Escuela de niños voladores: preservación de tradiciones

El aprendiz más pequeño tiene seis años; actualmente cuenta con 65 alumnos que son orientados por 12 maestros.
Cada sábado asisten a sus clases en el Centro de las Artes Indígenas.
Cada sábado asisten a sus clases en el Centro de las Artes Indígenas. (Especial)

Papantla

Un modesto salón es el punto de reunión donde Cruz Ramírez convoca a sus pequeños alumnos. Su medio de  comunicación, la lengua totonaca. Los niños esperan la indicación que su guía les da, después en forma organizada cada uno se coloca frente al altar de San Miguel Arcángel —protector de su danza—, para pedirle permiso para volar, se persignan y, al mismo tiempo, se tienen que ahumar para limpiarse de las malas vibras, explicó Ramírez.

En 2009 la Unesco declaró a los voladores de Papantla, Patrimonio Cultural Intangible, esa declaratoria fue gestionada desde 2008 por el Centro de las Artes Indígenas, mismo lugar donde se localiza la escuela de niños voladores.

La primera vez que un niño se sube para volar el maestro sube con él escalera por escalera, va verificando que no se le suba ni se le baje la presión, se habla con el niño para darle ánimo; llegando arriba se sienta junto a él para darle seguridad. “Hacemos que vea para todos lados, lo amarramos bien y le decimos que no tenga miedo, que no se tiene que agarrar del cable, que no tiene que agarrar el cuadro porque si lo agarra se va a atorar. Los maestros tienen la responsabilidad de aventarlos de ley, los niños pueden gritar o hasta mearse”, dice Cruz Ramírez.

Cada sábado los niños voladores tienen sus clases. Para el pequeño Héctor Hernández Pérez de nueve años, su inspiración para decidir volar fue su papá, pues él también realizaba dicho acto; la parte que más disfruta es en el momento que vuela, aunque acepta que cuando está arriba le da un poco de miedo, “en mi primer vuelo no me asusté, solo me mareé”, recuerda sonriendo.

El motivo y función de la escuela es preservar sus raíces y costumbres para que los jóvenes tengan un futuro. En el centro se les orienta, “nosotros venimos con un don que viene desde el nacimiento; esto es una ceremonia, no un espectáculo”. En 2005 se hizo una convocatoria y todos los niños fueron a decir que querían ser voladores “¿qué hacíamos?, los subíamos y no todos lo lograban, a la mitad les daba pánico, se mareaban o simplemente decían que no iban a volar. Nosotros detectamos el don porque los niños vienen a observar las danzas y comienzan a zapatear”, aseguró Ramírez.

Actualmente hay 65 alumnos, el aprendiz más pequeño tiene seis años. Dentro de las aulas se le enseña la lengua totonaca, valores, principios, historia de la danza de los voladores, la ceremonia y el ritual.

Son 12 maestros los que imparten sus conocimientos, cada maestro tiene un rol específico. Uno es el maestro caporal y él solo va flautando mientras los jóvenes le siguen alrededor; otro maestro ve la forma de inclinarse, se encarga de verificar cada paso de las danzas, uno más enseña el amarre, otro sube a checar el equipo para ver que esté en buena condición y los demás maestros dan orientaciones.

El traje que se utiliza es rojo, el pañolete y el pantalón también lo son, lo único que cambia es el penacho. El traje es rojo porque representa al sol y es así porque a las 12:00 que se volaba éste se reflejaba en su vestimenta. El penacho tiene flores del campo, el espejo representa al sol, y se dice que cuando cae la llovizna las cintas representan el arcoiris.

En cuanto al beneficio que les trajo la realización de la escuela, fue que los niños perdieran el miedo, ya que con anterioridad a las comunidades les costaba un inmenso trabajo comunicarse con gente extraña, ahora los voladores de Papantla han podido realizar viajes a Nueva York, Australia, Suiza o París para presentar su ceremonia.