009: “Cuando al comienzo de los años sesenta empezábamos a ser lo que seríamos, en la Universidad Católica del Perú los jóvenes de mi generación tuvimos un primer término de referencias en la librería del Fondo de Cultura Económica, cuyo catálogo fue un curso completo de americanismo creativo y crítico, una verdadera lección de universalidad latinoamericana. El catálogo del Fondo era una novedad permanente y casi un currículo completo, que complementaba y a veces actualizaba los programas de la universidad”.

En aquella sesión, Ortega recordó el asombro que les provocaba la lectura de los tratados de Auerbach, Linton y Jaeger que dictaba Onorio Ferrero, historiador italiano de la cultura, un renacentista que emigró a Perú, “de cuyo curso fuimos todos instructores imberbes, capaces de iniciar con la Ilíada, nada menos, nuestro lugar en el simpósium. Pero fuera de clases, en la librería del Fondo esas lecturas eran puestas a prueba por la deslumbrante memoria americana de su promesa”.

A ocho décadas de que Daniel Cosío Villegas hiciera posible la aventura editorial del Fondo de Cultura Económica, a fin de ofrecer materiales bibliográficos a los estudiantes de la recién fundada Escuela Nacional de Economía, libros de formación y debate, principalmente traducciones, esta casa no solo sigue siendo un sello vinculado a la educación superior, con un genuino interés por el fomento cultural y fiel a su misión de publicar obras clásicas y del pensamiento contemporáneo; también se ha convertido en un faro de la industria editorial latinoamericana no solo por el número de títulos que conforman su catálogo —cerca de 10 mil, de los cuales más de 6 mil están vigentes, circulando, y que casi abarcan todas las ramas del saber, además de mil títulos en formato electrónico— sino también por su cadena de librerías —24 en todo México y 10 filiales en el extranjero—, que la han consolidado como una institución que trasciende la historia y la cultura mexicanas.

El significado y la importancia del Fondo está en sus libros y sus autores; juntos conforman una especie de mapa de la historia cultural de México y de otras naciones, una cartografía del pensamiento universal. De ahí que su catálogo siga ofreciendo libros que son imprescindibles en el campo de la economía y la filosofía como Leviatán de Thomas Hobbes (1940), La rama dorada de James George Frazer (1944), Economía y sociedad de Max Weber (1944) —que acaba de reeditarse con un nuevo prólogo— y La democracia en América de Alexis de Tocqueville (1957) —para la reimpresión de este volumen, que estará listo el próximo año, se ha partido de cero con traducción a cargo de Jesús Héctor Ruiz Rivas, quien en 2012 ya se ocupó de otro clásico: Las formas elementales de la vida religiosa de Émile Durkheim—. Esta nueva versión contará con un estudio introductorio de Jesús Silva–Herzog Márquez.

Por otro lado, el Fondo ha recuperado recientemente la segunda versión en español que Wenceslao Roces hizo de El capitalde Karl Marx. El nuevo texto tomó en cuenta las críticas que en su momento mereció la primera versión de Roces, a fin de lograr una lectura clara y gozosa del que tal vez sea el libro sobre asuntos económicos más importante de la historia. Otro ejemplo de un título imprescindible que el Fondo busca mantener vivo es Fenomenología del espíritu de Hegel —que también en los años sesenta tradujeron el propio Roces y Ricardo Guerra—. Gustavo Leyva está a cargo de esta nueva edición, para la que no solo revisará el texto en español sino que agregará notas y apéndices, en parte provenientes de la edición alemana publicada bajo el sello de Felix Meiner.

Una vez cubierta su vocación de traer al país, y a la lengua española, el conocimiento universal con libros de economía, ciencias sociales y humanidades, publicando traducciones de la cultura occidental en colecciones como Tierra Firme y Biblioteca Americana, buscando un diálogo con Hispanoamérica, el Fondo ha contribuido también a conformar el canon de la literatura mexicana publicando libros emblemáticos desde la segunda mitad del siglo XX. Ahí vieron la luz Libertad bajo palabra (1949) de Octavio Paz; Confabulario (1952) de Juan José Arreola; Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo; La región más transparente (1958)y La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, y La experiencia literaria (1962) de Alfonso Reyes, por mencionar solo algunas de las obras que han enriquecido el catálogo de la editorial.

En la historia del Fondo no podemos pasar por alto a personajes entrañables como Alí Chumacero, para quien esta editorial fue su casa por más de 50 años; Arnaldo Orfila, Joaquín Díez-Canedo, José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Salvador Elizondo, Martí Soler, Carlos Pellicer, Ramón Xirau, José Gorostiza, Efraín Huerta, Sergio Pitol o Adolfo Sánchez Vázquez, una larga lista, incompleta e injusta, que no vería fin en estas páginas.

En el trayecto de sus 80 años, esta editorial también ha tenido muchas casas que vale la pena recordar. Fue a principios de los años cuarenta cuando el Fondo inició la comercialización directa del libro producido, al instaurar un pequeño mostrador en sus oficinas de la calle de Pánuco, como se asienta en el libro Historia de la casa. Fondo de Cultura Económica (1934-1994),de Víctor Díaz Arciniega. En 1954 se inauguró la que sería su sede en Avenida Universidad y Parroquia, cuando inició operaciones su primera librería propia, llamada precisamente Daniel Cosío Villegas, y que funciona hasta la fecha. Su espacio actual es una obra del arquitecto Teodoro González de León, inaugurada en 1992, en la carretera Picacho-Ajusco, en medio de El Colegio de México y la Universidad Pedagógica Nacional.

El Fondo no solo ha crecido en número de colecciones —más de 20, algunas señeras como Letras Mexicanas, Tierra Firme, Tezontle, La Ciencia para Todos, A la Orilla del Viento y Breviarios— sino en redes de distribución. En 1945 nació su primera filial en Buenos Aires, Argentina. Seguirían otras en Chile, Colombia —cuya sede se transformó en el Centro Cultural Gabriel García Márquez en 2008—, Venezuela, Perú, Estados Unidos, Brasil, Guatemala y, próximamente, Ecuador. En esta trascendencia destaca la llegada del Fondo a España, en 1963, bajo la dirección de Javier Pradera, quien murió en 2011.

En aquellos tiempos del franquismo, en los que no había relaciones diplomáticas con México, la presencia del Fondo supuso un empuje intelectual de gran importancia en una España que sufría los estragos y las secuelas de la Guerra Civil y la censura. Se beneficiaron entonces generaciones de estudiantes y profesores, quienes pudieron leer a los grandes economistas. Mención aparte merece la colección Breviarios, con la que el Fondo tuvo gran éxito, pues fue la primera editorial en impulsar el libro de bolsillo.

El Fondo de Cultura Económica ha sido un enlace intelectual entre México e Hispanoamérica. Se ha convertido en una editorial veterana y joven a la vez. Dado que su presencia es cada vez más importante en el campo editorial nacional e internacional, se ha modernizado, pero sin dejar de ser esa trinchera cultural que ha apostado, como dijo Julio Ortega hace ya un lustro, por un lector a la medida de su propuesta.

Esta editorial celebra su cumpleaños 80 con un reto que le han impuesto sus autores y lectores: recobrar el liderazgo latinoamericano en la tarea de lograr, con sus librerías y filiales, que sus libros y escritores circulen en toda América Latina.