Engolosine con besitos Sabrita

No hay llenadera en eso de los besos: se practican de piquito, de trompita, de lengüita, de enredadera, de intercambio de chicle, de campanero, de tantas formas que a cada quien se le ocurren. ...
Engolosine con besitos Sabrita
Engolosine con besitos Sabrita (Jesús Martínez)

México

Amigos de “De un rancho a otro”: ojalá que lean esta mi carta en el suyo programa. Dijeron que el tema de la semana sería El Paisano y el Cine. Yo he ido con mi novia... Les doy razón de los besos que cada quien aprendió a darse en lo oscurito.

Lo canijo es la primera vez. Eso que ni qué. Siente uno cómo el corazón da la corazonada: esta chava va a ser mi mujer. Y siente que ella va a quererlo a uno para que sea su hombre. Uno ya se siente más seguro en esta ciudazota. Aunque al primer beso como que uno se aguanga. Se alacia. Y aunque uno se siente mexicano feo, fuerte y formal, como dicen los compas en la obra, como que se le hacen charamusca brazos y piernas. Nomás de acordarse brinca el corazón. Es que, pues los besos son los besos. Eso. Conectarse con la otra gente, agarrar el mismo ritmo del corazón, de la respiración. Eso pasa en un beso.

Con mi chava nos fugamos al cine y ya no se conformaba uno con el calor de las manos. Aunque entre los dos avanzábamos más en eso de conocernos más, a veces era ella más aventada. Deveras. Los labios no alcanzan pa’ tanto, los resuellos aumentan de volumen. Y entonces como que las manos se mandan solas, se van por otro lado, aunque uno no quiera: buscan calorcito, como que sienten, como que miran lo que uno no. Aunque a veces saca de onda el crujido de la bolsa de palomitas, y hay que cuidarse para que el chesco no se derrame, con lo caro que está. Otra cosa que cisca son las sombras de los otros que uno pensaba espiaban. Qué van a espiar: cada quien en lo suyo. Pero se arma uno de valor y hasta sale sofocado de la función. Igual que las otras tres parejas, nadie vio entera la película. Paisanos, chavos casi todos, sí. Si no se tienen compromisos, se pone uno de acuerdo con las muchachas y planeamos la salida. Fácil no es, no.

Como que lo oscurito da miedo y valor. Pero ya luego uno busca y encuentra y se deja ir a más, más y más aventados, claro. Y se siente un calorcito como que abochorna. Uno como que adivina lo que la chava siente por uno. Y da esos besitos que decía Pedro Infante: mordelones. O como dicen los chavos de la obra: “Besitos Sabrita”, porque no te puedes probar nomás uno. Hay engolosine, sí. No hay llenadera en eso de los besos: se practican de piquito, de trompita, de lengüita, de enredadera, de intercambio de chicle, de campanero, de tantas formas que a cada quien se le ocurren.

Aunque uno se la piensa con las chavas. Hay chavos y chavas que se avientan a más. Que no quieren morir como cautín: a puros calentones. Es un gastito el cine, cómo de que no. Pero más el hotel, el Cinco Letras que le dicen. Si aprieta uno el cincho, puede darse el gustito una vez al mes, cada dos si se mantiene uno en calma. Tomar en cuenta, sí, que hay gastos para no perjudicar a las chamacas, que luego hay andan quedando preñadas ellas. Otros sí cumplen, muchos le sacan la vuelta a la responsabilidá o ni siquiera piensan en ellas, nomás se las agarran de descanso, dicen, o de Mejoral: para quitarse el dolor de cabeza.

Yo me la pienso, porque sí me gustaría cumplirle a mi chava, sí. Pero ella vive en ca’ de sus patrones. Y yo en el cuarto del velador, en la obra. Ando viendo si me acomodo con unos parientes. Pero pus con ella, si es que quiere. Si ya platicamos que nos gustaría tener hijos. Mejor poquitos, porque está cañón. Y ya se sabe que la paridera, como quiera; pero la mantenedera pesa, se pasan hambres, malos tratos, la querencia medio se marchita o de plano se reseca. ¿Y quién quiere eso para vivirlo en pareja?

Si me acomodo con los parientes y con ella, está de pensarse. Pus por aquello de que el muerto y el arrimado a los tres días ya hieden... A lo mejor sería más suave tener algo propio. Pero pus más allá de Valle de Chalco o por Chimalhuacán, que ya nomás rentan. Y son puros salitrales. No es como en el pueblo, que aunque fueran montecitos alegraban la vista.

Yo escucho su programa en el camión o en la pesera. Llevan sus radios y se escuchan las pesadeces del Morro o los adoloridos. Que si están solos, que si los abandonaron, que si viven una vida de perros y gatos. Se les olvidaron los besos. Ya es más distinto el modo de ser aquí que en el pueblo.

Aquí en la ciudad uno cambia, y ellas también. Primero se cortan la trenza. Y cambian los vestidos y los zapatos que por allá usaban. Hasta los chavos llegan a hacerse chinos en el pelo o copetes como de nido de golondrina. Cuando uno va al pueblo, allá piensan que nos está yendo rete bien. Imagínense cómo están ellos. Claro que no va ir uno a decir que vive en la bodega de la obra, que se tapa con costales, se desayuna bolillo con café o ya con ganas de gastar: torta de tamal con atole de arroz o champurrado.

Y pus ya ve uno de otra manera a las chavas de allá. Las que trabajan acá están mejor arregladas. O distinto cuando menos. Allá están más controladas, ignoran muchas cosas, están a la orden y cuidado de la gente mayor. Aunque si el hambre aprieta, la gente mayor las anima a dejar el nido, que vayan a otro lado a buscar la mejoría. Con todos los riesgos, sí, cómo de que no.

Yo la verdad me gustaría que con mi chava hiciéramos algo aquí. Pa’ que los chamacos que tuviéramos crecieran de otra forma. Con rienda, si no ya ve cuántos se descarrilan. Es que aquí es otra cosa, por eso uno se la piensa. Chamaquillos los ve uno echándose a perder en el vicio, en la vagancia, sin escuela, sin esperanzas. Se atrista uno, sí.

Escucha uno al Buki en el camión, en la pesera. O a Los Temerarios y a Bronco. O a los del Movimiento Alterado. O de más acá al Julión Álvarez. Y se acuerda de su chava. Y si puede, con un clavo puede raspar su nombre y el de uno en el respaldo del asiento. Con corazoncito y todo: “Se aman”.

Y se imagina caminando por el pueblo, yendo a las fiestas. Viendo los castillos y toritos en las celebraciones del santito. Escuchando a la banda de música. Con ella juntito. Claro. Pero nomás de visita. Porque uno se la piensa. Y está cañón, deveras. También aquí, pero allá más. Lo que más crece es la población del panteón.

Escucho a veces en el Metro a paisanos que hablan la lengua, nuestro idioma. Todos se les quedan viendo raro. Y hasta se ríen de ellos. Por eso mi chava y yo poquito lo hablamos ya. A veces nomás, cuando estamos solos y se nos agolpan los recuerdos. Ella sí lo habla más, porque en la casa donde trabaja están otras paisanas. Pero si están los patrones, no. No les gusta que hablen la lengua. Cuando salimos solos sí la hablamos y en el cine con ella nos secreteamos y si la peli fue muy intensa, la platicamos y ni quién sepa qué dijimos.

Ojalá y lean esta carta en el “De un rancho a otro”:... Y que más de nosotros se animen a escribir. O que hablen de perdida. Para que nos oigan en el pueblo y sepan que no es fácil andar en la obra, entre los andamios, amarrando fierros, durmiendo en la bodega o de arrimado con los paisanos. Y pus sí, qué bueno que se hable también de los paisanos y los besos, con todo respeto: eso sí.

*Escritor. Cronista de "Neza"