Arrebatos ejemplares

En las reflexiones de Canetti sobre el lenguaje y la escritura trasluce en todo momento una sensibilidad sobrecogedora, como si su alma se abriera paso entre las palabras de una manera casi erótica.
Elias Canetti.
Elias Canetti. (EFE)

México

En una conferencia titulada “Arrebatos verbales”, incluida en el libro La conciencia de las palabras (FCE), Elias Canetti realiza una inusitada confesión de un secreto que incluso le ocultaba a su esposa —a quien, por otra parte, le ocultaba “muy pocas cosas”—. El arrebato verbal de Canetti se producía mientras vivía en Inglaterra, país en el que no podía comunicarse en alemán, y consistía en que de pronto sentía un furor incontrolable que lo obligaba a encerrarse a fingir que trabajaba, para en realidad dar cauce a un torrente inconexo de palabras alemanas, que llenaban “páginas y páginas”. Las palabras se le imponían con una necesidad imperiosa de ser vaciadas en la hoja en blanco, cuestión que lo hacía sentir “particularmente dichoso”, y tales arrebatos terminaron por convencerlo de que ese aparato simbólico conocido como lenguaje era literalmente una entidad viva, con la que Canetti trazó una íntima relación a cuyo cultivo dedicó la mayor parte de su vida: “Desde entonces no me queda ya la menor duda de que las palabras están cargadas con un tipo muy especial de apasionamiento. En realidad son como los seres humanos, no se las puede descuidar ni olvidar. Como quiera que uno las conserve, ellas se mantienen vivas y cuando menos se piensa saltan a la superficie e imponen sus derechos”.

En las reflexiones de Canetti sobre el lenguaje y la escritura trasluce en todo momento una sensibilidad sobrecogedora, como si su alma se abriera paso entre las palabras de una manera casi erótica, siendo moldeada por ellas al tiempo que las acomoda, las ordena y las hace sucederse en oraciones y en páginas que a su vez terminan por ser una radiografía de un espíritu en exilio perpetuo. Y es que, en su ensayo sobre Hermann Broch, Canetti deja claro que los verdaderos escritores deben realizar una pirueta consistente en estar al mismo tiempo plenamente insertados en su época, y a la vez situarse “en contra de toda su época, no simplemente contra esto o aquello: contra la imagen general y unívoca que ella tiene, contra su olor específico, contra su rostro, contra sus leyes”. Es decir, que esos seres vivos que son las palabras habrán de erigirse como diques que contienen a la realidad mientras sirven para increparla, y de ahí esa aura de perpetuo desasosiego, de estar corriendo en círculos alrededor de la nada, que subyace a la obra de escritores como Canetti, entregados al vicio y al goce del lenguaje como tal y sin requerir nada más a cambio pues, como él mismo escribió acerca de Confucio: “El hombre ejemplar sigue siendo aquel que no actúa por cálculo”.