A través de Carlos Valdés

En la revista del El Colegio de México conocí a Carlos Valdés, un escritor de Guadalajara quien, como yo, había venido años antes a la capital.
Laberinto
(Cortesía)

Ciudad de México

En 1956, cuando llegué al Distrito Federal, entré a El Colegio de México, gracias a una beca que me ofreció Alfonso Reyes y porque llevé un ensayo mío a la Revista de la Universidad, que dirigía Jaime García Terrés. En la revista conocí a Carlos Valdés, un escritor de Guadalajara quien, como yo, había venido años antes a la capital. Él me conectó con Emmanuel Carballo, el jefe de redacción de la Revista de la Universidad y me empezaron a publicar. Al poco tiempo Jaime García Terrés me ofreció trabajo. Me dio a corregir la revista, lo cual para mí fue una gran escuela porque yo tenía que leer los originales y marcarlos para la imprenta y después corregir las pruebas una o dos veces. Tenía que firmar cada página y me temblaba la mano porque sabía que iban un montón de errores, como siempre.

Carlos Valdés y yo hicimos muy buena amistad. Él vivía con una hermana y sus hijos y su cuñado, en la colonia Roma, y yo vivía con un tío y sus hijos en la colonia Anzures. Decidimos compartir un departamento y también hacer una revista. Sabíamos que nos íbamos a embarcar en esta aventura porque escribíamos más de lo que podíamos publicar —siendo jóvenes nadie nos publicaba.

Cuando éramos becarios de El Colegio de México llevamos a cabo el proyecto de la revista Cuadernos del Viento, sin perder el empleo en la Universidad. La mitad de nuestros sueldos, entre los dos, nos permitió también pagar la renta del departamento.

Mi amigo me presentó a Héctor Xavier. Él vivía en un edificio que tenía salida a Holbein y a Detroit, dos calles paralelas, muy cerca de la Plaza de Toros. Ahí también vivía José Revueltas. Héctor era inmensamente amigo de Carlos. Recuerdo las visitas a Héctor y a Pepe, pero no lo recuerdo en la casa; yo creo que era tan pequeña, y más bien nosotros íbamos a verlo dibujar o que nos enseñara sus dibujos.

Después tuve la oportunidad de ser testigo de cómo Henrique González Casanova le encargó a Juan José Arreola —a quien le dieron una beca en la Universidad— escribir un bestiario. Héctor dibujó los animales del zoológico; se dedicó totalmente al proyecto, llevando la delantera, y Juan José empezó a escribir a partir de los dibujos.

Tengo a Héctor siempre presente pero no muy cercano, sino hasta muchos años después, cuando se fundó el unomásuno en 1977. Carlos Valdés escribía en el periódico y me dijo: “Vamos a pedirle a Héctor que ilustre equis texto”. No sé si Héctor lo llevaba a la oficina o si yo iba a su estudio. Al principio, los dibujos que se publicaron eran de gran formato, porque no había muchos colaboradores y teníamos que llenar los espacios con fotografías y dibujos.

Al tener más colaboradores, Héctor tuvo espacios más reducidos. Muchas veces dibujó en mi oficina. Hacía como caligrafía china. Comenzaba un dibujo y pum, lo aventaba o lo destruía y decía “No me salió”, y lo repetía hasta que quedaba a su gusto. Empezó una amistad muy cariñosa. Era muy cálido, muy afectuoso, y me vi siempre con él y con Carlos Valdés en cafés. Íbamos al Gino’s, por ejemplo.

Héctor siempre hablaba de la fundación de la Galería Prisse, donde empezaron Enrique Echeverría, Alberto Gironella, Vlady y José Luis Cuevas, que ahora se conoce como el primer grupo que dio origen a la Ruptura. Son los iniciadores, son los que abren el camino. Con el tiempo, cuando se enfermó Héctor Xavier ya no lo vi, pero sí llegaban las colaboraciones para Sábado. Alguna vez me dijo que fuera a verlo para que me hiciera un retrato, pero como el trabajo en el periódico era tan absorbente, nunca fui. Cuando falleció, fui con mi compañera Patricia y estuve un rato con sus hijos.