Los vampiros si existen

La película pasa al terror cuando Marta entra a su cuarto y descubre, entre velos y telarañas, que María Teresa se ha convertido en fantasma.
Vale el esfuerzo conseguir la película.
Vale el esfuerzo conseguir la película. (Especial)

Hay dos razones importantes por las cuales hablar de esta película: la primera es que el tema de los vampiros demuestra una vez más que se lleva de pellizco y nalgada con los libros, pues son una condición sine qua non —entre más antiguos, más verosímiles, sobre todo si una fuerza sobrenatural los impulsa a salir del atiborrado librero— para adquirir el conocimiento de cómo nacen estos seres horripilantes y, al mismo tiempo, fascinantes, y también de cómo acabar con ellos.

La segunda es que se trata de la primera película de vampiros que vi cuando era niño. Sentí el placer del miedo gracias a ella, escondido entre cobijas pero atento a las imágenes en blanco y negro que muestran la escenografía de Gunther Gerszo, con árboles retorcidos, caminos sinuosos, un patio espectral cubierto de telarañas espesas que hacen pensar que en cualquier momento va a salir una araña gigante, pasadizos secretos que se activan haciendo girar la cruz de una lápida y una niebla que remite al inconsciente, a la pesadilla, acompañada por la música de Gustavo Carrión, que pone los pelos de punta.

El guión de Ramón Obón, un genio de la dramaturgia cinematográfica mexicana, es de una truculencia plausible: el tío Emilio, uno de los dueños de la Hacienda de los Sicomoros, que se ha deteriorado con el paso del tiempo, manda llamar a un médico para que determine si María Teresa, su hermana, se volvió loca, pues cree en vampiros que la persiguen. También llama a su sobrina Marta para que los ayude a decidir qué hacer con el futuro de la hacienda, pues el conde Duval quiere comprarla para extender sus maléficos designios, los cuales han sido originados en Hungría.

El suspenso está elaborado, pues el día de la llegada del doctor y de Marta, la tía María Teresa muere; pero, antes de su entierro, el ama de llaves pide permiso a Emilio para quedarse con el escapulario que trae la muerta. Emilio asiente, abren el ataúd, el ama saca el objeto y el entierro procede. La secuencia funciona muy bien, pues conocemos a la muerta y vemos que el ama saca del escapulario un mensaje que luego muestra al enterrador, y ambos quedan perplejos. La película pasa al terror cuando Marta entra a su cuarto y descubre, entre velos y telarañas, que María Teresa se ha convertido en fantasma.

La dirección de Fernando Méndez peca de ingenua, aunque eso no le resta emoción y divertimiento, pues maneja la premisa de que los vampiros sí existen porque está sustentada en libros antiguos. Vale el esfuerzo conseguir la película.

El vampiro (México, 1957), dirigida por Fernando Méndez, con Abel Salazar y Ariadne Welter.