El diletante principito

Cortázar no era —sostenía él mismo, siempre que podía— un escritor profesional, y no quería serlo. 
Cortazar
(Cortesía)

Ciudad de México

En la sexta clase que Cortázar impartió a los alumnos de la Universidad de Berkeley, en el otoño de 1980, abordando el elemento lúdico en su literatura, recordaba la respuesta que recibió de sus amigos más cercanos, después de darles a leer sus Historias de cronopios y de famas: “¿Pero cómo puedes perder el tiempo escribiendo estos juegos? ¡Estás jugando! ¿Por qué pierdes el tiempo haciendo esto?”

El argentino, en plena madurez escriturística, no se vendría abajo tras semejante recriminación, arguyendo para sí que ese divertimento era fruto de la propia intuición de la realidad, en él siempre desenfocada. Con todo, la lucha por defender una experiencia de lo fantástico integrado plenamente en la realidad, la asunción de lo onírico, pueril y efímero, de lo irracional como elemento medular de su literatura, fueron una constante durante toda su vida. Ya de niño tuvo que lidiar con el desengaño teleológico que significó el que un compañerito de la secundaria le devolviera con desdén la novela de Verne El secreto de Wilhelm Storitz, cuyo descubrimiento había fascinado a Julito, con el pretexto de ser demasiado fantástica.

El mundo de Cortázar era así. Carente de cualquier título académico y descreído de la crítica de saco y corbata y la ceja alzada, supo pronto que su narrativa debería justificarse por sí misma, por su enorme calidad asentada en la subversión de la realidad que le granjearía, a la postre, de su gran amigo Carlos Fuentes, el apelativo de Bolívar de la literatura latinoamericana. Incluso cuando su obra sería acusada, una vez tras otra, de evadir la lucha social de los pueblos sureños, tan desgarrados por las dictaduras y la política yanqui, Cortázar, arribado a su etapa histórica en su camino de escritor, no cedió a la tentativa panfletaria y demagoga para satisfacer a las izquierdas combativas. Para él, fervoroso seguidor y servidor de la revolución sandinista, cuyo corazón se hacía aún más niño al hablar del Che, de la Comunidad de Solentiname, de Roque Dalton masacrado, la revolución que le había tocado en suerte liderar estaba eminentemente en el terreno del lenguaje que posibilita mundos y desmitifica paradigmas y cánones.

Cortázar no era —sostenía él mismo, siempre que podía— un escritor profesional, y no quería serlo. Nobeles, sabía, había muchos, entre los cuales nunca estarían ni él ni su primer maestro, Borges. Julio Cortázar era un amateur, en todo el sentido de la palabra, un dilettante. Amaba la escritura como amaba disuadir a la Pizarnik de cortarse las venas, o tocar el saxo hasta despertar la cólera de sus vecinos famas parisinos, como amaba a Carol Dunlop, y dicen que se deprimió y no fue nunca más el mismo tras la muerte de la estadunidense. Como Gelman, tras la desaparición del hijo y de la nuera. Como Neruda, que tras el asesinato de Allende no supo más que dejarse vencer por el cáncer, aunque “creo —decía— en la posibilidad del amor”.

Creo firmemente —aunque a veces no y ¿entonces?— que si hubo en algún momento de la historia alguien que encarnara el Petit Prince imaginado por Saint–Exupéry, ese fue Cortázar, el gran cronopio. Ese, cuyo cronopio–serpiente dentro de un paquidermo circense no logró ser comprendido; ese que tomaba nota de las flores aunque fueran efímeras, no como el anciano geógrafo del sexto planeta que hacía importantes sus rosas por el tiempo que perdía con ellas; que no sabía ocuparse de cosas serias y no le preocupaba más que domesticar y ser domesticado. Ese que contemplaba axolotes en el Jardin des Plants o se acostaba debajo de las flores y se dormía envuelto en una gran paz, y hacía pensar a las flores mismas: Este Cortázar que baila cátala y baila tregua/ es como una flor.

Pablo Piceno (Wolfsburg, 1990) estudia Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana Puebla. Es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en Jalapa.