Dulces bestias bajo los puentes

No solo en México está encarecida la vivienda, también del otro lado la pobreza arroja a la gente a la calle. Rumbo a San Francisco, en las autopistas, los vi: estaban al lado del camino, sin ...
Dulces bestias bajo los puentes.
Dulces bestias bajo los puentes. (Moisés Butze)

Las bestias más feroces conocen a fondo la piedad aunque casi siempre decidan actuar cruelmente. Lo comprobé en aquellos barrios bajos angelinos, esas casuchas maltrechas habitadas por los que no abrazaron el american dream, las camas sudorosas con olor rancio en las que sueñan algunos criminales piadosos de Boyle Heights. La avenida Pennsylvania (recientemente nombrada: Lucha Reyes) lucía solitaria, un mariachi que pasaba se detuvo frente a mi: “M’ija, no pase para allá, regrésese, puro cholo mariguano matón”. De forma instintiva me pegué a él, iba para la plaza del mariachi. Mientras caminábamos le expliqué que no me preocupa un cholo mariguano, me preocupa lo matón. La plática acabó en una conversación sobre rocanrol y sus muertos. Perry Richardson murió en aquel accidente aéreo con Ricardo Valenzuela  (Ritchie Valens),  Charles Hardin Holley (Buddy Holly ), Neal Cassady no, ese no iba en la avioneta, solo quería nombrarlo, porque últimamente todo me remite a su vida. Tres cantantes de rock muertos en una avioneta. Waylon cede su lugar a The Big Booper y Tommy de Los Lobos cede su lugar a Ritchie, tras perder un volado se fue en camión. Valens puede darse el lujo de decir desde el infierno (no creo que esté en el cielo, demasiado aburrido para un cantante de rock): “Me jugué la vida en un volado y perdí”. Holly quería dormir unas horas de más, alquiló la avioneta, durmió más horas de las que esperaba. Ni las grandes bolas de fuego de Jerry Lewis pudieron parar la tormenta de nieve que hizo que aquella avioneta se diera en toda su puta madre. Habían tocado juntos la noche anterior, The Winter dance party (nombre de la gira) les sopló durísimo y los estrelló. Escucho a Buddy en los audífonos mientras camino al Metro, mi amigo Óscar es fanático de Holly, si miras sus lentes puedes notarlo. “Buddy se murió en la avioneta con Ritchie, pobre Buddy, eso lo hizo inmortal”, aunque lo ha dicho incontables veces, siempre le da un tono distinto.

Me gusta Elvis, también The Big Booper. Mi amiga está en la boca del tubo, nos encontramos, caminamos. Minutos más tarde, estamos sentadas en una de las mesas de Holy Burger, un pequeño local en Doctor Velasco 86, grandiosas hamburguesas, en algunas caras asoma la tristeza, es el invierno, dos pandilleros del barrio pasan cerca de nuestra mesa, todo se mezcla, me siento tan lejos de Los Ángeles, el brazo tatuado del amable chico que hace y sirve las deliciosas hamburguesas me recuerda California, su modo de vestir también. Ella le da una mordida feroz a la hamburguesa doble con queso. “Me pusieron Tristana por una película de Buñuel”,  mientras esperamos que caiga la noche, nos detenemos el tiempo suficiente para comer, beber una soda, esperar a que caigan las cervezas heladas de algún hueco de la salvaje noche del Distrito Federal. En mi cabeza suena Chantilly Lace. Cuando estuve en San José pasé por The Jungle, el barrio de los sin techo. A solo unos kilómetros los empresarios de Sillicon Valley hacen millones de dólares mientras en The Jungle más de cinco personas comparten un poco de sopa con sus perros y gatos: integrantes valiosos de la vida en las calles, amigos absolutamente fieles, proveedores de calor en las noches heladas de invierno californiano. No solo en México está encarecida la vivienda, también del otro lado la pobreza arroja a las personas a las calles. Rumbo a San Francisco, en las autopistas: los vi, estaban ahí, al lado del camino, sin techo, se veían hambrientos, sucios, maltrechos, enloquecidos. Durmiendo en los puentes, en las estaciones de autobús, caminando por las carreteras. Recordé a Moisés, el negro de Hollywood Blvd cuando me preguntó por el precio de una habitación en mi ciudad, nunca podré olvidar su cara de asombro, deseo regresar algún día para estrechar su mano, la ayuda temporal no sirve de nada, me gustaría que Moisés tuviera una habitación para poder vivir. Mujeres y hombres y perros perdidos en la noche que me hacen llorar, creo que mi hermano tiene razón, tengo una lerda-sentimental que vive dentro, sale en los momentos en los que menos me lo espero, no es lo peor, lo peor es que muchas veces lo niego. Lloro. La mujer que va  junto a mí está mirando también, un hombre descalzo al lado de un puente que gira su enorme cabeza de un lado a otro, parece un fantasma al lado del camino, grita algo. La mujer me explica que no es que ellos no sean compasivos, que la situación es muy difícil, que no odia a las personas que viven under the bridge, que detesta no poder ayudarles. No  le creo, sus gestos faciales denotan otra cosa, quizá se siente avergonzada de aceptar que en su país existen miserables, le explico que en mi país pasa lo  mismo, ella sonríe. “¡Gracias a Dios, no quisiera que tuvieras una imagen tan triste!, no los odio. Lo que odio es la situation, California es tan hermoso”. The situation, vaya porquería, llamar situation a algo tan terrible, es estúpida, no hay nada que hacer.

