ENTREVISTA | POR ENRIQUE VÁZQUEZ

Jorge Esquinca Poeta

Ediciones Era recién editó el libro Cámara Nupcial de Jorge Esquinca quien en exclusiva para los lectores de MILENIO JALISCO comparte cómo se gestaron sus páginas

“Deseaba un poemario que fuera una experiencia viva”

Jorge Esquinca
Jorge Esquinca (Especial)

Guadalajara

Ya circula su Cámara Nupcial…

El libro tiene como eje la obra y figura de Emily Dickinson (1830-1886), una de las poetas de lengua inglesa que me fascina desde muy joven por diferentes razones: Una de ellas es porque no le importó demasiado en vida publicar su obra. Los poemas que se conocieron se publicaron sin su autorización. Cuando murió a los 56 años, su hermana se encontró en los cajones de su ropero alrededor de 2 mil poemas debidamente organizados. A partir de su muerto los estudiosos de literatura comenzaron a escribir sobre ella. Durante los últimos 30 años de su vida no salió de su casa, vivió recluida y vestía siempre de blanco, un vestido blanco de algodón. Además de los 2 mil poemas también escribió casi la misma cantidad de cartas. La descubrí cuando tenía 20 años y fue hasta el verano de 2009 que comencé a escribir los primeros poemas que conforman el libro. 

¿El poemario es entonces un diálogo que entabla con Dickinson?

No del todo. El libro se compone de ocho capítulos, cada uno escrito en estilo diferente. En el segundo hay una sección titulada Epistolario en la que sí establezco una suerte de diálogo, traduzco un fragmento de una de sus cartas y le respondo. Es una carta que ella le envía a un amigo suyo, joven. En ella discurre sobre su negativa de asistir a las ceremonias religiosas y el placer de pasar el día contemplando la naturaleza. Reflexiona sobre la vida y la muerte y yo le respondo desde algún lugar de México con términos muy propios y muy personales a sus reflexiones.
En el tercer capítulo parto de una fotografía, la única existente identificada de ella, cuanto tenía 16 años. La analizo y la recreo a partir de diversos ángulos: Desde la mirada del fotógrafo, desde ella misma, imagino qué pensaba cuando le tomaron esa foto… desbordo la imaginación en torno a lo que transmite esa imagen. Luego en la séptima parte titulada Viaje al centro de la nieve, narro a través de la poesía, un viaje que hice desde Nueva York al pueblo de Amherst en Massachusetts; cuento cómo llegué un octubre del 2011 en que cayó una grandísima nevada de forma inusual,  cómo avancé hasta llegar a su casa  que ahora es un museo. Durante el viaje también visité su tumba en el cementerio. 

… Toda una experiencia…

Sí… me permitió conocer mejor su espíritu, su forma de pensar compleja sobre los aspectos más importantes de la vida e incluso del más allá. Ella se cuestiona sobre Dios, la necesidad de la existencia, la importancia de estar atentos a nuestra vida en esta tierra. Abarca una gran multiplicidad de temas. También me permitió explorar mis propias posibilidades de escritura, emplear una amplia cantidad de recursos poéticos porque deseaba un poemario que fuera una experiencia viva más que un objeto. Hoy en día hay una gran diversidad de líneas, rutas de invenciones y reinvenciones de lo que puede ser el fenómeno llamado poesía.

La maquinaria del glaciar
(Fragmento) 
Jorge Esquinca

Para alcanzar el corazón de Emilia
traspasé la armadura de un glaciar.
Me abrí paso con diminutos
instrumentos de precisión,
brújula imantada a un norte imposible,
astrolabio de nebulosa evanescente,
zapapico de milimétrico diamante.
Durante las noches furibundas
de aquellas cumbres, me alumbré
con un enjambre de coleópteros. 
Dormía poco.
Era necesario mantenerse alerta,
cronometrar los derrumbes,
calibrar el barómetro, escuchar,
escuchar, escuchar al viento eterno
-ese cuchillo de hielo hendiendo el hielo.

Tuve visiones. Me visitaron endriagos.
Hubo pactos, malversaciones
en lo azul del glaciar. Yo continuaba.
Lentamente perforaba las escamas
gélidas. Me abría paso a través del cuerpo
viviente de la montaña. Dejaba lascas,
punzones de hielo clavados con cintas rojas.
Era como herirla.
Me aferraba a ella como hace el leopardo
sobre el lomo de la gacela. 
Con garras de una cólera nupcial. 
Con los afilados colmillos
de un infinito desconsuelo.
Mortalmente la abrazaba. 
Había algo inhumano en todo eso.
Una idolatría de la montaña.
Yo no venía de mí.  
Eso venía de muy antes,
estaría después.