[Semáforo] Cumpleaños del Contra Uno

Étienne de la Boétie nunca vio su obra publicada llamada "Discurso de la servidumbre voluntaria", a la cual los copistas terminaron poniéndole otro título: "El Contra Uno".
Étienne de la Boétie fue un escritor y trabajó como Magistrado en Burdeos francés.
Étienne de la Boétie fue un escritor y trabajó como Magistrado en Burdeos francés. (Especial)

México

El joven Étienne de la Boétie cumple hoy 485 años, después de haber muerto antes de los 33. El olvido le tira tarascadas como si odiara que un joven, con una obra pequeñísima (unos sonetos, no muy notables, y un breve escrito llamado Discurso de la servidumbre voluntaria), sea uno de los más grandes pensadores políticos y morales de la historia. Nunca vio su obra publicada. Pasaba de mano en mano, en secreto, por fama de ser irreprochable en su ética, pero imperdonable desde la paranoia con que está urdido todo poder. Los copistas terminaron poniéndole otro título: El Contra Uno, porque de eso se trata: "¿Cómo llamaríamos a esa desgracia? ¿Qué vicio es ése, qué horrible vicio el de ver a un infinito número de hombres, no solo obedecer, sino servir; no ser gobernados sino ser tiranizados, sin tener ni bienes, ni padres, ni hijos, ni su propia vida que les pertenezca realmente? ¡Y verlos sufrir las rapiñas, las indecencias, las crueldades, no de un ejército, ni de un campamento bárbaro contra el cual cada uno debería defender su sangre y su vida, sino de un hombre solo! ¡No un Hércules ni un Sansón, sino un hombrecillo, frecuentemente el más cobarde, el más afeminado de la nación, que nunca ha olido la pólvora de las batallas... que no solo es inepto para mandar hombres, sino hasta incapaz de satisfacer a cualquier mujercilla! ¿Daremos nombre a tal flaqueza? ¿Llamaremos viles y cobardes a esos hombres sometidos?... Dos hombres, aun diez, pueden temblar ante uno; pero que mil, un millón de hombres, mil ciudades no se defiendan contra un solo hombre, eso no es cobardía: no llega a serlo... ¿Qué vicio monstruoso es entonces éste que ni siquiera merece llamarse cobardía, al que no se le encuentra nombre suficientemente feo y que la Naturaleza desaprueba y la lengua se niega a nombrarlo?".

Que un pueblo permita, y peor, quiera servir al tirano, produce seres innombrables. Michel de Montaigne, el mejor amigo (a él dedica su ensayo sobre la Amistad) y curador de los escritos de La Boétie fue también el primer testigo de la perplejidad de los que llamó caníbales —es decir, hombres aún no convertidos en seres innombrables— cuando al llegar a la corte del rey francés se vieron ante al fenómeno de la servidumbre voluntaria: "dijeron que hallaban muy extraño que tantos hombres grandes y fuertes... se sometieran y obedecieran a un niño".

Notable cosa, hay dos corroboraciones recientes. Pierre Clastres, con indios de la selva amazónica y Marvin Harris, con los de las sabanas de África. ¿Cómo evitan ellos la tiranía? Fácil, responden: cuando alguien quiere mandar, no le hacemos caso. Lo dejamos solo. ¿Se puede? Por lo pronto, una nación civilizada como Bélgica estuvo año y medio sin Primer Ministro. No pasó nada: la vida política puede prescindir del mandón, no del debate. Antes que la abyección, mejor sería dejar solo al que quiera mandar. Que inaugure estadios vacíos. Pero tenga cuidado el lector: La Boétie lo obliga a uno a asumir la propia valía de ser libre —o borrar lo leído para servir a un miedo indigno. Si se atreve, busque en la red, y suertudo si consigue la traducción de José de la Colina (Aldus).