El Quijote, verdugo de cineastas

Méliés, Griffith y Welles, además de directores ingleses, rusos y españoles han perdido la batalla al intentar filmar al inmortal personaje cervantino.
El Quijote
El Quijote (Terry Gilliam)

Ciudad de México

Don Quijote de la Mancha, obra maestra de las quimeras, cumple poco más de un siglo empuñando su adarga antigua para frustrar la carrera de cuanto cineasta quiere encuadrarlo.

La tentación de adaptar a la realidad del cine la ilusión justiciera del hidalgo ha sido necia y constante, pero El Caballero de la triste figura ha ganado todas las batallas, libradas desde el mismo parto del séptimo arte hasta la actualidad, cuando uno de los faunos del cine contemporáneo de plano asumió su jodidez intelectual ante la imposibilidad de convertir a Alonso Quijano en una leyenda más de su mitología. “¡Jodidos! ¡Jodidos! ¡Estamos jodidos!”, exclamó en 2000 un desventurado Terry Gilliam ante el desastre millonario de su quimera, similar a la que también sorbió los sesos a Orson Welles. “Mi próxima cinta la haré cuando termine El Quijote o cuando El Quijote termine conmigo”, auguró entonces el ex Monty Python, quien este 2014 anunció, sin sorprendernos, que por séptima vez en casi 25 años buscaría llevar al enjuto caballero andante al “oscuro reino de las palomitas”.

 

EN UN LUGAR DE LA MANCHA...

En 1898, la hoy legendaria productora francesa Gaumont hizo la primera incursión de la cámara en la intimidad del Quijote, con una breve escena más destinada a las ferias que a interpretar en el nuevo lenguaje de los fotogramas la complejidad de la saga de Cervantes.

Cinco años más tarde, los estudios también franceses Pathé financiaron seis minutos de imágenes mudas en los que Ferdinand Zecca y Lucien Nonguet resumieron las Aventures de Don Quichotte de La Manche, para asombro de un público al cual la ficción en el cine era aún ciencia ficción.

La novela de Cervantes ha enajenado desde entonces la cordura de docenas de realizadores, entre los cuales pueden contarse grandes nombres, como el mago Georges Méliés, quien en 1909 filmó un corto; David Wark Griffith se dedicó en 1915 a supervisar al director Edgard Dillon en la primera versión del clásico en el cine estadunidense; Georg Wilhem Pabst en 1933 se imaginó al hidalgo y a su fiel escudero Panza en un musical de 73 minutos que rodó en campos de Francia e Inglaterra; Sydney Lumet revivió en 1952 a Boris Karloff para que, en su zombi locura, persiguiera a la siempre princesa Grace Kelly, metida en la pelea por el reino del Toboso, en un programa que la CBS produjo para la televisión.

En 1957, el ucraniano Gregory Kozintsev filmó en 100 coloridos minutos el que se considera el mejor intento, Don Kikhot, y contó para el estelar con Nicolai Tcherkassov, el Alexander Nevski (1938) e Iván el Terrible (1944) en las películas de Sergei Eisenstein.

La cinta de Kozintsev, ambientada en territorio soviético por el escultor Alberto Sánchez, exiliado en la URSS por el franquismo, pretendía mostrar a un Quijote más profeta que loco, más predicador de frugal metabolismo que caballero andante en campos de Castilla.

También el cine en español fantaseó. Manuel Gutiérrez Aragón tuvo tres intentos. El realizador de La mitad del cielo produjo en 1991 una serie de cinco capítulos para televisión y en ella Fernando Rey, el libertino favorito de Buñuel, interpretó al Quijote, y Alfredo Landa a Panza. Según la crítica española, esta es la mejor adaptación de la primera parte de la obra de Cervantes, pero en la segunda Gutiérrez Aragón también fracasó. Una década después el cineasta se embarcó en la película El caballero Don Quijote, con Juan Luis Galiardo y Carlos Iglesias en los dos papeles principales de la saga.

México, país surrealista a capricho, hizo también su popular aportación: caricaturizó a un personaje de caricatura y, en una suerte de metalocura esquizofrénica, el cómico Cantinflas lo mismo interpretó en sendas películas a un simulacro del Quijote —un increíble abogado altruista—, y a Sancho. Ninguno de los papeles le quedó. La primera cinta la filmó el cómico en 1969 con Miguel M. Delgado y se llamó Un Quijote sin mancha; la segunda, realizada en 1972 por Roberto Gavaldón, tuvo a bien llamarse Don Quijote cabalga de nuevo.

