Un vistazo a una de las vidas más polémicas del Jazz: Ladys Swing

Violencia, violación, abandono y prisión fueron sólo algunos de los factores que influyeron en la forma de cantar de Eleanora. Quienes la escucharon y aún la hacen ven desapego a su pasado.
Eleanora, la cantante de la voz indescriptible.
Eleanora, la cantante de la voz indescriptible. (Milenio Digital)

Torreón, Coahuila

No conocí bien a Eleanora, pero sabía que la vida no había sido lo que se dice amable con ella. Su madre la tuvo cuando apenas llegaba a los 13 años, su padre tenía 15.

Como es de suponerse, siendo ellos negros en la Filadelfia de 1915, la vida de sus padres era más bien precaria.

Sadie Fagan fregaba los pisos de las ricachonas blancas y Clarence Holiday hacía lo que cualquier chico de aquel entonces: repartía periódicos, hacía recados e iba a la escuela.

Pero esos dos chicos eran pobres y cuando eres pobre creces rápido. Eleanora nació en Filadelfia y creció en un barrio de Baltimore, en Fells Point, donde su padre las abandonó a ella y a su madre para convertirse en músico. A partir de esto a Eleanora le pasó tanta cosa que apenas y hay tiempo para contar.

Era una muchachita que para los 10 años ya tenía un cuerpo bastante desarrollado: de huesos grandes, pechos generosos y una actitud desafiante que en muchas ocasiones le trajo problemas.

Primero con su prima Ida, una loca que le pegaba por lo que le viniera en gana, luego con una vecina que la acusaba de promiscua al verla jugar con los niños del barrio.

A todas las cosas que vivió, su voz es un desgarro de realidades que nunca quiso, es un encuentro con ella misma pero del otro lado del Jazz.

Razones naturalmente económicas orillaron a su madre a emigrar al norte, a Nueva York, donde la paga era mejor, dejándola con su abuela y bajo el cuidado de su prima Ida, la loca que la golpeaba.

Mientras vivió con ellas Eleanora realizó diversos trabajos, entre ellos el de hacer recados para una tal Alice Dean, propietaria de un burdel que había en el barrio, lugar donde conoció la música, esa música.

El jazz, vaya cosa. El jazz sería el derrotero de Eleanora a partir de ese día, no porque haya empezado a aprender piano o a afinar su voz para cantar como Bessie Smith, pero si no hubiera conocido esos ritmos sincopados y voces que hacían garras a sus sentimientos y la aislaban en otra realidad muy lejos de esa que vivía todos tan despreocupadamente, no hubiera sido lo que es hoy, lo que fue hace ya tantos ayeres.

Por los recados que hacía no cobraba ni un centavo, tan sólo le pedía a Alice que le dejara escuchar en su victrola los viniles de Louis Armstrong y de Bessie Smith.

Pasaba horas y horas con el oído pegado en la boca de la bocina, escuchando con exaltada atención las melodías y el raspar de la aguja.

Las canciones las sentía muy fuerte, pero nunca las sentía igual al día anterior, lo mismo la ponía feliz o triste, eso dependía de muchos factores a los que nunca dio nombre. Lo único que sabía con certeza es que amaba terriblemente el jazz.

A su prima nada le gustaba que estuviera en ese “tugurio” como ella le llamaba, lo que era una razón más para golpearla como acostumbraba. Sin embargo a Eleanora poco le importaban los golpes y seguía yendo a donde Alice para escuchar sus discos.

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EL SEÑOR DICK LE ROBÓ LA NIÑEZ

Pasado un tiempo su madre regresó con 900 dólares ahorrados y que le fueron suficientes para comprar una casa realmente elegante en North Baltimore, una zona de clase alta y llevarse a su hija a vivir con ella.

Las cosas iban bien. Como la casa era grande rentaban los cuartos sobrantes a huéspedes de paso, lo que solventaba de manera suficiente sus gastos. Las cosas iban realmente bien.

Un día que Eleanora regresaba de la escuela no encontró a su madre y le preguntó al señor Dick, uno de los huéspedes, si sabía adónde había ido. Le contestó que su mamá le pidió la llevara a la casa de sabrá Dios quién y ahí la esperara.

El señor Dick tomó su mano y la guió hasta el lugar donde se suponía llegaría su madre, a sólo un par de manzanas de su casa. Cuando llegaron no estaba más que la dueña de la casa.

Pasaron muchas horas sin que llegara su madre y el sol se puso, Eleanora empezó a cabecear por el sueño y el señor Dick la subió a una habitación de la casa para que durmiera.

