[Semáforo] La ingenuidad del científico

Muchas cosas tienen sentido solamente si no se les somete a prueba. La actitud científica también puede comportarse como una ingenuidad.
Carl Sagan (1934-1996)
Carl Sagan (1934-1996) (Especial)

Ciudad de México

Sabemos que nuestro conocimiento es falible. La actitud científica buscaría reparar las ignorancias y las inconsistencias con más datos y mayor certeza, porque cree que el saber objetivo curará a la humanidad de sus males, ignorancias y supersticiones. Y en gran medida, tiene toda la razón, pero ahí se agazapa el demonio de la ingenuidad culpable.

En El mundo y sus demonios (1995), Carl Sagan escribió: “los científicos están investigando hoy regímenes en los que pueda fallar la relatividad general. Por ejemplo, la relatividad general predice un fenómeno asombroso llamado ondas gravitacionales. Nunca se han detectado directamente. Pero, si no existen, hay algo fundamentalmente erróneo en la relatividad general...”. Muchos físicos intentaron verificar la hipótesis de Einstein; esto es: demostrar su verdad, o su falsedad y, para ello, “no solo estaban dispuestos a desafiar la relatividad general, sino que se les animó a hacerlo con entusiasmo. De modos diversos, otros muchos físicos ponen a prueba la relatividad general... Confían en forzar la teoría hasta el punto de ruptura y descubrir si existe un régimen de la naturaleza en el que empiece a no ser sólido el gran avance de comprensión de Einstein... Esta es una de las razones por las que las religiones organizadas no me inspiran confianza. ¿Qué líderes de las religiones principales reconocen que sus creencias podrían ser incompletas o erróneas y establecen institutos para desvelar posibles deficiencias doctrinales? Más allá de la prueba de la vida cotidiana, ¿quién comprueba sistemáticamente las circunstancias en que las enseñanzas religiosas tradicionales pueden no ser ya aplicables?”.

Con todo lo que admiro a Carl Sagan, aquí hallo una ingenuidad culpable. James Randi, el mago escéptico, decía que no hay nadie más fácil de engañar que un científico o un experto. Para no entrar en asuntos de religión, que ni caso tiene, recuerdo una historia encajada en El Quijote. Cervantes la llamó “Novela del curioso impertinente”: un hombre que ama a su mujer y cree que ella es fiel, pero decide comprobarlo, porque saberlo de cierto supondría su felicidad total. Convence a un amigo de que la corteje mientras él se ausenta y los espía. Y termina por suceder lo peor: ella cede a la seducción, él enloquece y se vuelve un ser salvaje.

Muchas cosas fundamentales para la persona, sobre las cuales uno asume el valor del mundo y de la vida, solo tienen sentido bajo una incertidumbre; pero además, responden a una matriz lógica muy simple: la comprobación destruye lo que verifica. El caso de la fidelidad es burdo y claro: imposible de verificar afirmativamente; solo es posible la comprobación negativa. Lo mismo sucede con la honestidad, con la confianza, con el amor. Muchas cosas tienen sentido solamente si no se les somete a prueba. La actitud científica también puede comportarse como una ingenuidad. Y esto sin considerar siquiera las ocasiones en que el conocimiento objetivo ha sido erróneo o, peor, utilizado como criterio de valor.