Entretelones del Premio Cervantes; una crónica periférica

Las curiosas circunstancias en torno a la entrega del reconocimiento a Elena Poniatowska, el pasado 23 de abril en la Universidad de Alcalá de Henares, son narradas con prosa risueña por un ...
Premio Cervantes
(AFP)

Ciudad de México

El 23 de abril, día de la entrega del Premio Cervantes, me despertó el motor de una podadora y el barullo de un escuadrón de jardineros que retocaba ruidosamente las plantas, los arbustos y las ramas de los árboles que visten el patio del Colegio Mayor de San Ildefonso, del Rectorado de la Universidad de Alcalá de Henares. El patio está a 25 metros del Paraninfo, el salón de actos en el que, seis horas más tarde, se le entregaría el premio a Elena Poniatowska. Dentro del Rectorado hay una Residencia, una especie de hotel austero, de habitaciones limpias y sobrias, con baño de mosaico blanco y una camita individual que invita a no moverse en toda la noche porque, en un cambio de posición, puede uno irse fácilmente de cabeza al suelo. La noche anterior había llegado de Madrid, en el tren de cercanías, después de haber asistido a la comida que ofrecía el rey a Elena, en el Palacio Real, y como el trayecto me había despertado el apetito, hice una escala en el bar que está afuera de la universidad, para comer algo y, de paso, ver el juego del Atlético de Madrid contra el Chelsea que estaba en la televisión. Pedí croquetas y cerveza, iba vestido todavía con el traje negro que exigía el protocolo del Palacio Real, un traje que llevaba paseando, dentro de su funda de tintorería, todas las vacaciones de Semana Santa, que había empezado en San Sebastián y seguido en Bilbao y luego en Burgos, la ciudad en la que me descolgué del tour familiar, luego de ponerme el traje que llevaba una semana moviéndose de hotel en hotel, y sirviendo de alfombrilla al perro que se hacía unas siestas formidables encima, cada vez que el coche se ponía en marcha. Me subí al tren y viajé las dos horas largas que hay hasta Madrid leyendo Peste & Cólera (Anagrama, Barcelona, 2014) la fantástica nueva novela del escritor francés Patrick Deville. Es decir, que el tren de cercanías del que me bajé en Alcalá de Henares, para ir directamente a cenar algo en el bar, era el segundo al que me subía ese 22 de abril que empezó muy temprano, con una maniobra, ridícula y sin embargo necesaria, coordinada por el hombre que me había invitado a la Universidad y que, por discreción, llamaré aquí Señor C. La invitación, que era el motivo que me llevó a amanecer el día 23 a 25 metros del Paraninfo donde se entregaría el premio, era a una mesa redonda sobre los libros de Poniatowska que al final tuvo que suspenderse porque coincidía con la comida que ofrecía el rey. La mesa se suspendió, pero no la invitación a dormir en la orilla misma del Paraninfo que me había hecho el Señor C, y que a mí, la verdad, me hacía mucha ilusión porque, de esa misma Residencia de San Ildefonso, se escapaba Quevedo para irse a meter a algún bar de Alcalá, precisamente como estaba haciendo yo esa noche en que pedía cerveza y croquetas. Pero esa mañana había salido de Burgos, con un frío invernal en plena primavera, y había llegado a la estación de Atocha, donde ya me esperaba el Señor C. para recoger mi maleta y llevársela a Alcalá, “porque no vas a llegar ante su majestad arrastrando la Samsonite”, me había dicho con toda razón. Así que una vez liberado de la maleta, como me sobraba el tiempo porque la comida era a la una, decidí irme caminando hasta el Palacio Real, sin tomar en cuenta que había que atravesar un barrio razonablemente bravo, por el rumbo de Lavapiés, que no era una zona donde un cincuentón de traje oscuro y corbata, como iba yo, pasara desapercibido a las 11 de la mañana. Conforme me adentraba en el barrio, que a esas horas empezaba a despertar, comencé a pensar en la eventualidad de que algún rufián de esos que francamente abundaban, confundido por mi elegante disfraz, me asaltara y me quitara la cartera, el teléfono y los zapatos. ¿Cómo voy a entrar al Palacio Real en calcetines?, ¿o con la camisa desgarrada por el forcejeo, o con un labio partido o un ojo morado?, pensaba mientras iba avanzando hacia el palacio.