Apenas llegaba la duermevela cuando el señor Dick se echó sobre ella, le tomó fuerte los brazos y Eleanora lanzó fuertes berridos que rompieron el aire. La dueña de la casa llegó a trompicones pero no para asistir a la niña sometida, sino a quien la sometía.

Ahora la dueña también la sujetaba. Eleanora pataleaba y pataleaba y nada. Le taparon la boca, le subieron la faldita que llevaba puesta, le bajaron la ropa interior dejando su impoluto sexo expuesto.

El señor Dick se quitó el cinto y se bajó el pantalón sin prisa, vio despacio a la niña, de la punta de la cabeza a las agujetas de los zapatos, reflejándose en las lágrimas de estupor de Eleanora, disfrutando con la lengua sobre sus labios, sudando excitado, con los ojos bien abiertos para no perderse ni un detalle.

Apergollada, Eleanora no podía hacer nada más que ceder, ceder a la aniquilación de la infancia que le quedaba, pasar al otro lado al que el señor Dick la había obligado.

Nunca se supo cómo, pero su madre llegó a la casa donde estaba siendo violada. Llegó con un policía que rápido le quitó al señor Dick y a la dueña de la casa de encima. Eleanora se lanzó a su madre entre exclamaciones que poco se entendían.

AL CONVENTO

El juicio después de eso fue raro. Al violador le dieron sólo cinco años de cárcel y a Eleanora la mandaron a un convento, donde por primera vez cambió su nombre.

Le adjudicaron algo de culpa por lo de la violación, la trataron de provocadora y cosas así. Ya en el convento la empezaron a llamar Teresa porque tenía que “empezar de nuevo”. Vaya cosas para una niña de 10 años.

Las reglas ahí eran rígidas y se les castigaba con un vestido rojo, si alguien lo llevaba puesto las de más sabían que no debían acercarse y si podían lo mejor era siquiera voltearla a ver.

El vestido representaba el pecado y la vergüenza de quien no entendía a lo que se iba al convento, de quien se desviaba. La primera vez que Teresa usó el vestido fue durante las fiestas de pascua, cuando su mamá por primera vez la fue a visitar, naturalmente sólo pudo verla de lejos.

Teresa recaía seguido en el mal comportamiento, es decir en el comportamiento altanero y desafiante, lo que causaba revuelo con sus compañeras y exacerbaba a rabiar a las monjas del convento.

El vestido rojo no era suficiente castigo y decidieron mejor encerrarla en un cuarto enormemente pequeño y tan oscuro que sofocaba de tajo los sentidos de Teresa.

Era como si de repente no tuviera cuerpo, se veía los pies y no los veía, ponía sus manos frente a los ojos y no estaban. Su cuerpo en ese cuarto era más bien una jaula para la desesperación que se le salía hasta por los poros.

Golpeaba y golpeaba puerta en vanos intentos por salir. La golpeaba tan fuerte que logró torcerla y destrozarse las manos. A las varias semanas que regresó su madre a visitarla Teresa le advirtió que si quería seguir teniendo hija la sacara de ahí lo antes posible. Y así fue.

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CONOCE EL JAZZ

Ya fuera del convento Eleanora pudo al fin irse de Baltimore. Tomó un tren y llegó a un barrio que entonces estaba dividido. De un lado se cocinaban la literatura y las buenas costumbres, del otro lado el jazz tomaba una nueva forma.

Del lado del jazz estaban también todos los burdeles y la mala vida, precaria y con poca esperanza. Ese barrio era el Harlem, en Nueva York, al norte de Manhattan. Eleanora llegó sola y lábil después de tanta cosa (si no recuerdo mal estaba cerca de cumplir los 15).

No sabía a dónde llegar y fue a dar a un lujoso edificio de caro alquiler en la Calle 141 del Harlem. Consiguió hospedarse en un bonito departamento del edificio, cuya dueña era Florence Williams.

Eleanora no era tonta y sabía lo que estaba pasando ahí, entendía que las ropas elegantes de Florence Williams y la amabilidad con la que la acogió no eran en vano.

El edificio de Florence era uno de los burdeles más importantes de Harlem. Dejando de lado su edad, Eleanora se sabía muy atractiva, y al poco tiempo, se convirtió en una fulana de 20 dólares en polvo.

Se fue haciendo de clientes y toda la cosa. Juntó dinero de a poco y se compró cosas que siempre había querido como un largo vestido de seda y unas zapatillas de charol, se hizo de un par de lujos y de clientes que la consentían.

El trabajo en sí no le era muy grato pero en general la pasaba bien. Como ya dije era una muchacha guapa, atractiva para ambos sexos.

Una tarde que paseaba por las grises calles del Harlem una lesbiana la sedujo sin pena, como es natural a Eleanora nada le gustó el descaro y la golpeó tanto como pudo. Esto le costó cuatro meses en la prisión de Welfare Island.

LA ENCARCELAN

Ese lugar era una verdadera basura, había enormes ratas por todos lados y servían comida que no le darías ni a un animal. Era pequeñísimo y tenían apiñonadas a otras cincuenta muchachas, muchas de las cuales estaban tuberculosas o tenían sífilis.

Tomando el nombre de una actriz que ella admiraba mucho y el apellido de su padre, terminaron llamando a Eleanora, la cantante de la voz indescriptible, que cantó a sentimientos viejos con los grandes del jazz en esos años.

Había tan poca luz que se perdía la cuenta de los días y la espera se hacía larga. sentada en su diminuta celda en la que dar un paso era mucho, Eleanora esperaba a que le devolvieran el tiempo arrebatado.

En esa prisión el tiempo era más bien de andar pesado como un bicho que no tiene dirección, mientras afuera se iba a tropel y sin piedad. Cuando salió de prisión su preciado vestido ya no le entraba, es decir que ya no le iba: había bajado diez kilos a base de hambre.

Al regreso de Eleanora al Harlem llegó también la depresión económica. Vivía en un triste cuarto y dormían en un polvoriento catre. No tenía trabajo y seguía siendo joven.

Su situación era tan deplorable que la desesperación la sacó sin abrigo al frío para encontrar lo que fuera que tuviera que encontrar, trabajo o comida o conmiseración. Era pleno invierno y el aire soplaba fuerte y gélido y la noche no ayudaba mucho.

Sé que todo esto suena terriblemente trágico pero la cosa fue así. En ese entonces la 133 era conocida como “la calle del swing” y ahí fue a dar esa noche Eleanora.

DE PÉSIMA BAILARINA A GRAN CANTANTE

Pod's n' Jerry's fue el primer lugar que vio y entró preguntando desesperadamente por el patrón, parece ser que la atendió Jerry. Le preguntó qué sabía hacer y Eleanora inventó que sabía bailar, aunque en toda su vida había bailado nunca.

Jerry llamó al pianista para que tocara y Eleanora bailara. Su demostración fue tan atroz que casi la echan a patadas por hacerles perder su tiempo.

Condescendiente, el pianista bajó la cabeza, apagó su cigarrillo y le preguntó a Eleanora si sabía cantar. Para ella cantar no era nada del otro mundo, recordaba sus tardes en el burdel de Alice Dean y todos los discos que recorrió la aguja de la vitrola y la sincopada forma en la que latía su corazón con los jazz de Louis y Bessie.

Le pidió al pianista que tocara “Travelin’ all alone”, que era lo más cercano a su estado de ánimo. Cantó. En algún momento debió haber calado hondo porque para cuando terminó todo mundo estaba callado y cuando digo todo mundo lo digo de manera literal.

De haber pasado una mosca el aletear de sus alas habría sonado como una estela de golpes. Ahí estaba yo, sólo, al fondo de una mesa y nunca había escuchado nada igual.

En ese momento quería compararla tal vez con Ma Rainey o Bessie Smith pero no había manera de compararla. Todos, incluyendome, lanzaron monedas y billetes a esa cantante que llegó de la nada y calló a todo el mundo.

Era la época del Cotton Club y en lugares como esos prescindían del talento de Eleanora y la hacían trabajar como las otras chicas que también cantaban.

Al final de cada acto tenían que recoger las propinas de las mesas con los pechos, lo que a Eleanora siempre se le di- ficultó. Sin embargo decidió dejarse de eso y pasaba por las mesas y tomaba su propina con la mano, con una dignidad admirable.

Por eso las otras chicas del bar la empezaron a llamar Lady: “Mírala, se cree una Lady”, bisbiseaban entre ellas.

Fue así como la gente empezó a llamarla Lady Day y después de haber recorrido el ancho de los bares del Harlem y la mayoría de los teatros más importantes de aquella época en el Harlem, en Baltimore, en Filadelfia y en el mundo.

Tomando el nombre de una actriz que ella admiraba mucho y el apellido de su padre, terminaron llamando a Eleanora, la cantante de la voz indescriptible, que cantó a sentimientos viejos con los grandes del jazz en esos años, terminaron llamando a esa fulana de 20 dólares el polvo, Billie Holiday.