ENTREVISTA | POR LILIANA CHÁVEZ

Elena Poniatowska Escritora

Periodista desde 1953, al año siguiente debutó como narradora con el volumen de relatos Lilus Kikus. Desde entonces ha publicado más de una treintena de libros, obra que la ha conferido varios galardones a los que se suma el Premio Cervantes 2013.

El té, la vida, los gatos

Elena Poniatowska en su casa.
Elena Poniatowska en su casa. (AFP PHOTO / RONALDO SCHEMIDT)

Ciudad de México

Es un lunes lluvioso en el barrio de Chimalistac, al sur de la Ciudad de México. Un grupo de mujeres que podrían tener los mismos 80 años que su vecina, Elena Poniatowska, salen de la misa de seis de la tarde en la antigua capilla de San Sebastián Mártir. La escritora no está en misa, tampoco en su casa, sino en el supermercado.

La mujer que ha ganado alrededor de 100 premios y reconocimientos en 18 países, entre ellos el Premio Cervantes 2013, prefiere hacer las compras de la semana ella misma. “La señora fue al Wal–Mart de Miguel Ángel de Quevedo, aquí cerca, ya no debe tardar porque se llevó al perro… Mire, ahí viene”, y el policía de la zona señala un Honda plata que avanza lento sobre la estrecha calle empedrada.

El auto se detiene frente a una casa amarilla, la más pequeña de la calle. La de paredes cubiertas de ramas por fuera y de libros por dentro. Del auto salen, en orden de aparición, un perro, Martina (su empleada doméstica), Elena y el chofer. Con las bolsas de plástico en una mano y la correa del perro en la otra, Elena cruza el jardín que aún huele a lluvia.

Como un séquito improvisado, los demás seguimos a la mujer de cabello gris, suéter rojo tejido a mano y pantalón deportivo de algodón azul. Me pregunto si alguien en el súper habrá pasado con el carrito de la compra a un lado suyo tratando de comparar la imagen de las contraportadas de sus libros —cabello secado en salón, collar de perlas, traje sastre— con ésta de todos los días, que podría ser la imagen de cualquier mujer haciendo el súper cualquier tarde.

Mientras entramos a la casa, ella tiene palabras para todos. Al chofer: “Si ya te quieres ir ya vete, pero saca al perro, si el policía se queda con él un momentito sería padre…”; a mí: “¿Quiere un té?”; a Martina: “Por favor, tráenos un té”. La conversación comienza. 

El té

“Sigo haciendo mucho periodismo, no lo he dejado para nada, pero desde luego me interesa mucho más la literatura y he hecho muchísimos libros. Todo ha sido simultáneo. Me inicié en el año 53 en el periodismo y en el 54 en la literatura con Lilus Kikus, en la colección Los Presentes, donde también publicaron Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Álvaro Mutis.

“Escribir literatura toma muchísimo tiempo, no solo escribo, reescribo, retrabajo, tengo cajas enteras con los manuscritos a máquina de un mismo libro, a veces hay ocho versiones de un mismo título. El periodismo es inmediato, uno hace un artículo que se publica al día siguiente o tres días después, no se retrabaja como la ficción.”

Simultáneo es una palabra que le va. Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor es francesa por nacimiento, pero fue adoptada por México desde los 10 años de edad. Simultáneo también fue su aprendizaje del inglés y francés en la escuela, mientras el español de la calle le llegaba al escuchar las historias de las empleadas domésticas de su familia: “Yo tengo buen oído, retengo la forma de hablar y así la escribo en las novelas. Tengo muchísimo oído para el habla popular porque cuando llegué de Francia ese fue el que me golpeó. Aprendí el español de la calle.”

Poniatowska se mueve simultáneamente entre el periodismo y la literatura, tal como cambia de un tema de conversación a otro: a veces armoniosa, otras intrépida, como inadvertidamente, al azar.

“En El tren pasa primero retomo entrevistas que hice con Demetrio Vallejo, que fue un líder ferrocarrilero oaxaqueño al que fui a ver muchísimas veces a la cárcel. Incluso cuando salió de la cárcel iba a verlo y le llevaba lo que había escrito sobre él. Recuerdo que una vez levanté los ojos y estaba dormido, y pensé: si él que es el protagonista o el héroe está roncando, quiere decir que este libro no sirve. Lo guardé muchos años y después lo escribí como se me antojó.”

—¿Quieren té? —Se oye una voz.

