[Semáforo] El circo de los acontecimientos

Confianza, credibilidad y crédito se tienen que valer de dobles sospechas y verificaciones excesivas.
“Poco a poco, la comedia deriva en farsa”.
“Poco a poco, la comedia deriva en farsa”. (Javier González Áviles)

Ciudad de México

El malestar se asienta cuando la gente va perdiendo confianza en la lengua que habla. Se hiende la comunicación llana y cada mensaje requiere ser sospechado por dos vías: qué se dice y quién lo dice. El mismo aserto resulta verdadero si lo dice Séneca, pero en boca de Nerón se vuelve mentira. Confianza, credibilidad y crédito se tienen que valer de dobles sospechas y verificaciones excesivas: la horizontalidad de la conversación pública desemboca en la recíproca sospecha entre el poder y los ciudadanos

Esto es común en todas las sociedades divididas y complejas, y su funcionamiento depende de un equilibrio muy precario, que ha de ser reparado constantemente, antes de que llegue al punto de no retorno.

Poco a poco, la obscenidad circense sustituye al teatro: el público se vuelve ajeno, la comedia deriva en farsa, sátira y la sonrisa inteligente acaba en la carcajada idiota de la gleba; la tragedia deja de conmover y exhibe cada vez más crueldad, morbo. Pronto, el teatro queda vacío: todo el público migró al circo, donde la sangre, el rugido, el miedo son de verdad y no fingidos. Importa el acto y, cuanto más brutal, mejor.

A lo largo de la historia, hallamos una relación entre la viabilidad de las cosas políticas y la calidad del teatro: cuando la actuación, la máscara y la representación se asumen como analogías de la verdad; en cambio, en el circo no hay representación: solo acepta el acto y nadie querría verse a sí mismo en el lugar de quienes recorren la arena; las cosas se presentan sin secuencia simbólica: como no hay representación, tampoco se da el viaje imaginario que permite al público identificarse, habitar al otro, ser Orestes o Hamlet. Hallar la autocrítica en la comedia es el mismo procedimiento: no tiene el mismo valor reírse de uno mismo que burlarse del desgraciado que ha de sangrar en la arena. La imaginación —o "transmigración", como prefería Ortega y Gasset— que me permite ser prójimo de cualquier bípedo implume, su semejante, se va resquebrajando hasta quedar en solo añicos. Surge el espectáculo del horror: la acción pública requiere sustituir la pérdida de la conversación y las transmigraciones por el terror a la ley y a sus ministros.

A la arena del circo van los delincuentes, los esclavos levantiscos, los soldados enemigos; luego, el azar (no hay terror sin azar) sale a cazar inocentes. Cuenta E. H. Kantorowicz que algunas ciudades, en el Medievo, eran capaces de pagar una pequeña fortuna a la ciudad vecina por algún reo para ejecutarlo en la plaza pública: no podían estar mucho tiempo sin exhibir el horror y reinstalar el terror entre la gente.

Pero la lógica del circo requiere siempre más. Y es un incremento estúpido: primero un muerto, luego, cientos. El diablo se hastía pero no se sacia. Cuando el espectáculo llega a sus extremos, se infecta de nueva acedia y del odio contra el promotor y productor del gran evento: ahora queremos ver el desmembramiento del César, a manos de los esclavos y los criminales. Mala noticia: el disfrute internauta que emerge (y no soy ajeno a la risa morbosa) de la fársica fuga de El Chapo Guzmán.