[Escolios] Lectura y revelación

Si poco se recuerda al Melo narrador de la prodigiosa La obediencia nocturna, mucho menos se reconoce al crítico musical o al lector que colaboró en las principales publicaciones de su época.
Juan Vicente Melo.
Juan Vicente Melo. (Cortesía)

Ciudad de México

El nombre, hoy casi secreto, de Juan Vicente Melo (Veracruz, 1932–1996) alude a uno de los autores más torturados y esmerados de la literatura mexicana. Si poco se recuerda al Melo narrador de la prodigiosa La obediencia nocturna, mucho menos se reconoce al crítico musical o al lector que colaboró en las principales publicaciones de su época. Por eso, vale la pena encontrar el libro La vida verdadera (Instituto Literario de Veracruz, 2014) el cual, con impecable pesquisa y prólogo de Juan Javier Mora–Rivera, reúne algunas reseñas y ensayos de Melo, que muestran esa otra dimensión de su labor creativa. La vida verdadera recoge materiales heterogéneos: un testimonio autobiográfico leído en un ciclo literario; algunas reseñas sobre autores mexicanos, como José Revueltas, Salvador Elizondo o Luis Arturo Ramos; una evocación de cuando Pablo Casals se hospedó en la casa de la familia Melo en Veracruz; un ensayo sobre la novela Cumbres borrascosas y una breve panorámica de la narrativa católica francesa del siglo XX. Como lector de literatura, Melo no pretende practicar una crítica profesional; es un lector, al mismo tiempo, arbitrario, disperso y deslumbrante y, como buen creador, percibe en los libros que lee las circunstancias y obsesiones de sus propios libros. No es extraño que en el abanico de autores que aborda Melo se revelen las esencias e influencias más profundas de su obra.

Melo habla con entusiasmo y rigor tanto de sus contemporáneos como de sus clásicos. En particular, el culto por la novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas o su afición y conocimiento de la narrativa francesa del siglo XX, desde los escritores católicos hasta la nouveau roman, establece claves para entender las atmósferas narrativas y los dilemas de los personajes del mismo Melo. Resultan claras, entonces, sus preferencias por los ambientes góticos, su interés por los conflictos familiares atávicos, su gusto por la experimentación con la estructura narrativa y, sobre todo, la índole desahuciada de su búsqueda religiosa. Por ejemplo, en el ensayo “La lucha con Dios” Melo se ocupa de un conjunto de escritores católicos franceses (François Mauriac, Georges Bernanos, Julien Green) y concibe la indagación de lo divino de éstos como una búsqueda de sí mismos, pues el diálogo con Dios se dirige a menudo a una ausencia. La búsqueda divina es un sacrificio, los personajes sufren atroces dolores físicos y mentales y atestiguan la omnipresencia del mal, ya que Dios no es una presencia lenitiva, sino un vacío, y al buscarlo a Él solo se encontrará el propio rostro crispado ante el espejo. Como se puede ver de esta interpretación tan amarga y caprichosa como reveladora, Melo lee desde sus estados de ánimo desolados y, sobre todo, desde su propia estética. Por eso, su lectura es desesperadamente creativa y asimilativa, es una lectura de autor, que reinventa (y aprovecha magníficamente la invención) a sus escritores admirados.