Espacios: Arquetipos imaginarios

El filósofo expone una paradoja en torno a una jarra, y argumenta que la naturaleza de un recipiente no descansa en modo alguno en la materia de la que está hecho, sino en el vacío que acoge.
H77 (Nivel, Calza y Plomada)
H77 (Nivel, Calza y Plomada) (Luis Carrera-Maul)

México

Hace una semana asistí a una peculiar exposición cuyo lema era: “El arte no es diseño”. La muestra colectiva, titulada Arquetipos imaginarios, se llevó a cabo en un edificio muy cercano al Teatro Fru-Fru, que anteriormente estaba ocupado por una escuela de danza. Parece que ahora es un espacio en transición y entre sus usos se encuentra esta exposición, que fue coordinada por Martina Santillán y Luis Carrera-Maul.


Como en toda exposición grupal, las obras parecen transmitir un mensaje en conjunto, pero a la vez entran en conflicto y plantean al espectador una variedad de aproximaciones a un tema, de las cuales casi siempre derivan preferencias, según los intereses y afectos de cada visitante. Esta muestra cuenta con notables piezas de 14 artistas: Iván Buenader, Emi Winter, Víctor Guadalajara, Arián Dylan, Máximo González, Jesús Cruz Caba, Carlos Ranc, Aníbal Catalán, Edgar Orlaineta, Mariana Gullco, Emilio Chapela, Javier Hinojosa, Santiago Borja y Luis Carrera-Maul.


Es precisamente la pieza de este último la que más me provocó reflexiones en torno al espacio y la arquitectura. Se trata de H77 (nivel, calza y plomada), una escultura para la cual Carrera-Maul acumuló materiales resultantes de la demolición de una casa en la calle de Havre, colonia Juárez, apiladas de tal modo que forman un paralelepípedo rectángulo de 3.1 por 1.88 metros de base y 1.55 metros de altura. Diría yo que, como escultura minimalista, cumple con los preceptos de piezas como Die (Tony Smith, 1962): es muy alta para ser un objeto y muy pequeña para ser un monumento, lo cual la pone en tensión con el espacio donde se encuentra y con el cuerpo del espectador. Esto sin atender a su contenido simbólico, ya que el prisma se compone de elementos que antes fueron las puertas, marcos y ventanas de la casa, además de pertenencias de sus habitantes, como libros, papeles y cuadros.


Además de su carga emocional, la pieza me sirve como recordatorio y materialización de una reflexión derivada de “La cosa”, el ensayo escrito por Martin Heidegger en 1949. El filósofo expone una paradoja en torno a una jarra, y argumenta que la naturaleza de un recipiente no descansa en modo alguno en la materia de la que está hecho, sino en el vacío que acoge. En un orden similar de ideas, podríamos decir que una habitación no se forma solamente de los materiales con los que está construida: una pila de ladrillos y cemento son ciertamente diferentes de lo que comprendemos como habitación. Es necesario considerar el espacio invisible, vacío y silencioso rodeado de toda esa forma para tener una habitación; sin la nada no hay habitación.