Derrumbe

“Malditas guamas, no sentí el temblor”, fue lo primero que pensé. Al ver colapsado parte del predio sobre Perú, recordé las vecindades que cayeron en esa calle en 1985, el sismo que marcó la vida ...
Derrumbe
Derrumbe (Luis M.Morales)

México

La calle huele a lluvia. Julián Carrillo es una estrecha y solitaria calle que de madrugada te gustaría evadir. ¿Diez calles o nueve?, la cuenta mental me falla, regresaré mañana para contar las calles. Calzada de Misterios, un chacharero me recomienda un clásico: “Echese una pancita, con la lluvia se antoja”, sonríe, está orgulloso de pertenecer a la Perales, me cuenta un poco sobre su infancia, ¿en qué momento me convertí en espía de vidas ajenas?, quiero saludar a mi abuela muerta, vivió en Peralvillo. Borroso recuerdo de una pancita deliciosa que hace esquina con Eje Central y Carrillo, local cerrado. Me detengo en Rossini, cruzo hacia la parada del trolebús. Ojalá quede pancita en Perú 60. El trole tarda más que nunca. Atascado, es mejor poner una canción mientras espero, subo 4 trolebuses después. Bajo en Violeta, atravieso hacia Perú. No puedo creer que uno de mis edificios favoritos esté a punto de caerse. Pedazos de un muro colapsado mataron a una persona hace varias semanas, ella esperaba el trolebús, la espera: anunciación de muerte. Las cintas de protección civil resguardan el cadáver sereno de concreto deslavado. No podría contar las veces que ese parabús me sirvió para pasar la noche sentada mirando las luces de los autos, algunas veces también me colé al edificio del número 11 de Eje Central, hoy está por caer, durante muchos años traté de descifrar el letrero sin marcas, una vez entendí qué decía, me ocuparé algún día de contarlo. Me detengo a contemplar las grietas, es una lástima que tengamos que despedirnos.

Un padrino de alcohólicos anónimos fuma frente al número 10 de Perú, se ve nervioso, me detengo a ver las ventanas, su belleza me asombra. Sigo caminando, tuve amigos con los que exploraba edificios abandonados del Centro, nuestro favorito era uno en Allende 46, esa vez nos quedamos hasta la noche, habíamos llevado unas lámparas, teníamos la intención de trepar a la parte más alta del cascarón, no había forma segura de llegar al segundo piso, la escalera estaba derrumbada, intentamos todo, no lo logramos, exhaustos descansamos un rato, al final resultó que estaba habitado, nos encontramos con un señor que llegó al cuarto con candado al que nunca pudimos entrar, nos corrió a tubazos.

Me detengo en la esquina de Perú-Allende, cerveza en el bar frente a La Esperanza podría ser una buena idea. Vine acá por un plato de pancita con tortillas hirviendo, regreso a la idea original. Camino, una persona que conocí hace unos días en la lavandería de esa calle vende un departamento de 180 metros cuadrados muy cerca. El precio es ridículo, “dos patios interiores pequeños”, le comento que un departamento así vale más, es una persona mayor, no puede mantenerlo, desea irse de viaje con ese dinero antes de morir. Entro al local La Indita, el olor a humedad convive con el orégano, cebolla, limones y la pócima humeante llamada pancita. Pienso en el número 48 de Allende, en una de sus cortinas reparaban zapatos, El Águila Descalza, despintado localito, alguna vez llevé ahí mis zapatos para que los repararan, una de mis piqueras favoritas estaba justo al lado. Justo ahí me detuve alguna semana de mayo, ese día iba caminando por Cuba, me encontré a Pepe, tomamos rumbo a La Esperanza, nos  detuvimos en la esquina de Allende, notamos el deterioro del edificio, tomé algunas fotos, quise colgarme de las rejas de arriba de una de las puertas para asomarme, “se va a caer, aguas, no te acerques tanto”, Pepe me jaló del brazo, nos alejamos asustados. Devoro el potaje, decido ir hasta La Coliseo, con tristeza me detengo en el número 68 de Perú, un estacionamiento en un sitio histórico, gran solución de nuestras autoridades del GDF, ¿para qué sirve el Fideicomiso del Centro Histórico?, ¿la delegación?, dinero malgastado en cambios no visibles para la población vulnerable, en uno de sus principios señala “revertir el deterioro que ha sufrido el Centro Histórico y procurar su rehabilitación con la finalidad de generar un mejor lugar para vivir y trabajar, así como para el esparcimiento y disfrute de los valores culturales”, proponen: “Promover la formación de grupos ciudadanos que colaboren y se interesen”, ¿desalojándolos y levantando cajones en lo que fueron majestuosas viviendas?, ¿destruyendo?, “posesquenosepuede, no se puede reconstruir, imposible”, del Centro no queda ni su sombra. Camino hasta el 100 de Perú, rentaban un departamento ahí, los temblores me desanimaron, estaba en el último piso.

