Ex pacientes se solidarizan con los enfermos del Incan

Acuden al tercer piso de quimioterapia para brindar apoyo a los que van a recibir tratamiento, así como para tener atenciones con los familiares que se encuentran en la sala de espera.

México

Cada mes, Graciela García acompañada de su hermana sube al tercer piso de  quimioterapia en el Instituto Nacional de Cancerología (Incan), para brindar apoyo a los pacientes que, muchas veces, reciben tratamiento por más de 10 horas, así como para tener atenciones con los familiares de los enfermos que aguardan en una pequeña sala de espera.

Las hermanas García suelen llegar en la noche, cuando las cafeterías están cerradas y algunas personas ya tienen un cúmulo de cansancio y hambre que, al ser la mayoría de escasos recursos económicos, se les complica saciarla, ya que el poco dinero que portan en la bolsa, por lo regular, lo destinan a pagar el pasaje de regreso a su hogar.

A pesar de que los pacientes, al ser gente de escasos recursos, reciben el tratamiento gratuito por parte del Incan, tienen que cubrir otros gastos y mientras más se hace de noche, los familiares caen en una especie de angustia; con mucho trabajo juntaron para un taxi y cada minuto que pasa significa quedarse con menos dinero, por lo que el gesto de las hermanas García es una gran ayuda para ellos.

Agua, té, café y tortas

En cuestión de minutos Graciela García se convierte en una especie de mesera. Con su charola en mano va ofreciendo agua o té, dependiendo de la indicación de los médicos, para quienes se encuentran dentro del área del tratamiento recibiendo quimioterapia. Saben que la hidratación es esencial en el proceso en el que se administran esos fármacos.

Luego, las hermanas comienzan a repartir agua, té, café o tortas a los familiares que se quedan en la sala de espera. No piden ningún tipo de remuneración y tampoco permiten que la gente se forme o se anote en alguna lista.  Sirven la bebida y el alimento hasta donde se encuentra la persona.

Hay gente, sobre todo los pacientes, que se conmueve hasta las lágrimas por el gesto de generosidad.

“Servimos a todos por igual, con el mismo gusto que lo hacemos diario en nuestro propio hogar”, dijo Graciela, quien acude al tercer piso del Incan desde hace más de un año como voluntaria y como ejemplo de que es posible vencer al cáncer.

La motiva el agradecimiento: “Solo devuelvo lo que a mí me dieron”. Y busca romper un poco con la tensión que se respira en ese tercer piso.

Hubo una época en la que García estuvo ahí esperando a que le tocara su turno. Sabe que el exceso de demanda de tratamiento provoca que, aunque la gente llegue en la mañana, salga muchas veces de madrugada.

Muchos familiares de pacientes llevan lo justo, no les alcanza para comprar un café que puede disminuir el estrés del momento.

Pero las hermanas García no se limitan a llevar bebida y comida. En una bolsa de plástico llevan cartas escritas por niños que mandan mensajes de aliento, dibujos de personajes animados y dulces.

En ocasiones dan una hoja en blanco que sirve para que aquel que la recibió escriba algún pensamiento sobre su situación.

García, como otras voluntarias, no percibe apoyo económico o en especie de alguna asociación y todo lo aporta de su bolsillo; incluso se espera para recoger la basura y tirar todo al cesto.

Además de las hermanas García, también hay otras voluntarias que llevan cubrebocas, que en esa área es esencial para impedir que un paciente con su sistema inmunológico debilitado capte alguna bacteria de los familiares que acompañan a un enfermo.

Existen otras que sí reciben apoyos externos de algunas ONG. Se identifican plenamente, pero igual regalan a las mujeres en tratamiento pelucas confeccionadas con cabello natural; solo piden una aportación simbólica que nunca cubre el costo de una peluca de esa naturaleza, que mínimo es de 700 pesos.

Igual Mariana es sobreviviente de cáncer y recibió antes quimioterapia. Ahora, no percibe salario por ir a regalar pelucas, su labor es la de ayudar a otras que, como sucedió con ella, recibieron una mano de un desconocido en un momento difícil.

Falta educación

Los demás pacientes o familiares se solidarizan y en ocasiones se desahogan entre ellos contando lo que sufren en sus comunidades por la falta de educación respecto a este tipo de padecimiento.

Lucia sabe que el cáncer no se contagia, pero sus vecinos en la comunidad donde viven han optado por alejarse, los miran con desconfianza y hasta les niegan el saludo.

Lucía contó que su padre tiene cáncer de próstata en etapa avanzada y su estado de deterioro le imposibilita moverse por su propio pie.

Desde que se enfermó su progenitor, a ella se le cerraron las puertas.

“Piensan que tiene algo contagioso, nos miran y nos señalan”, comentó.

Ha batallado mucho para trasladar a su padre desde la comunidad donde vive, enclavada en una zona marginal del Estado de México.

Suele gastar más en transporte que en cualquier cosa relacionada con la enfermedad de su padre; no puede quedarse ahí en el tercer piso y, por lo delicado que está su papá, ha vendido sus propiedades para poder continuar llevándolo a su tratamiento.

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Mortalidad por el padecimiento

De acuerdo con las estadísticas del Incan, 80 mil mexicanos fallecen anualmente a causa de alguno de los más de 200 tipos que existen de tumores malignos.

Diagnósticos tardíos

Las posibilidades de sobrevivir dependen de detectarlo a tiempo, pero 70 por ciento de los pacientes acude a un especialista cuando la enfermedad ya está en etapas avanzadas.

Problema económico

El desarrollo de un fármaco de última generación cuesta alrededor de 2 mil millones de dólares y 80por ciento de los pacientes mexicanos tiene ingresos en el rango de uno a tres salarios mínimos.