[Retrato sentimental] Las chicas de Borges

Trazado a partir del confesional libro que sobre él escribió su íntimo amigo Adolfo Bioy Casares, este recorrido por algunas de las siempre conflictivas relaciones de pareja del célebre escritor ...

Ciudad de México

Adolfo Bioy Casares decía que la vida sentimental de Borges era "una cadena de mujeres". Con esto no se refería a que el gran maestro argentino, que era su amigo más cercano, llevara una vida de sátiro sino al contrario, esa cadena era una sucesión, modesta, de mujeres que, o lo dejaban abandonado, o lo decepcionaban muy pronto, y con las que tenía escaso contacto físico, si alguno. En el libro Borges, que escribió Bioy a partir de las conversaciones cotidianas que tuvieron durante más de 50 años, puede leerse la dolorosa intimidad con sus dos mujeres anteriores a María Kodama, quien primero fue su alumna y terminó siendo su viuda.

En 1963, María Esther Vázquez, una periodista argentina de radio, era su objeto del deseo. Borges tenía ya 64 años y estaba perdidamente enamorado de esa mujer que entonces tenía novio y que, sin embargo, permitía los acercamientos temerosos del escritor, probablemente porque se trataba de un hombre famoso y también porque su novio, según se entiende por lo que cuenta Bioy, era un individuo nefasto. Cada vez que se enamoraba de una mujer Borges perdía la cabeza, se obsesionaba con ella, no pensaba en otra cosa y su conversación con Bioy, que era siempre inteligente y hasta deslumbrante, se convertía en el monólogo quejumbroso de un hombre que no sabía qué hacer para conquistar a una mujer.

"Vos sabés como me exalto", dice Borges a su amigo, para disculparse del delirante soliloquio que acaba de dedicarle a María Esther, y Bioy, calculando que si se le acercaba con ese delirio iba a ahuyentar a la mujer que pretendía conquistar, le dice que no se vuelva loco, "porque el amante enloquecido no atrae". Esto sucedía en noviembre de ese año y Borges, cuando no monologaba con Bioy o suspiraba en solitario por su amada, que entonces yacía en brazos de otro, trataba de buscar en sus lecturas elementos para aliviar su desazón. Un día encuentra una línea de Shakespeare que le cambia, durante unas horas, el humor brumoso que tenía: Sweet are the uses of adversity escribió Shakespeare, y al leerlo Borges pensó: "De algún modo debería aprovechar mi desventura".

Unos meses más tarde, en febrero de 1964, Borges ya tenía una especie de relación con María Esther, que alcanzaba para hacer un viaje a Mar del Plata, a Villa Silvina, con los Bioy (Adolfo, su mujer Silvina Ocampo y su hija Marta). Hay una foto de esos días de sol y playa en donde aparecen María Esther, guapa, desinhibida y muy sonriente, y Borges que está claramente fuera de su sitio, con una traje de baño y una camisa, y sobre todo un aire lunático que contrasta con el desenfado del grupo que los acompaña en la fotografía. En este punto hay que precisar que en aquella época el escritor ya estaba prácticamente ciego, y esto le hacía parecer, cuando menos en las fotografías, un hombre permanentemente distraído.

La convivencia, durante esos días, debe haber sido un poco violenta, si se toma en cuenta que Borges era un hombre más bien solitario, de sesenta y tantos años, que vivía con su madre, y que no estaba acostumbrado a la dinámica de la vida en pareja. Ya para esas alturas le había confesado a Bioy: "Siempre es cariñosa, pero piensa en voz alta, lo que es desesperante. Puede decir cosas muy incómodas con la mayor naturalidad. Después dice algo contradictorio o te besa; no creo que lo haga por lástima, o para corregir la mala impresión; meramente sigue el vaivén de sus incertidumbres". También le cuenta lo mucho que lo desconcierta la coquetería de María Esther, su ligereza que la lleva a darle la mano a cualquiera y, un rato después, a tratar a Borges como si fueran novios. Bioy le da un consejo que su amigo no aprovecha pero que, debido al deslumbrante sentido común que lo sostiene, anoto aquí para que lo aproveche quien quiera: "Si hay contradicción entre los actos y las palabras de una mujer, confía en los actos".

La tensión que vive con María Esther lleva a Borges a recordar y a preguntarse cómo pudo quererlas, a dos novias, o quizá solo amigas suyas, Estela Canto y Silvina Bullrich; "han de ser las dos personas más crapulosas del país", dice de ellas. Sin embargo, unos días más tarde, probablemente dejándose llevar por el ambiente distendido de Villa Silvina, Borges anuncia que se casa con María Esther. La distensión es tal que al día siguiente Bioy se encuentra con su amigo que, a los cuatro vientos, espera turno para vestirse en una carpa en la playa: "Borges, en el centro de la carpa, a la vista de toda la playa, con una camisa rabona (de las llamadas remeras) y sin pantalones ni calzoncillos, al aire el promontorio oscuro de testículos y pene. 'Estás en bolas', le digo, arreándolo detrás de la lona. 'Ah, caramba', comenta sin perder la ecuanimidad". 'Como no ve —comenta después Silvina— está como una careta". Cuatro días más tarde Borges y su prometida brindan con champán por la inminente boda, en casa de los Bioy, y unos días después, de manera inopinada, se anula el compromiso.