—Sí, te lo pedí. —Responde la escritora.

“Él quería imponer su voluntad, por ejemplo, era muy mujeriego y trataba muy mal a sus mujeres, no quería que no pusiera nada de eso, al contrario, me decía: ‘Un líder no tiene vida personal’. Él tuvo muchos hijos y todos fueron muy infelices, no supo ser un buen padre. No quería que escribiera las cosas que eran reales…”

Llega el té, es inglés y es de frambuesa.

—Gracias, Martincilla. —Dice Elena.

“Lo que hice fue escribir el libro 30 años después. Él ya había muerto; ya había muerto su sobrina que era lindísima, incluso creo que se enamoró de su tío porque toda la vida se quedó con él. Y entonces ya hice el libro, ya era una novela, no podía ser una biografía porque yo inventé ahí cantidad de cosas.”

¿Es la invención el límite entre el periodismo y la literatura? Poniatowska contesta en su español de la calle. No teoriza, quizá por reminiscencias de su educación católica, prefiere explicar con historias: “En el periodismo no puedes componerlas en el aire, pero en la literatura sí. Escribí una novela sobre Tina Modotti (Tinísima), una mujer que de veras existió, una gran fotógrafa, pero muchas cosas de ella, sus reacciones, son lo que yo pienso que pudieron haber sido, porque nunca la conocí, nunca la vi. Ella murió en 1942, que fue el año en que yo llegué a México. Además era una señora comunista, jamás la hubiera podido conocer porque mi familia era muy conservadora.

“Cuando se trata de periodismo, mi problema es que todo sea lo más apegado a la realidad posible. También en la novela, pero en la novela puedo escribir sobre los sentimientos, como el amor, hacer el amor: no sé cómo lo hacía Tina Modotti pero yo sí la pongo ahí a hacer el amor.”

Conversar con Poniatowska es conversar con muchos más. Los recuerdos de sus entrevistas no dejan de aparecer en esta otra entrevista. Sobre todo el de su conversación más memorable y que derivó en el libro Hasta no verte, Jesús mío (1969).

“Jesusa Palancares me rechazaba al principio, pero después me aceptó. Es difícil ir hacia algo que no conoces, que no es familiar, pero yo toda la vida he tenido una inclinación muy grande a lo que no se parece nada a lo que he vivido…

“A veces las personas marginales dan grandes sorpresas y son mucho más coherentes que una niña bien que no sabe ni por dónde amanece… yo era niña bien.”

¿Qué debe tener una persona para que usted se interese en ella?

“Desde luego tiene que ser una persona cálida, una persona amorosa, también puede ser muy rechazante pero en el fondo sé que es una persona amorosa. Por ejemplo, Guillermo Haro era muy rechazante conmigo, decía que los periodistas son destripados de todas las carreras, que no sirven para nada, que no saben nada, pero yo me vengué casándome con él.”

Después de 32 libros publicados sobre los otros, los habitantes del campo y de la periferia urbana (Fuerte es el silencio), las víctimas del 68 (La noche de Tlatelolco) y del temblor (Nada. Nadie), los diferentes a ella, en los últimos años se ha concentrado en su propia historia.

Acaba de publicar una biografía sobre el astrónomo mexicano Guillermo Haro (El universo o nada), quien murió en 1988 y fue su esposo durante 20 años. Ahora lee historia de Polonia para documentarse sobre la vida de su familia, los Poniatowski, descendientes de Estanislao Augusto Poniatowski, el último rey de Polonia y amante de Catalina La Grande. Pero hasta que hablamos de su genealogía, la conversación se desvía a otras historias.

“Catalina se echó 10 amantes, él fue de los primeros; además tuvo una hija con él que se llamaba Ana. Yo no sé cómo le hacía ella porque se embarazaba y todo, y escondía sus embarazos y finalmente mató a Pedro, su marido, bueno, creo que tuvo que ver con el asesinato de Pedro. Ella era una mujer muy extraordinaria.”

