Espacios: Arquitectura Capitalista

Las reglas del mercado —que hoy en día son, sin duda, más importantes que las constituciones políticas de los estados nacionales— han convertido a la arquitectura en un bien de consumo.
Un bien de consumo.
Un bien de consumo. (Especial)

México

Según el economista Mark Fisher, “es más fácil imaginar el fin del mundo, que el fin del capitalismo”. También Slavoj Zizek ha tocado el tema, en tono humorístico, al aludir a la falsa libertad que vivimos dentro del sistema capitalista, el cual se fundamenta en la democracia para argumentar una supuesta libertad universal, cuando en realidad nuestras decisiones están acotadas por la economía.

En la arquitectura sucede un fenómeno similar: parecería que actualmente es posible construir casi cualquier proyecto que podamos imaginar; sin embargo, la gran mayoría de la población mundial sigue sin tener acceso a la alta tecnología constructiva y los espacios donde se desarrolla su vida, han evolucionado poco o nada en los últimos dos mil años.

Las reglas del mercado —que hoy en día son, sin duda, más importantes que las constituciones políticas de los estados nacionales— han convertido a la arquitectura en un bien de consumo. Por lo tanto, el desarrollo conceptual de la arquitectura se ha vuelto marginal, solamente accesible para proyectos emblemáticos y únicamente comprensible para los expertos en la materia, quienes no son casi nunca sus destinatarios finales. Hablamos de la obra de moda, de tal o cual museo o aeropuerto, pero nuestros discursos académicos no son escuchados, ni son del interés del visitante, transeúnte o viajero que experimenta sus resultados inmediatos.

Los arquitectos sufrimos de un sesgo cognitivo que nos ancla a nuestras convicciones preconcebidas y nubla nuestra visión del mundo externo y sus innegables elementos. Basta ver las infografías colocadas sobre las vallas de un proyecto en construcción: el dibujante ha omitido cables, escombros, basura y ha pintado de azul el cielo que casi siempre es gris. Si quisiéramos acercarnos más a la realidad social, los arquitectos deberíamos pensar en los medios más adecuados para construir mecanismos efectivos de movilización social, que tengan impacto real en el paisaje urbano. La transformación urbana no va a llegar a nuestras mesas de dibujo, sino que hay que conseguirla en la calle.

La autoorganización ciudadana tiene mejores resultados en el campo de acción, que los programas gubernamentales asistidos por arqutiectos, urbanistas, economistas y sociólogos. ¿Llevará esto a la desaparición de la arquitectura como la conocemos? En realidad, la mayoría de los arquitectos actuales trabajan de modo muy diferente al tradicional y su función es cada vez más dispensable; si ello conlleva un mejor aprovechamiento del espacio para el bien del público, que así sea.