Epopeya en la patria chica

Doña Áurea y Poncho su esposo llegaron a "Nezayork" cuando Lucía apenas cursaba el tercer año de primaria. Con dificultades le consiguieron sitio en la escuela que los escasos vecinos ...
Epopeya en la patria chica.
Epopeya en la patria chica. (Mauricio Ledezma)

Estado de México

A la brava se posesionaron de un terreno. Fue cuando los chiquillos veían sorprendidos, como si fueran seres de otro mundo, a los integrantes de la Policía Montada que el gobierno estatal envió a petición de los fracccionadores.

Al principio llegaron como de paseo, aunque ostentando las armas. Los chiquillos los admiraban. Hasta aquel domingo:

Terminó la junta de avenencia celebrada entre los colonos y representantes legales de los fraccionadores. Los de traje sastre y sombrero de fieltro abordaron sus automóviles y ordenaron a los conductores acelerar la marcha, tras un breve diálogo con quienes estaban a la cabeza de los hombres de a caballo.

Entonces fue, aquel domingo, cuando los chiquillos dejaron de admirarlos, les perdieron el respeto porque rodearon a los colonos que estuvieron en la junta mientras otro pelotón se dirigía hacia lo que sería la escuela.

Una comisión de colonos quiso sacar las herramientas que guardaban en el primer y único salón terminado; en ella iba doña Paquita Canchola viuda de Argueta, madre del Mojarrón: fue la primera que recibió un garrotazo en plena espalda; entre varias mujeres, más indignadas que temorosas, la auxiliaron y se replegaron con todos los demás.

Durante varias horas el silencio fue casi absoluto, cosa rara: los llanos, que cualquier otro domingo estaban a reventar de futbolistas venidos de las distintas ligas del Distrito Federal que los arrendaban a los fraccionadores, estaban desiertos.

Los colonos fueron apareciendo: los niños por delante, parecía ser la consigna no especificada de antemano; iban armados con sartenes, comales metálicos, tinas, botes en una mano y en la otra palos, piedras, varillas...

Detrás venían los jóvenes con palas y zapapicos, barretas e y resorteras con pequeños trozos de metal erizado.

Hombres y mujeres llevaban cuchillos, desarmadores, machetes, trinches de cocina y algunos bieldos, azadones y guadañas. Las muchachas portaban antorchas de ocote o mecheros improvisados con tiliches y petróleo.

Lindiotizó y don Angel el español, dieron la señal de ataque (o defensa, más bien). Eran el presidente y vicepresidente, respectivamente, de la recién nacida Asociación de Colonos. Fueron los encargados de dar la señal.

De ahí en adelante nadie volvió a decirle gachupín al peninsular. Hasta que murió, y luego con más ganas, fue don Angel el Español, el que pegó aquel extraño grito que rompió el silencio del llano:

—¡Joder coño, que sepan que tenemos cojones y que ni fritos se los acaban! ¡Joder mejicanos, que truenen las zaleas!

Y se armó el borlote: los chiquillos aporreaban tinas, las sartenes, aquellas latas de veinte litros con que acarreaban el agua. Los mecheros, acercados a los belfos de los potros, surtieron efecto; y claro que hubo descalabrados, porque los garrotes no son espantapendejos, y hubo también señoras arrastradas de los cabellos y uniformados con la ropa hecha jirones y hombres con ellos trenzados en lucha cuerpo a cuerpo y pelos chamuscados por los flamazos, y caballos tasajeados y envases de refresco regados por aquí y por allá...

Desde una carcacha sobre la que acondicionaron un equipo de sonido, Paquita Canchola y Trini —la esposa del Lindiotizó— blandían el micrófono como si fuese espada y circulaban por las calles de colonias vecinas y pedían refuerzos, porque de repente como que la lucha se inclinaba a favor de los Tolucos —así llamaban a los gendarmes de la montada, por venir de la capital del estado—, superiores en organización pero no en mañas.

Los hombres de a caballo huyeron rumbo al cercano municipio de Chimalhuacán, o quien sabe si hasta Texcoco. Lo cierto es que toda la chiquillada, incluyendo a los tres Hermanos To y a Damián Anduaga e Isaac Monge y Carlos Cornejo y Juanito García, fueron tras del Lindiotizó que sin medir las consecuencias y aferrado como siempre, perseguía machete en mano a dos hombres de a caballo que pronto le sacaron considerable distancia.

—¡Cabroniszacatonis, no le juyanqui es puritito fierro dulce! ¡Vénganse pa’ empalagarlos!

Los chamacos volvieron con él amarrado, estaba muy terco. Tuvieron que darle té de ajenjo con un chorrito de mezcal de su tierra, para que con el amargor le bajara el coraje y el alcohol lo relajara. Después y sin que mediara forcejeo o ruego alguno, terminó con medio litro de mezcal reposado que paisanos suyos le habían llevado de Tlaxiaco.

Por coliches y arriesgados, los chiquillos obtuvieron unos cuantos pellizcos retorcidos, condimentados con jalones de orejas.

—¡¿Qué tal si esos bárbaros regresan y los despellejan vivos?! Pus sí, está bien que ayudaron, hombre, pero que no amuelen —explicaba Paquita mientras los To se lucían jaloneándose y protestando:

—¡Oh chirrión amá: no nos pellizque! —lo que sólo provocaba la risa general de quienes los rodeaban festejando el triunfo...

Por eso los Olea caían mal en la colonia, por malmirar a la escuelita y al llano salitroso, lo mismo que a los paisanos:

—Quién sabe por qué no se quedan en sus tierras, nomás vienen a encarecer las rentas en el Defe y a traernos más problemas —alegaba doña Áurea.

A querer o no se fueron acoplando a su nueva vida. Dejaron, más por inercia que por gusto, que sus hijos hicieran migas con los de los vecinos, aunque nunca abandonaron sus aires de grandeza, sobre todo doña Aurea; al principio sólo platicaba con Trini, la esposa del tendero Lindiotizó —le fiaba la despensa para toda la semana— y con Laurita y don Mauro —anciano matrimonio de jubilados de una fábrica de chocolates, sin hijos—, quienes el Día de los Santos Reyes organizaban una kermés en la calle con ayuda de doña Natalia, primera persona que en el barrio se propuso catequizar, como ella decía, “a tanto pingo que anda en la calle, sin oficio ni beneficio: cuando menos que conozcan la palabra del Señor”.

Poncho opuso menos resistencia a su nueva vida:

—Ya me embarqué en esto y ora tengo que pagar mi pedazo de infierno —platicaba con el Charro (mesero en un restorán del aeropuerto y padre de los Charritos) y con los aboneros parientes de Cornejo Blas, que nada más amarraban a cualquier poste las bicicletas con las que hacían sus diarios recorridos para las ventas, a crédito, de colchas y sábanas, y ya estaban listos para gustar del brandi o las cervezas finisemanales, como Poncho.

Lo malo del papá de Lucía es que de vez en cuando se alocaba con el alcohol y le daba por agredir. Quienes ya lo conocían lo tiraban de a loco, pero una vez tuvo la desgracia de toparse al Tamal de mal humor, quien vio en él a la persona que dios le puso en el camino para que no fuera más allá en busca de alguien con quien desquitar su coraje, pues en el trayecto de la ciudad a la colonia le habían robado la raya en el camión.

Escritor. Cronista de "Neza"