Escolios: A dos manos

El problema de la escasez de información se exacerba en las relaciones que no son cara a cara, como en las que se establecen ahora en las redes sociales. 

Ciudad de México

Hay quienes sostienen la hipótesis de que la crisis y decadencia de la pareja comenzó desde que, en un momento de la historia, los matrimonios entre consanguíneos se convirtieron en tabú.  La noción de libre elección amorosa, nacida de la ilusión provenzal, hizo todavía más difícil y conflictiva la formación y permanencia de la pareja. El problema es tanto de expectativas excesivas como de asimetría en la información: por un lado, el ideal del amor romántico es tan elevado como irrealista y, por el otro, la información veraz sobre la pareja es comparativamente más pobre a medida que una sociedad evoluciona (no es lo mismo casarse con la prima, o la vecina de toda la vida de un pueblo chico, que con la muchacha que se conoció en un concierto). El problema de la escasez de información se exacerba en las relaciones que no son cara a cara, como en las que se establecen ahora en las redes sociales.  En estos espacios, recurso último para la interacción en una sociedad pulverizada, más que con individuos se trata con la ficción que los individuos crean de sí mismos.

En un delicioso relato “Muchacha rusa viene a casarse” contenido en el libro Siempre es peor en noche de paz (Conaculta, México, 2013) de Carlos Miranda, el autor se inmiscuye como personaje: en una red de citas por Internet, el escritor y editor mexicano Miranda contacta a una muchacha rusa, Aigul, deslumbrante según sus fotografías. Ella estudia español y escribe con sintaxis pavorosa; sin embargo, en esa prosa horrible se va revelando un bello espíritu. Aigul es la típica muchacha de provincias que se asfixia en un ambiente rodeado de corrupción y machismo. Solitaria, de costumbres frugales aspira, sobre todo, a encontrar un alma gemela. No suena raro que Miranda con su extravagante caballerosidad se convierta pronto en un interlocutor indispensable. El propio Carlos parece vencer su misantropía frente a la calidez de la rusa y se abre de capa en su correspondencia. Pronto, la rusa  impetuosa y enamorada, dice que vendrá a México a consumar su romance, Carlos más prudente, le pide, además de las numerosas fotos, algo muy sencillo, una videoconferencia. Tras la petición, las comunicaciones de Aigul cesan, Miranda impreca a Aigul o a los feos y gordos estafadores que se encuentran detrás de esa belleza virtual, que ya ha timado a varios con el mismo modus operandi.  Le molesta que hayan pensado que era tan ingenuo como para caer en el garlito (a la enamorada le ocurre una eventualidad en el viaje, pide dinero al solícito galán y desaparece para siempre), y, sobre todo, le molesta que hayan sido tan burdos en escoger el nombre de la corresponsal (una de las acepciones de Aigul es fraude), pues eso obliga a que todo sea literatura. En fin, si la vida individual responde a paradigmas narrativos, la vida en pareja implica combinar dos ficciones distintas y, para ello, se requieren las facultades humanas y literarias indispensables para escribir un relato a dos manos.