Discutir sobre lo mismo

Pensadores como Miguel Morey llevan años advirtiendo sobre el nihilismo que entraña la visión monolítica de mercado sobre la que se ha fundado la vida en Occidente.
Miguel Morey.
Miguel Morey. (Especial)

México

Para Julián Lacalle

Una de las estrategias políticas más efectivas para imponer el propio punto de vista en una discusión consiste en evitar a toda costa abordar lo que verdaderamente se encuentra en juego. Así, la descalificación, el insulto, el infundir miedo, o incluso la incoherencia, lejos de ser los arrebatos pasionales que a menudo aparentan ser, en el fondo —lo sepa o no quien los utiliza— conforman una detallada estrategia para confinar la discusión a un terreno en el cual todos los posibles desenlaces en realidad remitan básicamente a lo mismo.

Los efectos de lo anterior son constatables en casi todos los ámbitos relevantes de la existencia contemporánea. En política, por más que de manera creciente se discuta la podredumbre de los partidos políticos, el sistema electoral, la corrupción institucionalizada, el poder de los lobbys financieros, etcétera, rara vez se discute (al menos en los medios masivos) sobre la raíz del problema, y a quien intenta hacerlo se le tacha de radical, de antisistema, de lunático, etcétera, con lo cual se anula toda posible discusión de fondo, más allá del análisis sobre cuál fue el títere en turno que obtuvo más votos en esta o aquella elección.

En economía es quizá más evidente el fenómeno: sin importar el tamaño de la crisis o del desastre humanitario en temas como alimentación, seguridad social, educación y otros, la receta es siempre la misma: aplicar de forma más implacable las políticas que condujeron en primer lugar a esa crisis. Como están aprendiendo brutalmente los griegos, no hay más remedio que el mismo que inicialmente colocó al paciente al borde de la muerte. Lo mismo para las relaciones sociales, amorosas, para el fetichismo de la tecnología: sí, es cierto, estamos muy mal, estamos solos, estamos enajenados pero, en fin, qué se le va a hacer, continuemos haciendo exactamente lo mismo que nos condujo a este malestar generalizado. Total, más vale la desgracia acompañada que el ridículo asociado a salirse de la norma.

Pensadores como Miguel Morey llevan años advirtiendo sobre el nihilismo que entraña la visión monolítica de mercado sobre la que se ha fundado la vida en Occidente durante las últimas décadas: es nihilista porque niega todo lo que no se encuentra bajo su sistema único de valores —a saber, el monetario, el de la fama, el del poder, el de la vigilancia y el control—, y con ello desemboca en la conclusión lógica de que lo demás es una gran nada, conformada por las masas de excluidos —la mayoría involuntariamente— que medio existen y medio no existen. Y es que, como bien señalan los miembros del Comité Invisible en su reciente libro titulado A nuestros amigos, “lo que está en juego en las insurrecciones contemporáneas es la cuestión de saber lo que es una forma deseable de la vida, y no la naturaleza de las instituciones que la sobrevuelan”.