El corral

Tres hombres que fumaban en un vasito de Yakult a unos pasos de ahí me miraron con desprecio. Se acercaron. Sin detenerme seguí caminando con aquel bulto.
Los perros, las ratas, los hombres con cualidad de topos, husmean, alertas ante cualquier movimiento que proviene desde arriba.
Los perros, las ratas, los hombres con cualidad de topos, husmean, alertas ante cualquier movimiento que proviene desde arriba. (Luis M. Morales)

Ciudad de México

Pateo una botella rota, la veo caer por la barranca. Ahora pertenece a la basura que inunda el desfiladero. Servirá como un pedazo más del mapa de la mugre. Los perros, las ratas, los hombres con cualidad de topos, husmean, alertas ante cualquier movimiento que proviene desde arriba. Respiro, el aire apesta, está caliente, húmedo, desolado. Alzó los ojos, allá probablemente están las luces del Periférico, duelen, se incrustan en la obscuridad sucia del abismo. La lluvia parece incendiarse. Pesa, se veía tan flaco cuando lo levanté, ¿ahora qué hago?, es la consecuencia de actuar impulsivamente.

Un callejón estrecho me llevará a no sé dónde. Observo los techos de lámina, tienen hoyos, algunas balas pasaron por ahí. Las improvisadas casas no tienen puerta, también las que están hechas de remaches de madera y tabicón tienen como puerta una cortina de tela o plástico con motivos coloridos. El Cristo pintado en una de las paredes de las casas es una estampa horrenda de una fe torcida, cada fiel es un clavo más para esa corona de mentiras. Me arde la espalda, no pasa ningún taxi perdido, algunos están fumando piedra en las esquinas, los niños juegan a disparar, se persiguen riendo, serán los que dispararán más tarde en algún parabrisas o la frente de alguien. Sufrimos porque apreciamos la vida, desde el primer momento aquí: sufrimos. Me detengo, lo pongo en el piso por un momento, algunos niños me rodean curiosos.

—¿Cómo se llama?

—No tiene nombre.

—Ponle… ya sé, ya sé, ponle: Chueco.

—¿Por qué?

—Míralo, está bien pinche chueco.

—Ponle “Diablo Chueco”, está colorado y re-chueco.

Los niños envejecieron entre muros con humedad. Se atascaron de pulgas en el alma, sueñan que matan. Aquí ya no existe honor, ni sacrificio por amor a los dioses, aquí la vida se arrebata por cualquier billete. Veinte o 500 pesos, da igual. No existen los manantiales, pozos ni barrancas de agua cristalina de la época en que los mexicas llegaron aquí derrotados de aquel Chapultepec tolteca, los vencieron pueblos cercanos hartos de su tiranía, se agruparon para atacarlos, no se sabe con certeza cuántos ataques sufrieron. Primero los xaltocamecas, derrotados huyeron hasta el lago, en un páramo, colhuas llegaron a ese sitio ofreciéndoles apoyo, los engañaron, capturaron a su tlatoani, después lo sacrificaron. Chalcas, xochimilcas, tepanecas y azcapotzalcas también participaron en aquella batalla en la que fueron derrotados. Se establecieron en Tacubaya. Los mexicas no escucharon a Huitzilopochtli, les advirtió que no sería sitio para ellos. Nada queda de ese cerro de agua que ahora es un castillo. El mal es un problema de libertad. Veo a los niños, están mirándome de forma agresiva, curiosa, en los rostros endurecidos habita la rabia. El mundo del hombre periférico, puñado de miserables borrados del mapa civilizado y limpio; el hombre que puede pagarse un trago en Distrito Capital es un enemigo ajeno.

—Regálamelo.

—Nel.

—Dámelo.

—¿Para qué lo quieres?

—Para matarlo.

—¿Por qué chingados lo quieres matar?

—Porque está bien pinche chueco.

—¿Y qué?

—¿Para qué lo quieres tú?

—Qué chingaos te importa, pinche mocoso, ábrete.

Lo levanté del piso. Tres hombres que fumaban en un vasito de Yakult a unos pasos de ahí, me miraron con desprecio. Se acercaron. Sin detenerme seguí caminando con aquel bulto en el lomo. Me cerraron el paso encañonándome con una escuadra pequeña en el estómago. Traté de hablar, todo se detuvo, es el momento en que piensas que la vida podría tener sentido porque estás a punto de perderla. Me detuve dejando en el piso mi carga. No sé por qué lo levanté. Maldita mi suerte, malditos los sentimientos que me hacen distinto de un criminal.

—¿Para qué lo quieres?

—Te vale pito.

Palabras que no reconozco, suenan fuerte, desconozco mi voz, mi lenguaje, es como si no fuera yo. Otro de ellos me empuja con fuerza, en lugar de hacerme hacia atrás doy un paso adelante, endurezco el rostro, sacó un encendedor.

