Error y acierto

Borges decía que a Cien años de soledad le sobraban varias décadas. Borges se quedaba corto.
El colombiano en el Foro Iberoamérica en Barcelona en el Palacio de Pedralbes, 28 de abril 2005.
El escritor colombiano Gabriel García Márquez. (AFP)

Ciudad de México

Borges decía que a Cien años de soledad le sobraban varias décadas. Borges se quedaba corto.

Cien años de soledad culminó una estética, por eso impone la sensación de exceso.

Lo realmente sobrante de García Márquez son casi todos los siglos posteriores a Cien años de soledad; casi todos esos libros inferiores, únicamente comercializantes.

Otro error fue ser afín a Fidel Castro. A veces García Márquez era un personaje de sus novelas sobrantes.

¿Y su acierto? Ser leído incluso por quienes imaginaríamos que no podrían realmente comprenderlo. Su secreto —como el de Cervantes— es que sus libros involucran imágenes e historias que atañen a personas de todo tipo de geografías y clases.

Dos grupos que pueden despreciar a García Márquez son las personas educadas para despreciar el arte de la palabra y quienes se han intelectualizado tanto que creen que su refrigerador de datos los hace superiores al resto.

Y si uno y otro perfil convergen, tenemos al típico enemigo de García Márquez.

Sin duda, él acertó en denunciar a Estados Unidos y se equivocó al defender a Castro. No reconoció las dos caras de la misma moneda autoritaria.

Entonces, ¿cuál es el núcleo resistente e irresistible, de los libros de García Márquez?

La obra de García Márquez nos gusta porque surgió del mundo de su infancia.

Cien años de soledad es la transformación de la imaginación de un niño (sus fantasías, familia y pueblo) en estupendo arte verbal.

Quien logra esa metamorfosis, consigue el multitudinario aplauso humano.

Y junto a la magia de una infancia convertida en novela de arte, la otra mitad de la fórmula secreta de García Márquez es que encarna otra infancia y otro sueño: la infancia y sueño de Latinoamérica.

Marx sabía que los artistas griegos seguían procurándonos disfrute a pesar del derrumbe de la sociedad que les dio origen, porque en el arte griego los occidentales hallan el placer de reencontrarse con su infancia histórica y psíquica.

Para el siglo XX y el Nuevo Mundo, García Márquez repite esta fórmula psicohistórica: reúne la infancia de cada persona con la infancia de una civilización entera.

La diferencia es que el arte griego satisface al rememorar una niñez que ya no puede retornar, mientras que García Márquez da el placer de una niñez reciente (y de una civilización que sueña que su dolor es de parto).

En Gabo —mote que sintetiza viejo y niño— aciertos y errores están engarzados por la metáfora imperante de Latinoamérica como infancia.

La economía política de esta metáfora se explica la presencia del viejo dictador que seduce al artista: ambos imaginan a la civilización como una infancia, que debe ser pastoreada y debe ser corregida por un gran patriarca.

No es fácil escribir de García Márquez. No es fácil escribir América. L