De amor y delincuencia

Semáforo.
Pintura de Carl Nebel
Pintura de Carl Nebel (Especial)

Ciudad de México

Por culpa de Viviana Cohen y Arturo Sandoval Portillo volví a leer El Zarco. Me sorprendió que me gustara tanto, y mucho más que en preparatoria; de joven hallé ridículas las escenas amorosas: “el bandido la estrechó entre sus brazos y la devoró a besos, conmovido ante esta explosión de amor, tan apasionada, tan loca, tan sincera, que estaba tan cerca del frenesí y le entregaba enteramente a aquella joven tan bella, tan codiciada, tan soñada en sus horas de pasión y de deseos”. Ahora me resultan curiosas: pobres escritores que tuvieron que lidiar con una decencia sin cuerpos, sin sexo. De Manuela, la enamorada del Zarco, conocemos las cejas, el cuello, los ojos y la boca, pero ni palabra de su cintura, cadera o piernas: ni mencionarlas... Sucede con toda la literatura de lengua española del siglo XIX y hasta un poco más acá: las historias amorosas son el tedio y la cursilería. (Hasta que un discípulo de Altamirano, Manuel Gutiérrez Nájera, tuviera la genialidad de describir a “la duquesa Job” y su cuerpo “tan v’lan, tan pschutt”).

Pero me sorprendió y me asustó leer el trato que da Altamirano a la delincuencia y el bandidaje: “Los bandidos de la tierra caliente eran sobre todo crueles. Por horrenda e innecesaria que fuera una crueldad, la cometían por instinto, por brutalidad, por el solo deseo de aumentar el terror entre las gentes y divertirse (...) Contaban siempre con muchos cómplices y emisarios dentro de las poblaciones y de las haciendas, y que las pobres autoridades, acobardadas por falta de elementos de defensa, se veían obligadas, cuando llegaba la ocasión, a entrar en transacciones con ellos, contentándose con ocultarse o con huir para salvar la vida (...) Recorrían impunemente toda la comarca, viviendo sobre el país, imponiendo fuertes contribuciones a las haciendas, y a los pueblos, estableciendo por su cuenta peajes en los caminos y poniendo en práctica, todos los días, el plagio, es decir, el secuestro de personas, a quienes no soltaban sino mediante un fuerte rescate”.

Lo mismo sucede con otras dos grandes novelas del siglo XIX, Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, y Astucia de Luis G. Inclán. Todo puede haber cambiado: la idea de persona, la moralidad, muchísimas dinámicas sociales, desde luego el amor, que parece no ya de otra época sino casi de otra especie. Todo, excepto que el crimen, la injusticia, el Estado y sus funcionarios siguen siendo entidades estorbosas que, según conveniencia, combaten al bandido y generan la delincuencia. Ya sea la banda de “los plateados” (Altamirano), los guaruras del Presidente (Payno) o los charros contrabandistas (Inclán), el esquema sigue siendo el mismo de nosotros, rodeados de cárteles, autodefensas, bandas —y el Estado.

¿Por qué el amor de siglos pasados nos queda tan lejos y la injusticia tan cerca? Desde luego, no tengo sino intuiciones, no respuestas. Nuestra percepción del cuerpo ha cambiado históricamente, ha evolucionado. Pero el poder sigue siendo bestial y corruptor. Y no: por supuesto que no se trata de un problema del ser de los mexicanos: ya con Santa Anna, ya con el liberal Juárez, ya con cualquier otro estado del México independiente, se trata de una estructura del poder y un orden jurídico inverosímil.