Si nuestras autoridades intentan “mejorar el sistema de circulaciones vehiculares, peatonales y del transporte público”, deberían justificar el robo-aumento de todo el insuficiente e ineficiente transporte público. El Metro ayer era laguna, ¿quién tiene las concesiones?, ¿a alguien le importa que las obras de transporte público como Metrobús dañen edificios históricos?, ¿cuál es la aportación real del “corredor cultural” Regina?, bares ruidosos que se extienden en calles aledañas, más lana a los empresarios.

El día 22 de junio se derrumbó parte del inmueble junto al número 31 de Perú, la entrada está en Allende #48. Pasé la noche anterior en Garibaldi, amanecí en mis brazos, las 6:34 de la mañana, se antojaba un jugo de Perú, extrañamente el señor de los jugos no había llegado, la  hermosura de esas cuatro esquinas me conmovió, antes de regresar a mi casa regresé a San Camilito para una birria. Me acordé que la máquina ya no tenía cinta, las compro en la calle del 57, decidí regresar, haría tiempo en lo que abrían en algún sitio, cruzando el callejón hacia Perú, escuché un griterío, nube polvosa, confusión. “Malditas guamas, no sentí el temblor”, fue lo primero que pensé. Al  ver colapsado parte del predio sobre Perú, recordé las vecindades que cayeron en esa calle en 1985, el sismo que marcó la vida de los mexicanos. Las medidas que tomaron: enviar a sus habitantes a campamentos, a colonias furris, al Estado de México, ¿qué hicieron?, prometer arreglos que no llegaron, cajas vecinales robadas por pillos gobernantes, horrendas viviendas de interés social en las que metieron a las familias como sardinas, violentaron sus vidas, ¿creen que la violencia surge por generación espontánea?. Desde que tengo memoria observo el desinterés por la memoria histórica de la ciudad, ¿qué más da?, a los pobres  pónganles un McDonalds, tírenles la vecindad, un programita social de dos pesos “paquenojodan”, un documental justificará el presupuesto, fundemos un museo del Mezcal cerca de Garibaldi, quítenle la chamba a los mariachis, lancen a los botelleros a delinquir en la plaza, a las chavas que vendían micheladas: mándenlas a putear, los meseros pueden correr droga, no pasa nada, mientras las calles estén empanizadas, mientras den el “gatazo” al turista, eso es lo que importa. Buitres. Los votos se aseguran prometiendo vivienda digna. De las cuatro estrategias planteadas para la revitalización del Centro, solo la movilidad funciona, cientos de habitantes han abandonado el barrio, es impagable. El 28 de Perú también está destrozado, quedan las ventanas originales. El derrumbe se tragó todo, no puedo creer que semanas antes estuviera de pie la barda del 31 al 34 de la calle República de Perú. Infinitas veces pasé por esa esquina, gloriosas mañanas en las que el jugo de toronja de La Escondida, justo al ladito de La Esperanza me sacaba los pedazos de noche pegados al cuerpo, podía enfrentar al sol o cualquier cosa después de beberlo. En alguna época los jugos de Reyna rifaron, es un hueco, no existe. Amarillo, rosa, gris, sus heridas eran visibles como las de tantos edificios. Quisiera regresar a 1995, tomaba cerveza helada barata en el Salón Coliseo, la botana esos años era buena. Perú resiste, guarda ese espíritu de otra dimensión.

¿Las 11 familias tendrán justicia?, pidieron ayuda, nadie los escuchó, podrían estar muertos, las autoridades se escudan en que antes intentaron desalojarlos, debe ser muy sencillo desde altos puestos pensar que una familia que apenas sobrevive puede tener adónde ir. Somos el país en el que todo se reparte entre amigos, el espacio “público” en realidad es privado, otorga ganancias a un sector privilegiado La falacia de “mejorar, preservar y aprovechar monumentos y sitios históricos y culturales” es la historia cíclica de una ciudad saqueada, los depredadores arrancaron otro pedazo irrecuperable. México: país en el que podrías morir antes de nacer. Una mujer embarazada pudo morir, su bebé también, familias que no tenían más que un refrigerador, algo de ropa, un horno de microondas, un sillón. Un gato desalojado del predio derrumbado ronda la calle esperando a alguien. El registro comunitario se borra, a nadie parece importarle.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)