Elena admira a la emperatriz rusa como admira a las escritoras Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar, Catherine Mansfield, a sus contemporáneas Rosa Montero y Elvira Lindo o a Josefina Bojórquez, la mujer campesina y revolucionaria detrás de su personaje de Jesusa Palancares. Como se interesó por la artista rusa Angelina Beloff, primera esposa de Diego Rivera, para escribir Querido Diego, te abraza Quiela (1978), ahora investiga la vida de Guadalupe Marín, porque quiere escribir una novela sobre la segunda esposa del muralista: “Tengo entrevistas, a raíz de eso voy a empezar a construir una novela sobre una época de México donde ella fue el centro de muchas actividades… Espero que me de tiempo, iba a decir antes de morir, pero…” 

La vida

Cualquier decorador de interiores se frustraría en la casa de Poniatowska. Los libros ocupan cada centímetro de los muros, no hay espacio para representar de otra manera la personalidad de quien habita ese lugar. Ordenados en cajas y repisas, algunos hasta con papelitos como clasificados por una bibliotecaria, los libros parecieran estar listos para irse en cualquier momento.

“Estoy haciendo una fundación para regalar todos estos libros que usted ve. Todo se lo voy a dejar a México, porque a mis hijos no creo que les quepa, las casas van a ser cada vez más pequeñas, creo que es mucho mejor que le sirva de algo a alguien. Todo nació porque Harvard y Stanford se querían llevar todas mis cartas y todo, pero mi hijo Felipe dijo que era una traición a México."

El único elemento decorativo que observo está en una silla frente a mí: un cojín blanco cuya funda tiene al centro la figura de un Andrés Manuel López Obrador en caricatura de El Fisgón, bordada en diminuto y uniforme punto de cruz. Me da curiosidad el bordado pero pienso que dos mujeres que se sientan a tomar té no necesariamente tienen que hablar de crochet y entonces hablamos de política.

“Desde el 2005 estoy ligada políticamente con Andrés Manuel López Obrador. Hago las tareas que me encomiendan, generalmente tienen que ver con la escritura; voy a los mítines, a las reuniones, y también apoyo otras causas sociales, como la del feminismo; soy feminista, estoy a favor de que a las mujeres les vaya mejor en este país.

Seguramente todo tiene que ver con la historia personal de uno, pero también tiene que ver con el sentido que le quiere dar a su propia vida. A veces ni siquiera es una decisión, es simplemente una inclinación la que te lleva a hacer cosas, y de repente ya estás en un torbellino de actividades que no imaginabas.”

¿Un escritor necesita tener compromiso político?

“Siento que en México es muy difícil no tenerlo, necesitarías encerrarte a piedra y lodo porque la realidad entra a tu casa y te avasalla. Yo creo que eso puede pasar en Nueva York o en París, que puedes escribir sobre tus estados de alma, pero en México es una realidad que te golpea en cada momento y en cada esquina.”

Por eso quizá Elena Poniatowska empezó a salir a la calle, pero con grabadora y libreta en mano.

“En mi juventud yo iba a lo loquito sin saber nada de nada, pero cuando eres joven yo creo que caes bien, aunque no sepas nada y hagas puras preguntas idiotas. Caes bien por tu juventud. Además, en la época en que yo lo hacía había tres mujeres periodistas. Entonces llegabas y caías en gracia.

“Yo le preguntaba a Diego Rivera que si sus dientes eran de leche porque nunca había visto una pintura de él… le decía: ‘está muy altote, muy grandote y los dientes muy chiquitos’, y él respondía ‘sí, son de leche, y con estos me como a las polaquitas preguntonas’ y de ahí salía la entrevista. Me hice de un público que decía a ver qué va a preguntar esta babosa.”

Antes de los 30 años ya había publicado su primer libro de cuentos, Lilus Kikus (1954), y el primero de crónicas, Todo empezó en domingo. La juventud no fue impedimento para escribir, pero tenía sus propios retos.

“A veces uno tiene ganas de aventar todo, a veces uno dice ‘¿qué estoy haciendo, por qué estoy aquí si suceden tantas cosas afuera?’, porque el chiste no era tanto vivir las cosas sino consignarlas, escribirlas, levantarse más temprano para poder escribirlo, o acostarse más tarde para que no se olvidara. Eso significaba sacrificar tal o cual fiesta y, cuando tienes 20 años, no ir con tus amigos es muy difícil, es duro, y a veces dices de veras tienen razón, voy a ceder, qué ando haciendo, me voy con ellos o con ellas.”

¿Dejó mucho de su vida personal por registrar la vida de otros?

