La longitud de la mentira

Ambos mundos.
Gamboa
Javier Cercas (Javier Cercas )

Ciudad de México

Acabo de leer El impostor, de Javier Cercas, sobre ese pintoresco español que realizó una de las más laboriosas tareas imaginables: la de inventar una mentira monumental y sostenerla durante décadas, debatirla en foros y estrados y, como si fuera poco, medrar con ella parte de su vida hasta hacer una verdadera suplantación de la realidad, siendo para él un trabajo de tiempo completo, ejercido con las armas con que suele contar este tipo de personas: una extraordinaria labia, un carisma potente, una capacidad tan desmedida y sobrehumana para engañar, seducir, capturar y manipular a los demás, algo que solo puede ser posible en personas extremadamente vanidosas y egocéntricas, pero en quienes la vanidad y el egocentrismo están, por supuesto, ocultos bajo una máscara de bondad o altruismo o búsqueda de la dignidad, como en el caso de Enric Marco, el personaje de Cercas.

Las reflexiones de Cercas sobre Marco, que convenció a todo el mundo de ser un sobreviviente del Holocausto, lo llevan a concluir que “las grandes mentiras se amasan con pequeñas verdades”, y todo el tiempo Cercas se pregunta, al igual que el lector, si el propósito de su libro es clavarle la última banderilla e incluso arrancar y ofrecer su oreja al público, o si más bien se trata de salvarlo definiéndolo como un hombre del montón, una metáfora de la España de la postguerra en la que la gran mayoría de españoles, y ya no digamos los que perdieron y tuvieron que quedarse, debió reconstruir casi desde cero la narrativa de su vida.

La relación de la mentira y la suplantación con la literatura ha sido ya muy teorizada, pero lo que sigue siendo fascinante es ese mecanismo que lleva a la gente a decir mentiras ya no en la página o pantalla sino en su propia vida. Recuerdo que yo mismo, por ser un niño de clase media en un colegio privado en el que todos eran ricos, decidí nivelarme inventando que mis papás eran los dueños de un restaurante muy elegante, y asimismo, durante toda mi adolescencia mentí sobre mi edad para hacerme más grande, hasta que fui desenmascarado por mi hermano, que no le veía a la cosa ninguna gravedad pero yo casi salto a las ruedas de un bus que pasaba. Fue uno de los peores momentos de mi vida.

También, a lo largo de la vida, he sido amigo de grandes mentirosos que, como Marco, no le hacían daño a nadie con sus mentiras, pero que tampoco eran inocentes, pues les servían para trepar en sus trabajos o, en el caso de un colega, para vender más libros y construirse una biografía de héroe latinoamericano a la medida de los estereotipos europeos. La mentira ha salvado a muchos y a otros nos ha dado un clavo de dónde agarrarnos, pero da vértigo ver cómo Enric Marco, cuya mentira es como el Rolls Royce de las mentiras, logró mantenerse tanto y llegar tan alto, y sobre todo produce horror su caída, cuando incurre en la hybris o desmesura que, según Aristóteles, llega cuando el héroe se siente que vuela confiado sobre todos los demás.