Expone Sergio Hernández su interpretación del “Popol Vuh”

Ese libro “te permite hacer referencias muy creativas, muy libres en las cuales caben imágenes figurativas y formas abstractas”, dice el artista.
Abre muestra en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca
Abre muestra en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (Especial)

Oaxaca

Desde 1995 Sergio Hernández ha realizado, a partir de la lectura del Popol Vuh, un amplio ejercicio de “reflexión y traducción” de esta historia maya-quiché a óleos, grabados y dibujos. “Más que una ilustración es una creación paralela, mi interpretación. Es seguir un sendero en el cual camino tras las huellas de la imagen que va dejando el texto en mí”, comparte el artista plástico en entrevista exclusiva con MILENIO, sostenida en su estudio horas antes de la inauguración, realizada anoche, de la exposición que mostrará su obra sobre papel en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

La exposición se titula Popol Vuh e incluye 30 grabados entre aguatintas y ténicas mixtas, impresos en el taller de Fernando Sandoval durante 2011, además de un cuaderno de dibujos realizado en 1995. Sus piezas son acompañadas por dos textos, uno de Miguel León Portilla y otro de Juan Villoro.

La fauna y la flora selváticas, las batallas y los gemelos protagonistas del mito se representan en las obras expuestas. Los relatos son el pretexto para la creación. Puede ser un personaje, un aspecto circunstancial de la narración, un objeto que llama la atención de Hernández lo que es susceptible de ser representado: “El Popol Vuh te permite hacer referencias muy creativas, muy libres en las cuales caben imágenes figurativas y formas abstractas”, explica el artista.

“Para mí, más que la imagen figurativa, represento lo que esconde, lo que hay detrás y eso lo intento lograr a través de pequeños dibujos de acuarelas en donde dejo caer gotas de color muy aguadas para que escondan lo figurativo, y lo que
 veamos sea una abstracción de esa figuración. Los dibujos que están expuestos son puras gotas de agua, y en esas gotas quedan encapsuladas las imágenes”.

El azar expresado en las reminiscencias que el texto deja en la mente de Hernández y en las huellas que deja la trayectoria de la tinta acuosa sobre el papel es un elemento inherente a este cuerpo de obra, y el artista explica su proceso de creación.

“Lo que me queda del texto como una imagen literaria, en la mente, es una imagen visual, que son pequeños fragmentos que aviento al azar y luego los uno con una imagen o con una mancha. Entonces es como un juego. El juego de azar lo realizo a través de gotas de agua: esta provoca la unión de los colores. Son caminos. Yo empiezo dibujando a los hermanos con la cerbatana derribando a los hermanos monos, pero con las gotas de agua que dejo caer parece un rayo porque se juntan las manchas; entonces, ya quedaron dos imágenes encimadas, una en color y otra en dibujo, pero estoy hablando simultáneamente de dos ideas, de dos imágenes que me dan como consecuencia una variedad de interpretaciones que pueden abrir nuestras puertas a la imaginación. El resultado muchas veces no es el resultado sino el proceso, y quizá lo más importante en mi trabajo no es para quién, qué pinte o lo que yo deseo expresar, sino que el azar me lleva por otro camino, hacia el otro extremo. La pintura manda en mí: yo pinto para ella, no para mí.”

“NO LE VEÍA MORAL A LA CREACIÓN”

La plática con Sergio Hernández se prolonga hasta que, con soltura, comenta frontalmente, al ser cuestionado en qué momento creativo se encuentra ahora: “Ya llevo un año y medio en paz porque también uno se equivoca. A veces, uno se emociona de más, incluso demasiado. Muchos de los pintores oaxaqueños han muerto por dos razones: por ignorancia y por mezcal. Yo creo que más por ignorancia. Mientras, estoy leyendo, acumulando ideas, viajando, sobre todo haciendo nada. Yo trabajé muchísimo. Más que trabajar mucho, mi producción era demasiado exuberante. No le veía moral a la creación. Es decir, lo que manchaba eso era. Si era bueno o malo, chiquito o grande, chueco o no, no me importó mucho. Producía dos o tres óleos diarios, hacía esculturas, dibujos…, y llega un momento en que hay que ver para volver a retomar con otros tiempos. Cuando uno empieza a pintar tiene ansiedad de producir de una manera visceral; ahora es otro momento. Siempre trabajé pequeños formatos y estuve muy absorbido en ese proceso, y cuando tuve la oportunidad de tener un taller grande pinté cuadros muy grandes, como unos ocho años y con una técnica muy pesada.

“En esos ocho o 10 años habré producido unos 150 o 200 cuadros, o quizá más, pero produje mucha obra. Ahora me siento muy inseguro al subir a los andamios. Veo que mis amigos se caen de las sillas, de su cama, y los veo que se lastiman. Ahora yo me siento inseguro. Las cosas se mueven rápido. Ahora tengo 57 años; a los 20 me subía a los andamios y andaba chorreando cuadros. Ahora ya no. Ahora estoy más tranquilo.”