Escritor de microrrelatos

José de la Colina se formó en una tradición literaria fascinada por las formas breves, cuyos maestros más conspicuos acaso fueran Julio Torri, Alfonso Reyes y Augusto Monterroso, con Juan José ...
Portaretratos
(Cortesía)

Ciudad de México

En la imprescindible antología del microrrelato hispánico del argentino David Lagmanovich, titulada La otra mirada (2005), nuestro autor figura en una sección intermedia, “Hacia el microrrelato contemporáneo” se denomina, junto a Edmundo Valadés, el cubano Virgilio Piñera, los argentinos Adolfo Bioy Casares y Enrique Anderson Imbert, el dominicano Manuel del Cabral, el hispanomexicano Max Aub y la española Ana María Matute. Se trata de una agrupación posible, aunque al fin y a la postre lo significativo sea que José de la Colina se formó en una tradición literaria fascinada por las formas breves, cuyos maestros más conspicuos acaso fueran Julio Torri, Alfonso Reyes y Augusto Monterroso, con Juan José Arreola a la cabeza, quien le editó su primer libro.

Cuando hablo de microrrelato me refiero a un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, y que Irene Andres–Suárez ha denominado el cuarto género narrativo, junto al cuento, la novela corta y la novela, con una tradición distinta y un papel diferente al de otros géneros afines dentro del sistema literario.

Los microrrelatos de José de la Colina aparecen recogidos, sobre todo, en dos de sus libros: Tren de historias (1998) y Portarrelatos (2007), donde conviven en armonía con el cuento, aunque en otros volúmenes suyos anteriores también pueda rastrearse alguna que otra narración brevísima. Lo singular de esta última entrega, aparte de que aparece pespunteada por diversas relecturas de La metamorfosis, de Kafka, es que sus textos se compusieron —de forma casi insólita— inyectándole a apuntes y anotaciones una estructura narrativa.

Ahora voy a centrarme en unos pocos textos de esta índole, los preferidos por el autor según me confiesa en un correo privado, pues resultan muy representativos del conjunto de su obra narrativa mínima. El caso es que todos ellos se ocupan de la condición humana, con tanto humor como sentido crítico, siendo una parte de estas piezas relecturas de episodios de la historia cultural o literaria, tales como “Teseo”, “Orfeo llora a Eurídice”, “Diógenes” o “La Garbo”, en donde cuenta que ningún monstruo habita en el laberinto, pero será está compleja construcción la que mate a Teseo de hambre y fatiga; nos muestra a un Orfeo egoísta que opta por los aplausos y la riqueza, frente al amor de Eurídice; un Diógenes consciente de que él no es el `hombre verdadero´ que busca; o una Garbo que se desdobla en un luminoso fantasma para no tener que soportar las carencias de sus películas. El motivo del doble reaparece en narraciones como “Nocturnidad” y “Un anónimo”. En la primera, un escritor sonámbulo escribe las críticas feroces de sus propios libros sin que llegue a enterarse de ser él mismo el autor; mientras que en la segunda, alguien que quiere comprobar cuánto tarda en llegar una carta, se escribe a sí mismo, descubriendo en su misiva el adulterio de su esposa.

En otro de sus textos preferidos, como ocurre en “Una pasión en el desierto”, le da la vuelta a esos chistes sobre viajeros perdidos y sobre los espejismos que suelen padecer entre las arenas. En “Reversión” nos encontramos con un fantasma que, tras aparecerse una y otra vez, acaba volviendo con horror a la realidad; en “Un caso difícil”, inspirado en un comentario de Luis Buñuel, se burla de la obsesión de los sicoanalistas por las interpretaciones eróticas de los sueños; y en “Esa muchacha…” cuenta cómo puede comprarse un sueño a un alto precio: la visión de “la muchacha más hermosa del mundo” tras haberla podido observar unos pocos instantes. Sin embargo, mi preferido entre los favoritos de don José es “Marca La Ferrolesa”, un microrrelato gemelo de “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”, el cuento de Max Aub en que unos exiliados españoles en México se prestan a celebrar la muerte del dictador con sidra y una lata de sardinas gallegas, “las mejores del mundo”, de la que sorprendentemente sale un monstruito, un Franquito sonriente, a quien toda la familia acaba persiguiendo por la casa, mientras que el anciano dictador los sortea y se burla cantándoles una conocida canción de un juego infantil… Excelente siempre, José de la Colina, escritor en estado puro, como lo llamó Alejandro Rossi, a sus 80 fértiles años.