Diego Fonseca y la historia que cuenta con 'Hamsters'

El periodista y escritor argentino presentará en México su último libro, una "crónica novelada" que retrata un cambio de época en Estados Unidos.
Diego Fonseca, autor de 'Hámsters. Una casa con historias que ruedan'
Diego Fonseca, autor de 'Hámsters. Una casa con historias que ruedan' (Guacamole-FNPI)

México

A simple vista, no hay nada en común entre Abe Pollin e Ingrid Hernández. Uno nació en 1923, en Filadelfia, en el seno de una familia de inmigrantes rusos. La otra en 1978, en la pobreza de una aldea selvática en Guatemala. El negocio de la construcción volvió millonario a Pollin, quien rehabilitó el centro de Washington y fue dueño del equipo de basketball de la ciudad. Ingrid se vio obligada a abandonar a sus hijos para poder llegar hasta la capital de Estados Unidos y darles una vida mejor.

“Gente que creyó en el sueño americano en sus variadas formas. Unos que aprenden a mover sus fichas para subir; otros que aprenden a mover sus fichas para no caer más”, escribe Diego Fonseca, el cronista que eligió a Pollin y a Hernández como los personajes principales de una historia que se compone de muchas.

Sus vidas -y parte de las de otros- están narradas en Hámsters. Una casa con historias que ruedan (Libros del K.O., 2014), el libro de no-ficción que el periodista y escritor argentino presenta en México el próximo lunes. Fue hace cinco años, mientras todavía vivía en Washington, cuando Fonseca comenzó el proceso de reporteo para escribir esta "crónica novelada" -como él prefiere llamarla- que retrata un cambio de época en Estados Unidos.

Dices que “Somos hámsters moviendo las pequeñas ruedas de la historia”...

─Todo depende del tamaño del hámster y de la calidad de la rueda. Los más grandes pueden llegar a detenerla y hacerla girar para el otro lado. Quizá tienen la capacidad de cambiar la Historia. A los más pequeños les toca seguir el ritmo de la rueda y mantenerse arriba para no ser expulsados de la vida.

Como Abe Pollin e Ingrid Hernández

─El hombre fuerte y la chica débil, que a pesar de sus esfuerzos son sucedidos y excedidos por la Historia. Al final del día hay cosas que los unifican: la muerte les toca la puerta, tienen pequeñas y grandes victorias, enormes derrotas, y su propia existencia está condicionada por lo que ocurre a su alrededor.

Buena parte de lo que ocurrió alrededor de la vida de Pollin tuvo lugar en The Irene, un edificio que el millonario construyó en Washington para que lo habitaran quienes quisieran -y pudieran- vivir como huéspedes de un hotel de lujo. La lista de espera en los años 60 y 70 era de dos años. Por allí pasaron funcionarios de alto rango, miembros de casas reales y diplomáticos de países estratégicos.

Algunos pasaron también por la lupa de Fonseca, quien narra, por ejemplo, la amable convivencia entre dos vecinos que pertenecían al grupo de los hámsters grandes: Luis Herrera González, fundador del Partido Socialista de Chile y embajador de Salvador Allende ante la OEA, y Richard Helms, director de la CIA entre 1966 y 1973, y uno de los cerebros detrás del golpe de estado chileno.


La idea inicial era escribir sobre la vida en The Irene, ¿cómo se fue transformando?

─Durante tres años fue un reporteo constante pero inconsistente. Me gustaba charlar con los vecinos del edificio y la idea de que era gente que envejecía progresivamente. El punto de torsión sucedió cuando el edificio -que tenía una política comunitaria- se vendió a un fondo de inversión en Chicago y pasó a ser dirigido a miles de kilómetros de distancia. Los viejos de 80 años estaban completamente revolucionados, convocando mítines para desafiar a un grupo de Wall Street. Y ahí es donde encontré la clave: contar los últimos 50 años del cambio de propiedad en el capitalismo de Estados Unidos. Del negocio familiar -mom and pop business- al capitalismo de fondo de inversiones.

¿La metáfora del edificio puede extenderse a otros aspectos de Estados Unidos?

─The Irene fue construido en cemento y concreto para tratar de fijar cierto momento de la Historia. Estados Unidos era el país más poderoso del mundo, y sigue siendo, pero no tenía grandes desafíos más allá de la Guerra Fría. El tiempo demostró que las cosas no duran para siempre y hoy existen otros edificios modulares que también son una muestra de transitoriedad. De manera paralela, el capital de mom and pop era más local y arraigado y ahora el capital financiero se mueve con agilidad y provoca grandes cambios. Lo que termina por ocurrir es que estos grandes productores de la Historia -el capital anclado o más volátil- terminan por hacer a los pequeños hámsters objetos -y no sujetos- de la pequeña historia. A la gente en general lo que le queda es adaptarse.

