[Escolios] La apuesta

Pascal intenta discernir entre devoción y servidumbre,  entre certidumbre íntima y datos de los sentidos, entre moral e hipocresía. 
Blaise Pascal.
Blaise Pascal. (Cortesía)

Ciudad de México

Albert Einstein sostenía que: “el sentimiento cósmico religioso constituye la más fuerte y noble motivación de la investigación científica"y, sin duda, por vías distintas, ciencia y religión pueden llegar a estados paralelos, pues mucho de azoro y sentido de reverencia puede encontrarse en la revelación científica de la naturaleza.  En pocos espíritus se superponen de manera más dramática y rica la ciencia y la religión, el saber empírico y la mística como en Blaise Pascal (1623–1662), ese genio enfermizo que resulta tan mundano y polémico como profundo y perdurable. Es bien conocida la biografía del niño prodigio que, huérfano de madre, es criado y educado por su padre quien, cuenta la hermana de Pascal, experimentó cierto terror cuando, sin haberle ensañado aún esa disciplina, observó los titánicos progresos de Blaise en la geometría y se percató de la fuerza abismal del genio que había prohijado. Pascal  ese niño desconcertante que a partir de los doce años comienza a resolver complejos problemas matemáticos, a inventar máquinas aritméticas, a percibir y plantear problemas de la física, a proyectar novedosos vehículos que atraviesen París, a los veintitantos experimenta una crisis religiosa, busca renunciar a la sabiduría mundana y se dedica fundamentalmente a pensar en el designio divino. Cuenta su hermana: “Inmediatamente después de esta experiencia, y cuando no tenía aún veinticuatro años, habiendo la providencia hecho nacer una ocasión que le forzó a leer libros de piedad, Dios le iluminó de tal suerte con esta lectura que comprendió perfectamente que la religión cristiana nos obliga a vivir por Dios y a no tener otro objeto que él”.  Así, el joven se aleja de las ciencias para defender la religión desde una óptica tan desgarrada como aguda. 

Pareciera que entre sus descubrimientos matemáticos, sus inventos y sus Pensamientos, pasando por sus controversias religiosas, hay múltiples autores y metamorfosis; sin embargo, es un mismo intelecto el que escudriña el mundo y, luego, entra de manera dolorosa en sí mismo. Pascal intenta discernir entre devoción y servidumbre,  entre certidumbre íntima y datos de los sentidos, entre moral e hipocresía. El espíritu a la vez geométrico y atormentado de Pascal prefiere el fragmento que el tratado porque los lindes del bien y del mal son menos mensurables que los fenómenos físicos o las matemáticas. Se trata de una devoción aguijoneada por la enfermedad, de una exaltación del sufrimiento y la desesperación humana que forzosamente conducen a Dios.  A partir de su percepción de la fragilidad, a partir de su humillación del conocimiento, Pascal propone una fe nacida de la lucidez, una fe que, como su famosa apuesta (“Pesemos la ganancia y la pérdida, tomando cruz, es decir, apostando que Dios existe. Estimemos los dos casos posibles. Si ganáis lo ganáis todo, si perdéis no perdéis nada…”), resulta al mismo tiempo un apasionado salto al vacío y una elección racional.