Tres años más tarde, en abril de 1967, Borges anuncia a su amigo que se casará con Elsa Astete, una antigua conocida del escritor que frecuentaba cuando todavía veía, varias décadas atrás. La madre de Borges, que era siempre un elemento muy activo en las relaciones de su hijo, le dice a Bioy: "Ya no es joven. Fue linda: ahora, ya la verás. Pero él no ve, para él sigue siendo la de antes". El 1 de agosto Borges le comunica a Bioy que se casa el próximo viernes, "pongo mi destino en manos de una desconocida". La pareja de recién casados se va siete meses a Estados Unidos en los que Borges da clases y dicta conferencias. Cuando regresan a Buenos Aires, los amigos del escritor comienzan a notar desavenencias en el matrimonio. Elsa vive muy pendiente del dinero que gana Borges y lo cela todo el tiempo, a tal grado que el escritor tiene que visitar a su madre y a sus amigos a escondidas. Un colega de Harvard cuenta a Bioy de una cena, una noche de invierno, en la que Elsa, disgustada por el poco caso que le hacían las autoridades de la universidad, se fue sola a la casa que les habían asignado. Cuando Borges llegó, más tarde, Elsa se negó a abrirle y el escritor, no sabiendo qué hacer porque nevaba mucho y estaba aterido de frío, fue a pedirle hospedaje a un profesor que vivía en el vecindario.

Elsa leía libros en voz alta para Borges y también escribía lo que él le dictaba, pero un día, de acuerdo con lo que le cuenta a Bioy, Elsa se revela y cuando el maestro le dicta una línea, ella protesta: "Eso no me gusta cómo suena. Ponelo así". Borges, al borde de la desesperación, trata de hacerle entender que él tiene más experiencia en esas cosas que ella y cuando vuelve a dictarle la línea su mujer dice: "No, no la escribo".

En otro viaje a Estados Unidos, a la Universidad de Austin, Elsa manifiesta que no entiende por qué su marido tiene que ser el centro de todas las atenciones, y en una cena muy importante se niega a bajar de su cuarto de hotel y exige que su esposo suba por ella; Borges abandona temporalmente la cena para cumplir el capricho de su mujer. Bioy cuenta y añade datos oscuros a su relato del matrimonio de Borges: "Elsa compraba zapatos, pantalones, sacos de segunda mano para su marido. 'Miren que lindos zapatos compré para Georgito. Me costaron un dólar'. '¿Un dólar? No puede ser'. 'Bueno, están un poco usados pero son regios', etcétera".

Vlady Kociancich, una amiga de Borges, trata de ayudarlo y una tarde en que Elsa había salido, intenta introducir la idea de que una de las alumnas del escritor sería mucho mejor partido para él que su conflictiva esposa. El nombre de la alumna es María Kodama y Borges se enfada mucho con Vlady por proponerle semejante idea.

A principios de 1970, Borges contempla la separación y habla con Bioy de conseguir un abogado para que lo divorcie. La situación matrimonial no ha hecho más que empeorar, el escritor le cuenta a su amigo que Elsa se niega a leerle El señor Digweed y el señor Lumb, una novela de Eden Phillpotts que tradujo la madre de Borges; los celos de Elsa llegan al extremo de odiar a su suegra por hacerse llamar "la señora de Borges", porque la única señora de Borges es ella. Cuando la separación resulta inminente, lo que más preocupa al escritor es rescatar sus libros de la casa matrimonial y durante días, con la ayuda de Bioy, practica el autorobo hormiga, y va sacando de dos en dos sus propios libros hasta que logra restituir su biblioteca en casa de su madre. A pesar de que la relación lleva tiempo sin funcionar, a Borges le preocupa quedarse sin su mujer, que también es su lectora y quién escribe casi todo lo que le dicta; le preocupa, sobre todo, terminar el libro de cuentos que estaba dictando en esa época. Un día se va solo a dar una conferencia a Junín y al final Bioy lo recoge y se lo lleva a su casa, y unos días más tarde regresa a vivir a casa de su madre.

Esto sucedió en 1970, y los años siguientes, según se entiende en el libro de Bioy, fue acercándose a María Kodama que, como solía pasar con las chicas que le gustaban al maestro, tenía novio. En 1977 Kodama lo acompaña a un viaje por Europa y de regreso le dice a Bioy: "Tenías razón: la distancia aleja de un modo parecido al del tiempo. Allá, en Europa, María casi no se acordaba de su novio".

Resulta sintomático que de todos los años que María Kodama convivió con Borges, Bioy escribe solo unas cuantas líneas, cuando de sus mujeres anteriores había escrito generosamente. En una entrada de febrero de 1984, Bioy anota una pista: "Borges ya no ve a nadie: no solamente a nosotros, tampoco a Noemí Ulla ni a Alifano. A la mañana recibe a periodistas et alii. Después almuerza y toma una siesta. Después llega María, trabajan y comen juntos, no le deja tiempo para ver a nadie. Fanny concluye: 'Qué es lo que realmente quiere: que no vea a nadie más que a ella'. Si esto fuera cierto, no sería tan raro: conozco varios amigos que pasaron por algo parecido. La propia Silvina, si pudiera, haría lo mismo conmigo".