 

CITIZEN WELLES

Dos intentos fueron fracasos estruendosos, ambos con cineastas angloparlantes: el de Orson Welles y el de Terry Gilliam, nacido en Estados Unidos pero de humor inglés. Desde 1957 el enfant terrible de Hollywood se dio en vano a la tarea de llevar el clásico de Cervantes a la pantalla, pero 25 años después murió en el intento y solo dejó un conjunto de fragmentos que en 1992 el español Jesús Franco, que había trabajado como ayudante del Citizen Welles en Campanadas de medianoche, medio editó para presentar una versión sin pena ni gloria en la Exposición Universal de Sevilla.

“Tengo la certeza de que Cervantes quiso escribir una historia corta y sus personajes tomaron vida y tiraron de él. Eso es lo que me pasó con El Quijote. Lo que me preocupa, para terminar la película, es que el mundo moderno los destruiría y sin embargo no logro ver a Don Quijote destruido. Ése es mi problema”, se lamentaba Welles.

El proyecto original del cineasta, que ya había filmado con éxito El Proceso kafkiano, contó con el apoyo de Frank Sinatra y un presupuesto inicial de 25 mil dólares. La cinta se rodaría en México con el exiliado español Francisco Reiguera como Quijano. Patty McCormack, personaje de Semillas del Mal, cobraría dos mil dólares por encarnar a Dulcinea y el ruso Akim Tamirof a Panza. Pero el dinero se acabó pese a que Welles hizo varios trabajos como actor y como director para poder recaudar más fondos para su Quijote.

A finales de los cincuenta, Welles envió una carta a Tamirof, donde advertía: “Hemos de terminarla a toda costa y tenemos que hacerlo con mucho cuidado. Si no, te digo muy seriamente que voy a dejar para siempre de dirigir cine”. Amén. Su proyecto abortó en medio de una horda de absurdos: su Sancho casi fue cogido por un toro y luego sufrió un grave accidente automovilístico. Su actor quijotesco, un español republicano exiliado, no pudo volver a la España franquista para la filmación. Y Welles, al final, murió.

 

EL QUIJOTE QUE MATÓ A GILLIAM

Y si de necedades se trata, ninguna como la de Gilliam. Igual que Alonso Quijano con las novelas de caballería, el ex líder de Monty Python se obnubiló con la lectura de las aventuras del hidalgo y en 1991 decidió llevar al cine El hombre que mató a Don Quijote.

Después de una década de recaudar fondos —reunió unos 32 millones de dólares—, el director de Doce Monos y Brazil llegó a Madrid para comenzar el rodaje. Su Sancho era nada menos quien hace una década fue nombrado por la revista People “el hombre más sexy del mundo”, Johnny Depp, y para Don Quijote el elegido fue el francés Jean Rochefort.

Como un mal augurio, Gilliam contrató a dos jóvenes realizadores, Keith Fulton y Louis Pepe, para el making off, y sí, contrató a sus verdugos, quienes documentaron su fracaso.

El hombre que mató a Don Quijote fue un fiasco. Aviones F-16 de la Fuerza Aérea española sabotearon el sonido de la cinta e inundaciones y tormentas destruyeron los sets. Para colmo el actor francés elegido por Gilliam para Quijote tenía problemas de próstata y una hernia que le impedían treparse al Rocinante. Al final, solo quedó como testimonio de una empresa planeada durante una década el video en el que Fulton y Pepe exhibían el desastre de su patrón. Se llamó Lost in La Mancha y se estrenó en video por ahí de 2002.

Gilliam este 2014 anticipó al diario italiano L’Stampa que no puede morir sin su Quijote y que, de la mano del canario Adrián Guerra y su productora Nostromo Pictures, va por la revancha contra los molinos de viento. Por séptima ocasión en un cuarto de siglo, con guión reescrito y sin Johnny Depp ni Rochefort, el cineasta reiniciará el rodaje de El hombre que mató al Quijote el 3 de octubre próximo en España, con locaciones en Gran Canaria (Fuerteventura) y Madrid. Su presupuesto está calculado en solo 20 millones de dólares contra los 32 millones del naufragio de hace una década. La prensa europea vislumbra a John Hurt como el futuro caballero. Del próximo Panza nada se sabe, tal vez Ewan McGregor, quien ya estuvo en uno de los intentos del cineasta de Minneapolis.

Así, entre quijotes de comedia musical o con problemas de próstata, o interpretados por actores que antes encarnaron a Frankestein, a Iván el Terrible o a libertinos buñuelescos... O Dulcineas que más tarde devinieron en princesas reales y Sanchos Panza sexys..., a lo largo de poco más de un siglo decenas de genios del cine se han vuelto locos con las aventuras de un hombre de ficción cuya enajenación fue a su vez culpa de los libros.

A ellos, el poeta León Felipe les da la puntilla: “(Don Quijote) no está loco. Está en un grado de humanidad al que no ha llegado casi ningún hombre todavía”.