—Véndeme un puntito, no seas culero.

El hombre que antes me amenazaba saca un envoltorio coronado por una liga sucia a punto de romperse, mueve los dedos exigiendo el dinero. Ese hombre de ojos vacíos que ahora soy, saca del bolsillo 50 pesos. No soy yo, es otro el que saca el billete, es otro el que compra un pedacito de vida. El otro sonríe satisfecho,  arranca el billete de mis dedos, la mirada escupe odio. Por primera vez reparo que los objetos de uso común son un pase a la mierda. El bote tiene un pequeño agujero. La tapa está medio quemada. Enciende un cigarro, fuma, después deposita la ceniza ardiendo, ahí pone menos de un punto, jalo desde el diminuto agujero al fondo del vasito. Una vez más pongo mi carga en la espalda.

—¿Para qué vergas lo quieres?

—No sé. Se lo estaba comiendo una rata, me dio tristeza.

—No mames, estás bien pinche pirata.

—Me lo voy a comer, tengo hambre.

Nadie me detuvo, el sudor se expande como balas en todo mi cuerpo, siento el helado rubor falso de la puta muerte atravesando mi cabeza . Quisiera gritar, ¿por qué les contesté así?, idiota. El pacifista es hombre muerto, tiene intereses individuales, anhela la seguridad en todos los aspectos. Su único interés está en la seguridad de una vida apacible, ideal, cómoda; usa a los otros para conseguir placer y certezas. Todo tiempo es una idea, el hombre necesita alejarse de su tiempo para entender el presente. Existir es una vulgaridad. La paz es la negación de la naturaleza humana. Pasa frente a mi, destartalado, con un cobrador que no pasa de los 20 años con aspecto de chavo banda, lleva una playera negra, las botas desgastadas, pásele, atrás hay lugar, Tacubaya, pásele hay lugar, pásele, no se detiene, sigue de largo. Camino en callejones que no conozco, la cámara ya no me importa, me la quitaron cuando estaba tomando fotos en la barranca, después de eso me senté en el filo para observar lo que me rodeaba, lo escuché, chillaba, me costó trabajo encontrarlo entre todo ese reino de mierda, me dejé guiar por el sonido, bajé con miedo, con asco, cuando llegué al sitio del que salían los chillidos quité la basura que estaba encima, cajas de cartón, papeles, envases, una mesa partida por la mitad, objetos rotos, con aquella mesa como escudo me acerqué lo suficiente, ahí estaba, las ratas estaban mordiéndolo. Alguien lo aventó, no pudo caer solo, tenía las patas traseras rotas y amarradas. Su cara estaba despellejada. No llegó ahí solo. La mesa me sirvió como arma, golpeé una y otra vez para hacer ruido, brincaron por todos lados, furiosas o asustadas, ¿cómo saberlo?, lo cargué, tardé mucho en salir, los pies se hundían constantemente en basura movediza.

Cuando llegué arriba, la vista me pareció hermosa, cargándolo en mi espalda vimos las luces, sé que las vimos porque me devolvió una mirada de agradecimiento. Una patada, la botella rodó. Pensando en la botella, sigo caminando durante largo rato, por fin puedo subir a un camión que acepta llevarme con la condición de limpiar si ensucio. No sé dónde estoy, solo veo callejones, personas de rostros endurecidos. Personas derrotadas igual que yo. Todos queremos salir de El Queso, La Cascada, Cove, Capulín, El ruedo, Puerta Grande, Cristo Rey, La Araña, Jalalpa, Unidad Plateros, Cuevitas, Pólvora.

El Corral, no entendí el nombre, de aquí podrías no salir. Fueron tan amables, después me arrebataron la cámara, pinche pendejo, ¡querías tu crónica sobre los mexicas modernos!, ¿de qué te sirve ser historiador?, no entendiste lo que significaba El Corral, no aprendiste nada del pasado, te engañaron.

Observo, recargados en los cristales sebosos, los rostros parecen muertos, solo duermen mientras llegamos a Tacubaya. Gestan ilusiones podridas que los animan día con día. Los suicidas una noche besan la bala que les aguarda acechando desde la tierna soledad. Los suicidas son más hermosos que todos esos repugnantes seres que aman la vida. Las personas que piensan, no son felices, no pueden serlo. Sufrir por la muerte de seres humanos es reduccionista, reducir el mundo a los seres humanos es tan inútil. Seguro me dejaron ir los fumadores de mierda porque pensaron que estaba loco, ¿quién lleva en la espalda un perro sarnoso que encontró medio muerto con las patas mordidas en una barranca?, ya es de noche. Nunca antes lo pensé: la muerte siempre ha estado a la misma distancia de todos nosotros, esperando.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)