“Tu vida personal finalmente es lo que tú haces en tu casa y es la soledad de la escritura, tienes que acostumbrarte a que vas a estar sola, a que te van a rechazar porque no eres jaladora. Te dicen ‘¡Ay, qué chocante! ¿Qué te crees? No porque estés escribe y escribe van a cambiar las cosas, ¿qué importa lo que estás haciendo?...’ Y empiezas a culpabilizarte y a decir ‘no atiendo lo suficiente a mis hijos, no estoy todo el tiempo con ellos’, mientras los hijos te están contando algo tú estás papaloteando y pensando en otra cosa.”

Ahora que es viuda y que sus hijos viven fuera de casa, a lo que no se acostumbra Poniatowska es a dejar de escribir.

“Si no me subo al caballo apenas termino un libro, me deprimo, porque aunque quisiera hacer otra cosa, lo único que puedo hacer es escribir. Entonces tengo que volver a subirme luego al caballo de la escritura y escribir.”

Los gatos

El té casi se acaba y sí, hablamos un poco de estambres, agujas y crochet.

Monsi y Vais, sus gatos, entran a escena e interrumpen el diálogo. Antes de que mi fobia a los gatos haga inoportuna presencia, Monsi y Vais se van de la sala, nos dejan solas con Monsiváis en la memoria.

“Carlos Monsiváis era más joven que yo, pero era una persona muy informada, no había estado encerrado en un convento de monjas rezando. No me sugería lecturas, pero estaba pendiente, él me echaba muchas porras. Soy la única persona a la que él le dedicó tres libros: Escenas de pudor y liviandad, uno de Tlatelolco y otro de… ¡Ay, no me acuerdo!” 

¿Él era su maestro?

“No, ninguno. Mi maestro es la gente de la calle. Él nunca se dedicó a enseñarme nada, se reía de lo que yo decía. La única vez que sí, me dijo: ‘Ay, Elena, cómo fuiste a decir que Vasconcelos está en la Rotonda de los Hombres Ilustres’, y me dio mucha pena.”

La mujer con doce doctorados Honoris Causa en México, Puerto Rico, Estados Unidos y Francia no tuvo profesores universitarios.

“A estas alturas yo siento muchísimo no haber ido a la universidad, siento que me hubiera ayudado mucho. Me dicen ‘tu universidad fue la calle’, pero siento que he trabajado más de lo común. El primero año que hice periodismo hice 365 entrevistas, una diaria, estaba, como dicen, ‘picada’, obsesionada.”

¿Qué significa la entrevista para usted?

“Yo solamente la puedo ver como un diálogo. Hay miles de entrevistas, usted lo sabe mejor que yo: está la entrevista para obtener una noticia, que es ponerle el micrófono en la boca al entrevistado entre muchos periodistas, pero yo no hago ese tipo de entrevistas. Yo hago la entrevista del tipo que los norteamericanos llaman profile o el perfil, es decir, cómo es la casa, cómo es la esposa, cómo es el gato, quiénes entran, quiénes salen, si hace frío o calor. Describo al personaje en su ambiente o por lo menos eso es lo que intento.”

¿Cree que su estilo de escritura puede decir más que una nota periodística?

“No sé, yo no puedo juzgar. Yo sé que escribir es mi oficio, lo hago con la mejor voluntad del mundo, pero no sé cuál sea el resultado en los lectores.”

Ahora se interrumpe a sí misma al observar mi grabadora: “Ya se le apagó, eh…”. La revisa y rectifica: no se ha apagado, pero la conversación está por terminar: “Supongo que si no me han corrido de un periódico y si no me han dicho que me vaya ya a descansar es porque algo aporto.” 

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El nuevo libro de Elena Poniatowska:El universo o nada. Biografía del estrellero Guillermo Haro (Planeta, 2013), es un amplio paseo por la ciencia y la cultura mexicanas del siglo XX. Es la historia de un hombre intransigente con la mediocridad, convencido de que la educación es el único camino para el progreso del país.

El carácter explosivo de Haro, su dedicación al estudio, su pasión por la astronomía, pero también su gusto por la lectura y la filosofía, su amistad con Hugo B. Margáin y Fernando Benítez, su admiración por el doctor Ignacio Chávez, rector de la UNAM, sus relación complicada con Luis Enrique Erro, las simpatías y diferencias con sus discípulos, todo se consigna en esta biografía exhaustiva de Poniatowska, quien fue su esposa durante veinte años.

El resultado es un libro que retrata el tiempo y los problemas que Haro tuvo que enfrentar hasta convertirse en el mayor astrónomo en la historia de México.