Entré intacto al palacio con mi traje que venía de estar colgado en tres o cuatro hoteles, saludé a Elena, a mis colegas escritores y a su majestad que era el anfitrión, y luego comimos todos en la mesa King-size del palacio, con unos desconcertantes cubiertos de IKEA pues, según me contó una colega que asiste cada año a esa comida, la Casa Real, harta de los hurtos, de que cada comensal se llevara una cucharita de plata, un tenedor con mango de marfil, un salerito de cristal de Baccarat, optó, en primera instancia, por poner un detector de metales a la salida pero, según ella, fue tal el bochorno, el escándalo de que el detector invariablemente sonaba cuando se arrimaba a los bolsillos de las grandes luminarias de las letras hispánicas, que optaron mejor por suprimir la tentación y cambiaron la plata por el acero inoxidable, y el Baccarat por el vidrio vil. Después del brandy y el café, que fueron servidos en un salón que olía a colorete del siglo XVIII, salí del palacio con los hermanos Poniatowski y, en lo que Elena atendía a la multitud que la esperaba en el hotel, nos fuimos andando hasta la plaza de Chueca, a hablar de la cubertería de IKEA mientras bebíamos unos vermuts de grifo (“vasos de vino ardiente y estrellas fermentadas”, que diría el poeta Huidobro). Más tarde me subí al tren, el segundo de ese día, rumbo a Alcalá de Henares, y abrí el libro que llevaba en el bolsillo del saco, una vieja edición portátil de, precisamente, Vicente Huidobro (Poemas árticos, Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1972) y leí: “Una gotera viva desangra las estrellas. De cuando en cuando las horas maduras caen sobre la vida”. Llegando a Alcalá, antes de ir a la Residencia hice, como he contado más arriba, una escala en el bar donde, aprovechando que las horas maduras caían sobre la vida, pedí cerveza y croquetas y en cuanto me disponía a concentrarme en el partido que estaba en la televisión, y pensaba que Quevedo, a lo mejor, había bebido cerveza en ese mismo sitio, apareció el Señor C., con un grupo de personas que asistirían también, al día siguiente, a la entrega del premio y, entre cerveza y cerveza, me dio la siguiente instrucción: “golpea con la aldaba, con mucha fuerza, el portón del Rectorado, por que a estas horas el vigilante ya se habrá dormido y, si no te abre, tendrás que dormir a la intemperie porque yo después de esta cerveza me regreso a Madrid”. Acabando el partido fui a plantarme ante el portón y, espoleado por el temor de dormir a la intemperie, di una vigorosa serie de aldabonazos como imaginé que en su tiempo lo habría hecho Quevedo, ese famoso escritor que cuando no conseguía que le abrieran, porque ya era de madrugada, trepaba la barda del Rectorado y cuentan en Alcalá que una vez, cuando estaba ya encaramado hasta arriba, con medio cuerpo colgando hacia la calle y de la cintura hasta la cabeza ya técnicamente dentro del Rectorado, pasó un hombre que, al verle el traspuntín dijo, muy sorprendido “¿qué vedo?”, y que el escritor dijo refunfuñando: “Aquí hasta por el culo me reconocen”. Pues ahí estaba yo, dando aldabonazos en el portón del Rectorado, mientras observaba la barda y valoraba la posibilidad de exponerme al ¿qué vedo? de algún transeúnte. El vigilante abrió la puerta, me entregó la maleta que le había dado el Señor C y la llave de mi habitación y me dejó ahí solo, en ese patio con su hermosísimo jardín donde a falta de Quevedo dije en voz alta un verso ártico de Huidobro: “Cada vez que abro los labios inundo de nubes el vacío”. El verso retumbó en las paredes del mismo patio que, a la mañana siguiente, a las siete en punto, sería intervenido por la podadora y por un escuadrón completo de jardineros. Por si la máquina y el escuadrón fueran poca cosa, simultáneamente la banda de guerra de la Universidad comenzó a ensayar el himno de España que, por fortuna, no tiene letra. Con aquel escándalo no tuve más remedio que levantarme de la cama, ponerme la ropa del día anterior y salir del Rectorado para beber un café, en el mismo bar de las croquetas, leer despaciosamente el diario y comprar una espuma de afeitar pues la que tenía se había quedado olvidada en el baño del hotel de Burgos. El afeitado era imprescindible porque a la entrega del premio asistirían los reyes, el presidente español y por supuesto Elena Poniatowska y sus hijos. Cuando regresé al Rectorado, preparado para dar otra serie de aldabonazos en la puerta, o en su defecto exponerme al ¿qué vedo? de algún transeúnte, me encontré con un montón de policías que impedían el paso, y tuve que enseñar la llave de mi habitación y pasar la espuma de afeitar por los rayos X para que me dejaran entrar. El patio estaba lleno de periodistas y de cámaras de televisión, y los jardineros seguían armando un gran barullo con la podadora y las tijeras. Entrando a la Residencia observé que el vestíbulo y las escaleras estaban tomados por guardaespaldas de la Casa Real y del presidente del gobierno, una nube, amenazante y silenciosa, de hombres de traje oscuro, audífono en la oreja y abultada sobaquera. Me duché con agua muy caliente para que el vapor desarrugara el traje que tenía que volver a ponerme, y después, ya en calzoncillos, me puse la espuma en la cara y justamente cuando estaba a punto de pasarme la navaja golpearon la puerta dos veces, con dos golpes secos y salvajes. Al abrir me encontré con un perro pastor alemán y dos soldados que querían revisar mi habitación, cuya ventana era, claramente, el objeto del deseo de cualquier francotirador, y mientras hurgaban en mi maleta, y el perro me olisqueaba las rodillas y los corvejones, me puse el pantalón y la camisa murmurando unos versos de Huidobro que había leído la noche anterior, antes de dormirme: “Sea yo un astro quebrantado, o bien una luciérnaga, hay mariposas en mi pecho”. Quince minutos más tarde bajé al patio y caminé los 25 metros que me separaban del Paraninfo, entré, saludé a las personas que conocía y me acomodé en el sitio que me asignaron. Todo estaba preparado para el discurso, para la entrega del Premio Cervantes y para todo aquello que ya se ha contado mucho y que yo no cuento por qué, si no, esta crónica perdería su naturaleza periférica.