Me levanto al baño, el asiento de atrás está vacío, así que me acomodo para dormir, no regresaré al lado de esa mujer, pongo la cabeza en mi mochila, guardo el pasaporte y la visa en la suela de los tenis envueltos en una bolsa de plástico, lo mismo mis dólares, hace más de dos días que no tengo una cama, hace dos días que deseo un desayuno especial de 8.95, hace más de dos semanas que dejé mi ciudad. Al negro que va delante de mí le negaron subir en los asientos frontales y llevar su equipaje al fondo del autobús, le han detenido el equipaje en el asiento junto al chofer, está borracho, no molesta a nadie, debo confesar que al principio cuando lo vi subir y discutir con el chofer le tuve miedo, el autobús iba bastante vacío. Después al hablar con la mujer aquella sentí miedo. El negro me despierta golpeando mis pies con la puerta, pide disculpas y sonríe. También le sonrío, le pido un poco de alcohol, me extiende su botella, la ginebra barata entra quemando. Estoy muy lejos de Salón Casino en mi barrio, de mis amigos: Luis y Mario, del amable gerente, de mi gente, el negro también es una especie de amigo del camino, me dice que puedo quedarme con la botella, saco unas Ritz de mi mochila, se las regalo. Un flash, el Hard Rock de Hollywood, con Elvis y los demás rockers, esas estatuas sonrientes anunciando deliciosas hamburguesas malteadas, tragos.

En ese recuerdo se mezcla otro, el local del Tom Boy, entre las calles de Magnolia y Millet, colonia Nápoles. Mi mamá trabajaba cerca del Parque Hundido, mi hermano y yo pasábamos horas jugando con la patineta en ese parque. Es tan fresco el recuerdo, los colores amarillos de esa construcción de dinner extraño blanco con amarillo, los chicos con esa boina cincuentera que daban servicio al auto y cobraban en la caja, la máquina registradora era preciosa. El pay de manzana me encantaba. ¿Quién le puso el queso a la hamburguesa?,  una oleada de recuerdos, sensaciones, “Elvis Presley” es mi padre respondiendo mientras asestaba la mordida a su hamburguesa Tom Boy. Mi padre está muerto,  también el dueño del Sal´s Dinner, desde Memphis hasta cada rincón de la Ciudad de México llegaron las hamburguesas con queso. Veo el peinado del negro, un ass duck bastante maltrecho. Le devuelvo la botella. Hambrienta, a muchas horas de probar alimento. Las personas que adoran la política me recuerdan a los guadalupanos que se arrastran a ofrendar dinero y promesas a la Virgen, personas que tienen a sus hijos muertos de cochambre, hambreados de escapar, hambreados de pensar, hambreados porque nacieron para adorar la cadena que los lastima. La marginalidad tiene muchos vértices. Cierro los ojos. Pienso en mi vida como si pensara en  la vida de una extraña. “Del siguiente disparo depende tu destino. Puedo apretar más el dedo, se me puede ir un tiro, la piel se reventará como una bolsa de plástico, ¿sabes adónde van las bolsas de plástico? Al canal, para que el agua las limpie sin dejar rastros”.

La voz de aquel tipo que me apuntó en Eje Central, era 12 de diciembre, estaba pensando en los perros que abandonan los guadalupanos, su sacrificio en antirrábicos. De la nada se cruzó, rodeó con su brazo mi cuello. Un diente fracturado desde entonces, recuerdo el dolor de inmediato, somos animales, no olvidamos el atavismo de nuestras heridas físicas. ¿Qué país es este? ¿Qué año es? Apenas puedo sentir las manos del frío, voy para el Centro, busco una ginebra, la noche es inmensa. La revolución urbana es cobarde, excluyente. El revolucionario urbano no entiende al obrero ni al campesino, porque jamás ha trabajado de forma física, mira con asco al indigente. En mi primitiva lógica: las balas expansivas destrozan a distancia. Existen muchas formas de matar a alguien, la exclusión social es tan terrible como una bala. El daño en su cabeza está hecho, los novatos rabiosos suelen errar los tiros en Boyle Heights o México, DF. ¿Sabes adónde van los muertos que nadie reclama?

*Escritora. Autora de la novela “Señorita Vodka” (Tusquets)