Como a Ingrid, la chica guatemalteca que le contó su vida a Diego Fonseca durante varios años, mientras trabajó como limpiadora y niñera de su hijo pequeño. La historia de la inmigrante indocumentada se entremezcla con la de Pollin en esta crónica de largo formato, en la que también se asoman otros personajes como John F. Kennedy, su secretaria, Jorge Luis Borges, Michael Jordan o Barck Obama.

Narras nuevas historias para volver sobre cuestiones que has tratado en libros anteriores: el sueño americano, la migración latina en Estados Unidos. ¿Tu eliges los temas o ellos te eligen a ti?

─No lo se. Ahora vivo en Arizona y escribo otra vez sobre migración. Quizá si viviera en Seattle escribiría sobre la frontera canadiense-americana. Asumo que el contexto en el que uno se mueve condiciona la mirada, porque al final del día es la realidad que ocurre al lado tuyo. En The Irene había muchos inmigrantes trabajando y yo tenía a una en casa. Además fue uno de los grandes edificios de Washington DC y la familia era simbólicamente muy poderosa. Escribir otra historia hubiera sido irme a otro lado a escribir otra historia.

Hace unos días, una corte suspendió la medida de Obama para regularizar a 5 millones de indocumentados. ¿Estas trabas a nivel legal se reflejan en la sociedad estadunidense?

─Son la expresión de un momento de la sociedad. Estados Unidos vive un resurgimiento del neoconservadurismo militante y profundamente fanático, sin una mirada racional sobre los procesos ni las personas. Los que hoy propugnan la idea de sacar a familias enteras de migrantes son los mismos que están en una especie de cruzada contra el Medio Oriente y que plantean una guerra de fe contra ISIS. Creo que discutir política con base en la fe es el camino más normal para acabar en una batalla de fanáticos que se destruyen unos a otros.

¿Por qué hablar de temas de actualidad en un libro de periodismo narrativo, en un momento en el que la tendencia es informarse a través deTwitter?

─Creo que el periodismo de largo formato encontró en el libro un espacio necesario, fecundo, donde existir. Y tiene mucho que ver con este mundo acelerado, veloz y líquido en el que vivimos. Uno no puede vivir en la incertidumbre permanente, viendo pasar las cosas. Hay que poner un freno. Los textos de largo formato permiten comprender un elemento de la realidad lo más profundamente posible. Permiten separarse por un instante de la hiperconectividad, y generan cierta seguridad para poder avanzar.

Muchos cronistas tienen su propia definición de la crónica, ¿cuál es la tuya?

─Tengo una definición alrededor del cronista y el periodista de periódicos. La realidad es el río de Heráclito: nunca los hechos suceden dos veces. El periodista de periódicos se tiene que montar en un bote y mantener la velocidad. Si va muy rápido, probablemente trabaje con rumores y choque contra una piedra. Si va muy lento, la realidad le pasa por encima. El cronista, en cambio, se para al borde del río y elige un segmento para lanzarse y llegar hasta el fondo mientras el río sigue pasando. Tiene que ir con mucho tacto porque el terreno no es muy firme. El negocio del cronista es la lentitud.


Eugenia Coppel/ México


A simple vista, no hay nada en común entre Abe Pollin e Ingrid Hernández. Uno nació en 1923, en Filadelfia, en el seno de una familia de inmigrantes rusos. La otra en 1978, en la pobreza de una aldea selvática en Guatemala. El negocio de la construcción volvió millonario a Pollin, quien rehabilitó el centro de Washington y fue dueño del equipo de basketball de la ciudad. Ingrid se vio obligada abandonar a sus hijos para poder llegar hasta la capital de Estados Unidos y darles una vida mejor.


“Gente que creyó en el sueño americano en sus variadas formas. Unos que aprenden a mover sus fichas para subir; otros que aprenden a mover sus fichas para no caer más”, escribe Diego Fonseca, el cronista que eligió a Pollin y a Hernández como los personajes principales de una historia que se compone de muchas.


Sus vidas -y las de otros- están narradas en Hamsters. Una casa con historias que ruedan (Libros del K.O., 2014), el libro de no-ficción que el periodista y escritor argentino presenta en México el próximo lunes. Fue hace cinco años, mientras todavía vivía en Washington, cuando Fonseca comenzó el proceso de reporteo para escribir esta crónica novelada -como prefiere llamarla- que retrata un cambio de época en Estados Unidos.


-Dices que “Somos hamsters moviendo las pequeñas ruedas de la Historia”...


-Todo depende del tamaño del hamster y de la calidad de la rueda. Los más grandes pueden llegar a detenerla y hacerla girar para el otro lado. Quizá tienen la capacidad de cambiar la Historia. A los más pequeños les toca seguir el ritmo de la rueda y mantenerse arriba para no ser expulsados de la vida.


-Como Abe Pollin e Ingrid Hernández


-El hombre fuerte y la chica débil, que a pesar de sus esfuerzos son sucedidos y excedidos por la Historia. Porque al final del día hay cosas que los unifican: la muerte les toca la puerta, tienen pequeñas y grandes victorias, enormes derrotas, y su propia existencia está condicionada por lo que ocurre a su alrededor.


Buena parte de lo que ocurrió alrededor de Pollin tuvo lugar en The Irene, un edificio que el millonario construyó en Washington para que lo habitaran quienes quisieran -y pudieran- vivir como huéspedes de un hotel de lujo. La lista de espera en los años 60 y 70 era de dos años. Por allí pasaron funcionarios de alto rango, miembros de casas reales y diplomáticos de países estratégicos.


Algunos de ellos también pasaron por la lupa de Fonseca, quien narra, por ejemplo, la amable convivencia entre dos vecinos que eran parte del grupo de los hamsters grandes: Luis Herrera González, fundador del Partido Socialista de Chile y embajador de Salvador Allende ante la OEA, y Richard Helms, director de la CIA entre 1966 y 1973, y uno de los cerebros detrás del golpe de estado chileno.


-Tu idea inicial era escribir sobre la vida en The Irene ¿Cómo se fue transformando?


-Durante tres años fue un reporteo constante pero inconsistente. Me gustaba charlar con los vecinos del edificio: gente que envejecía progresivamente. El punto de torsión sucedió cuando el edificio -que tenía una política comunitaria, de atención a la gente- se vendió a un fondo de inversión en Chicago y pasó a ser dirigido a miles de kilómetros de distancia. Los viejos de 80 años estaban completamente revolucionados, convocando a reuniones y mítines para desafiar a un grupo de Wall Street. Y ahí es donde encontré la clave: me propuse contar los últimos 50 años del cambio de propiedad en el capitalismo de Estados Unidos: del negocio familiar -mom and pop business- al capitalismo de fondo de inversiones.


-¿La metáfora del edificio puede extenderse a otros aspectos de Estados Unidos?


-The Irene fue construido en cemento y concreto para tratar de fijar cierto momento de la Historia. Estados Unidos era el país más poderoso del mundo, y sigue siendo, pero no tenía grandes desafíos más allá de la Guerra Fría. El tiempo demostró que las cosas no duran para siempre y hoy existen otros edificios modulares que también son una muestra de transitoriedad. De manera paralela, el capital de mom and pop era más local y arraigado y ahora el capital financiero tiene mayor agilidad y dinámica para provocar cambios. Lo que termina por ocurrir es que estos grandes productores de la Historia -el capital anclado o más volátil- terminan por hacer a los pequeños hamsters objetos -y no sujetos- de la pequeña historia. A la gente en general lo que le queda es adaptarse.


Como a Ingrid, la inmigrante guatemalteca que le contó su vida a Diego Fonseca durante varios años, mientras trabajó como niñera de su hijo pequeño.


-Narras nuevas a historias para volver sobre cuestiones que has tratado en libros anteriores. El sueño americano, la migración, la tensión histórica de América latina y Estados Unidos ¿Tu eliges los temas o ellos te eligen a ti?


No se.  Ahora vivo en Arizona y escribo otra vez sobre migración. Quizá si viviera en Seattle escribiría sobre la frontera canadiense-americana. Asumo que el contexto en el que uno se mueve condiciona la mirada, porque al final del día es la realidad que ocurre al lado tuyo. En The Irene había muchos inmigrantes trabajando y yo tenía a una en casa. Además fue uno de los grandes edificios de Washington DC y la familia era simbólicamente muy poderosa. Escribir otra historia hubiera sido irme a otro lado a escribir otra historia.


-Hablando de migración, hace unos días una corte suspendió la medida de Obama para regularizar a 5 millones de indocumentados. ¿Las trabas a nivel legal se reflejan en la sociedad estadounidense?


-Son la expresión de un momento de la sociedad. Estados Unidos vive un resurgimiento del neoconservadurismo militante y profundamente fanático, sin una mirada racional sobre los procesos ni las personas. Los que hoy propugnan la idea de sacar a familias enteras de migrantes son los mismos que están en una especie de cruzada con el Medio Oriente y que plantean una guerra de fe contra ISIS. Creo que discutir política en base a la fe es el camino más normal para acabar en una batalla de fanáticos que se destruyen unos a otros.


-¿Por qué hablar de estos temas en un libro de periodismo narrativo, en un momento en el que la tendencia es informarse a través de Twitter?


-Creo que el periodismo de largo formato encontró en el libro un espacio necesario, fecundo, donde existir. Y tiene mucho que ver con este mundo acelerado, veloz, líquido, en el que vivimos. Uno no puede vivir en la incertidumbre permanente, viendo pasar las cosas. Hay que poner un freno. Y los textos de largo formato permiten comprender un elemento de la realidad lo más profundamente posible. Permiten separarse por un instante de la hiperconectividad, y generan cierta seguridad para poder avanzar.