Dios aprieta…

Manolita, soporte material y anímico de una familia agobiada por la guerra del día a día, condensa en este nuevo episodio la vida que otros tantos libraron en solitario, con sus triunfos y derrota.
Almudena Grandes, "Las tres bodas de Manolita", Tusquets, México, 2014, 768 pp.
Almudena Grandes, "Las tres bodas de Manolita", Tusquets, México, 2014, 768 pp. (Especial)

México

Perteneciente a una serie de seis, llamada Episodios de la guerra interminable, circula la tercera entrega, Las tres bodas de Manolita, de la madrileña Almudena Grandes (1960). Una novela gorda, como todas las de Almudena, que conjuga en su historia los infortunios y las esperanzas que miles de españoles vivieron en los años posteriores al derrocamiento de la República, hacia finales de los treinta del pasado siglo, y en (lento y extendido) periodo (dictatorial e ilegítimo) de Francisco Franco.

Manolita, soporte material y anímico de una familia agobiada por la guerra del día a día, condensa en este nuevo episodio la vida que otros tantos libraron en solitario, con sus triunfos y derrotas, y que la novelista ubica en las experiencias en torno a la cárcel. Ese prolongado y laberíntico espacio (dixit Revueltas) al que pocas familias españolas escaparon y que ante el hambre, las desapariciones y la muerte, era visto como una esperanza de vida.

(Se calcula que en esos años las desapariciones forzadas rebasaron las 100 mil y los bebés robados fueron más de 300 mil. Isabel y Pilarín, hermanas de la Manolita de Almudena, padecerán un destino similar, recluidas en un “centro escolar” en la provincia de Navarra, desde donde se distribuían a las familias privilegiadas del régimen servicios domésticos, además de utilizar a las internas como fuerza de trabajo).

En sus visitas a diferentes penales, “sucursales del infierno”, Manolita descubrirá las contradicciones de esos años convulsos y de la humanidad misma. Comunistas, anarquistas, simples comerciantes y hasta bailaoras de flamenco intervienen en esta historia —que se desata a partir de la llegada a Madrid de unas imprentas para ser utilizadas por la clandestinidad comunista— y en los duros años cuarenta, hasta llegar a los setenta. Tiempo en que los gestores del viejo régimen aún tenían influencia, perniciosa influencia, como el delator de aquellos años, el Orejas, al tiempo organizador de “grupos terroristas de pacotilla para desarticularlos cuando le viene bien”.

Dios aprieta, y además ahorca —se repite Manolita, perdedora de una guerra pronto desigual. Sin que el designio deje fuera un fuerte tejido de esperanzas personales y colectivas. Todo por la verdad y la libertad, que los personajes de Las tres bodas… harán suyas mientras siga “existiendo una isla desierta, una mujer, un amor en el que atrincherarse y resistir”.

Novela gorda, como las anteriores Inés y la alegría y El lector de Julio Verne, sí; también memoriosa, entrañable, galdosiana y actual.