El espectador ideal y despedida

La puerta estrecha.
La puerta estrecha.
(Especial)

Ciudad de México

Usted está solo. Camina. Recuerda vagamente —así como llegan los pensamientos, los recuerdos: inesperados, espontáneos; son como breves ataques de pánico— cuando Umberto Eco contó que a unos días de haber enviado el manuscrito de El nombre de la Rosa a su editor, éste lo llamó, emocionado, para comentarle que su texto era, sin duda, fascinante, y que podía convertirse hasta en un best seller, pero era una lástima que sus primeras 100 páginas fueran tan difíciles, y que la novela quedaría bien si Eco las reducía a 50, a lo que el autor contestó que eso era imposible, que necesitaba esas páginas para construir a su “lector modelo”.

Está en el teatro. Es ahora un espectador. No es el día del estreno. La obra termina. Tal vez saldrá de ahí con una sonrisa recordando algunas anécdotas del proceso escritural, o enojado por lo que han hecho con su texto. Sí, usted es el autor. Quizá recuerde las últimas líneas que escribió, lo difícil que fue llegar a ese final y las veces que lo modificó. Usted, enojado o en cualquier estado de ánimo, se dispone a salir del teatro.

Sortea a la gente que también abandona la sala —poco público; suficiente—, se ha tropezado con un escalón y por poco cae. Se tranquiliza. Comienza a sentir el frío. Ahí, afuera, una mujer parece esperarlo. Lo mira. No, no mira a nadie más. Se acerca. Lo llama por su nombre, como preguntando, dudando. ¡Una espectadora que reconoce al autor! Vamos, esto podría ser algo inaudito en el medio mexicano. Está usted dispuesto a responder cualquier pregunta de la estudianta —quizá fue su compañera en la secundaria y quiere saludarlo, solo eso—. Antes de confirmarle que usted es quien ella piensa, en un fragmento de segundo, con la rapidez y avidez con que las dudas llegan a nuestra cabeza, piensa: “Ella podría ser, ¡claro!, esa espectadora que uno tanto busca: participativa, sensible”.

Usted ha recibido una cachetada. Quizás ella ya no sea una espectadora ideal, quizás ahora es un espectador cómplice. Durante los movimientos que su mano realiza para tocar su mejilla, se abstrae de nuevo y recuerda cuando escribía la obra: el espectador ideal, su espectador modelo es aquel personaje que no es usted ni los que están en escena, el que usted imaginó durante la escritura: ese que imagina muriendo de risa, llorando o asqueado, y al que uno intenta adivinar el pensamiento cuando sale del teatro. Eso es el teatro en todas sus áreas de creación: una exuberante vida de encuentros.

El teatro es una de las maneras más bellas de recrear la vida, de pensarla.

Queridos lectores: hoy, después de ocho años y medio, esta colaboradora de Laberinto se despide. La puerta, que inició en mayo de 2006, surgió con un objetivo simple: invitarlos a vivir el teatro.

Agradezco todo el apoyo a José Luis Martínez S., director de este suplemento, y a mis compañeros editores: Martín Rodríguez, Iliana Aguilar, Erick Baena, José Pablo Salas, Iván Ríos Gascón y Salvador Vázquez Mejía. A todos ellos, siempre los primeros lectores de mis columnas, y a usted, por acompañarme: muchas gracias.

Las obras terminan y el telón debe correrse para iniciar una nueva función.

La puerta estrecha, ahora sí, se ha cerrado. Hasta pronto.