[Multimedia] Verdades a medias

Algunos estudiosos, por ejemplo, han ubicado a Juana I de Castilla y Aragón, conocida como Juana la Loca, en el contexto de una familia agobiada con frecuencia por la enfermedad mental. 
Los restos de otras figuras históricas no han gozado de la misma suerte y son perseguidos desde hace años por una jauría de estudiosos.
Los restos de otras figuras históricas no han gozado de la misma suerte y son perseguidos desde hace años por una jauría de estudiosos. (Francisco Pradilla y Ortiz)

Ciudad de México

Alguna vez tuve frente a mis ojos una armadura de Enrique VIII. Me quedé asombrado por sus dimensiones. Cabía ahí alguien que medía más de dos metros y tenía más de un metro y medio de ancho. Alguien me explicó que el monarca inglés padecía sífilis, de manera que vivió sus últimos días envuelto en los vendajes que cubrían sus sangrantes llagas. Aunque esta hipótesis no ha sido formalmente certificada por la ciencia, nadie ha husmeado en su tumba en Windsor en busca de algún vestigio sanguíneo que permita establecer las causas de su obesidad extrema y dilucidar plenamente las causas de su fallecimiento. Lo que queda de aquel rey célebre por sus múltiples matrimonios ha gozado durante siglos de la paz y tranquilidad de los sepulcros, lejos de las miradas morbosas de cierto tipo de investigadores.

En cambio los restos de otras figuras históricas no han gozado de la misma suerte y son perseguidos desde hace años por una jauría de estudiosos empeñados en descifrar los enigmas de su existencia y sobre todo las causas de su muerte a la luz de la medicina forense actual. Con uno que otro dato histórico, girones de tela, huesos machacados y algún rastro hemático acaban armando un incierto rompecabezas de intrigas palaciegas, ambiciones desatadas y padecimientos extraños.

Algunos estudiosos, por ejemplo, han ubicado a Juana I de Castilla y Aragón, conocida como Juana la Loca, en el contexto de una familia agobiada con frecuencia por la enfermedad mental. Debaten aún ahora sobre el posible cuadro de psicosis que padecía, una probable esquizofrenia o tal vez una condición bipolar. Y todo porque a la muerte de su marido, Felipe el Hermoso, se le ocurrió recorrer su reino durante ocho meses con su restos en un ataúd. Con apenas dos meses en el trono, el monarca habría muerto súbitamente a causa de una neumonía por saciar su sed con agua helada durante un juego de pelota. Pero algunos historiadores creen que fue asesinado en una conspiración palaciega suministrándole algún veneno, que falleció quizá atacado por la peste o víctima de una congestión.

Detrás de todas las desgracias de la pareja real estaría Fernando el Católico, el padre de Juana la Loca y suegro de Felipe el Hermoso. Se habría hecho cargo de la incómoda pareja eliminando a uno y enclaustrando a la otra por su locura. Pero de quienes no se pudo librar es de los investigadores que acaban de llegar a la conclusión de que con todo y sus manos manchadas de sangre se fue al otro mundo empeñado en los orgasmos y las eyaculaciones. Fernando el Católico, dicen, podría haber muerto a causa de los devastadores efectos secundarios del viagra de su tiempo, la cantárida, que al parecer causó graves estragos en su aparato circulatorio luego de consumirla en exceso. Buscando ansiosamente un heredero se encontró con la muerte. La hipótesis tal vez solo sea eso, una mera hipótesis, pero por lo menos tiene algo de justicia poética.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa