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El comisionado nacional contra las Adicciones, Manuel Mondragón, expresó que él no quiere “un país de mariguaneros” pues, entre otras cosas, “la mariguana no es virtuosa para la salud, no es ...
Manuel Mondragón y Kalb.
Manuel Mondragón y Kalb. (Héctor Téllez)

México

En uno de los tratados fundacionales de la sociología moderna, Las reglas del método sociológico, Émile Durkheim explicó que las leyes son una especie de versión escrita de las ideas y sentimientos de la sociedad que las produce. Por consiguiente, de ninguna manera pueden ser estáticas, pues las ideas van modificándose a lo largo de la historia e, idealmente, las leyes deberían también cambiar a la par. No solo eso, sino que Durkheim considera que el crimen tiene un aspecto positivo, pues es a menudo mediante la transgresión que se manifiesta la inadecuación de determinadas leyes para lidiar con la realidad de su época. Por eso es tan importante discutir en una sociedad como la mexicana —asolada desde hace una década por una guerra que se ha cobrado decenas de miles de muertos— si no es el momento de actualizar las leyes que prohíben y castigan el consumo de drogas.

El comisionado nacional contra las Adicciones, Manuel Mondragón, expresó que él no quiere “un país de mariguaneros” pues, entre otras cosas, “la mariguana no es virtuosa para la salud, no es como el alcohol, una sustancia socialmente permisible”. Entonces, según esta lógica, jamás se modificaría la relación entre lo prohibido y lo permitido, pues la legalidad y la ilegalidad constituyen los argumentos suficientes para orientar nuestro pensamiento: si de este funcionario hubiera dependido, los negros seguirían bebiendo en bebederos separados, las mujeres no podrían votar, los homosexuales serían encarcelados, etcétera, pues cuando en su momento se debatió la pertinencia de cambiar dichas leyes, hubiera bastado con rechazar las propuestas a partir de que ninguna de ellas era, hasta ese momento, “socialmente permisible”.

Por su parte, el subsecretario de Gobernación Arturo Escobar argumentó que no se puede convertir en hombres de negocios a los narcotraficantes. Cuánta razón tiene: es mucho mejor que continúen siendo los jefes de bandas criminales sanguinarias, armadas hasta los dientes, que asesinan y descuartizan gente como parte de la vida cotidiana, que en un país con los niveles de miseria de México inevitablemente continuarán corrompiendo policías y autoridades locales hasta convertirse en un gobierno paralelo o de facto en buena parte del territorio nacional. Es una lástima que en algún momento se hubiera legalizado el alcohol pues, según la lógica del ex vocero nacional del Partido Verde, se abrió la puerta para que los gánsters pudieran ganarse la vida como empresarios. Evidentemente, hoy seguimos pagando las consecuencias de ese error, pues seguramente la mafia continúa detrás de todas las empresas etílicas.

Qué importa averiguar lo que piensa la sociedad al respecto, pues con funcionarios capaces de un pensamiento tan complejo y lleno de matices, nuestras leyes se irán adecuando a las cambiantes realidades que ofrece la historia, esa necia entidad que se niega a detenerse y dejar todo igual de una vez y por todas.