Furor Piketty

Semáforo.
El autor de El Capital en el siglo XXI.
El autor de El Capital en el siglo XXI. (Especial)

Ciudad de México

¿Qué debe uno pensar cuando un economista serio y técnico, militante de izquierda, se vuelve un “rockstar intelectual”? Apenas empecé a leer Capital in the Twenty-First Century. No soy economista y me ahorro opiniones acerca de cosas que no entiendo ni he leído; solamente con un apunte: la economía se ha convertido en una disciplina de entendimiento urgente, pero tiene un serio problema de transmisión; pareciera que explicar un asunto económico se lleva todavía demasiadas palabras y tecnicismos, y ya es hora de que quienes discuten sobre economía entreguen una liturgia para laicos y no para iniciados. De que se puede, no hay duda: Gabriel Zaid es más claro que el agua; a Hirschman se le entendía todo y hasta Amartya Sen, que es bastante mal prosista, se deja comprender. El libro de Piketty tiene un montón de páginas y muchas son técnicas; no es un libro fácil. Pero tomo dos puntos: uno, el intelectual hoy; dos, un problema de fondo para las sociedades abiertas: el valor del trabajo.

El intelectual surgió por un problema relativo a la representación: las sociedades civiles modernas se volvieron excesivamente grandes para dar voz a todos; surge el intelectual y funge como habla de quienes carecen de voz. Problema contemporáneo: hoy casi nadie carece de voz pública: Twitter, blog, Facebook... Todo mundo tiene salida personalizada de voz propia y ya no a la ciudad sino al mundo entero. El intelectual resulta ocioso: opinará con autoridad, pero no da voz a nadie y parece una clase en extinción, suplida por el personaje mediático y el estrellato de los noticieros. Pero, aunque hoy sean superfluos, los intelectuales servían para ordenar las ideas: a la izquierda o derecha de tal, a favor de éste, en contra de aquél y, en fin, orientaban como un alfiler en el mapa: “Usted está aquí”. A Piketty le vienen bien las cámaras: es carismático, inteligente y, sobre todo, parece un luchador social que busca reparar la injusticia de la tremenda desigualdad. Al mundo no puede venirle mejor un héroe de izquierda moderna, actual, propositiva. Y se agradece, porque pone el dedo en la llaga más supurante. No es ni el primero, ni el único, ni el más claro, ni el mejor escritor. Es el hombre de la situación (como la novela de Payno), porque nuestras sociedades actuales han caído en una deformidad económica. Resulta que el trabajo ya no vale lo suficiente como para que alguien salga de pobre. La especulación financiera vuelve más ricos a los ricos, mientras que el trabajo hace más pobres a los pobres. Una sociedad abierta no puede mantenerse si el trabajo carece de valor. Y esto es claro desde siempre. No voy a citar a Popper sino a Tucídides, cuando recuerda el discurso fúnebre que dio Pericles tras la primera batalla contra el Imperio Persa: “Mantenemos nuestra ciudad abierta... pues amamos la belleza con economía y la sabiduría sin molicie, y usamos la riqueza más como ocasión de obrar que como jactancia. Y nadie se avergüenza de ser pobre sino que se avergüenza de no hacer algo por dejar de serlo”. Si no fuera así, jóvenes, dedíquense al narco.