El otoño transfigurado de Georg Trakl

Ensayo.
El otoño transfigurado de Georg Trakl
(Especial)

Ciudad de México

Dementia praecox, le diagnosticaron los médicos militares de Cracovia al enfermo Georg Trakl, en 1914. Había comenzado la Primera Guerra Mundial. Era otoño. Y el poeta farmacéutico de 27 años se desmoronaba en una realidad de muerte: “Al atardecer se colman los bosques otoñales/ del eco de armas mortales, las planicies doradas/ y los lagos azules; sobre ellos rueda el sol/ tenebrosamente; la noche envuelve/ agonizantes guerreros, el lamento salvaje/ de sus bocas destrozadas”, apuntó con la sensibilidad ya exacerbada de cloroformo y cocaína. Son los primeros versos de su famoso poema “Grodek”. El último grito que emitió cuando la muerte ya no era símbolo ni metáfora ni sombra.

Era la realidad de la carne y de las armas. Se revelaba al fin en la experiencia de la guerra, y Salzburgo, ciudad de sal donde nació, había quedado tan lejos. ¿“Si una fiera azul recordara su sendero”, regresaría al paisaje de montañas donde tantas veces se extravió, a pesar de la infancia perdida, de las sombras de las ratas, del rasgo perturbador que subyace en la naturaleza, el cual trabajó tan obsesiva y tiernamente en su poesía? Solo a través del tejido poético se develarían las sombras de una naturaleza que “se aflige porque es muda”, señaló Walter Benjamin, y se encuentra a la espera de “la confirmación de su ser”. Trakl le otorgaría voz en el acto de renombrar el color de los sauces bajo el otoño, las montañas navegando en corrientes de neblina, la lluvia negra. Entre las sombras del bosque encontró los colores de su expresividad, pero también ese rasgo perturbado, tan peculiar en la literatura austriaca, que entonces crecía entre la variedad de culturas del Imperio austrohúngaro. Años más tarde, Kafka describiría parte de esa sensación: “absorbí vigorosamente el elemento negativo de mi época, una época que me es muy allegada, que nunca tengo derecho a combatir, pero que hasta cierto punto puedo representar”.

Trakl representó a su época desde La Farmacia el Ángel Blanco, bajo la mirada de Die Festung, la fortaleza–panóptica que domina la ciudad desde la cima de la montaña. Creció en Salzburgo. Fue el quinto hijo del matrimonio protestante del señor y la señora Trakl: él, un hombre alegre; ella, opiómana. En 1892 nació la querida hermana Margarete, cinco años menor que Georg. Grete, como la llamaba, fue su compañera de juegos, su amante y cómplice en el consumo de drogas. Con la muerte del padre, en su poesía aparece por momentos como la huérfana, en hermandad con el huérfano de Europa, “el nonato” que se delinea en la “Canción de Kaspar Hauser”. La culpa atroz del incesto, de amar la propia sangre, ha sido quizás el aspecto más explorado de la vida del poeta.

La sombra de la hermana lo acompañó a Grodek, cuando la naturaleza otoñal se corrompía con los muertos de la guerra: “pero silencioso se acumula sobre el prado,/ cual nube roja, donde habita un Dios furioso,/ la sangre derramada, frescor de luna;/ todos los caminos desembocan en la negra putrefacción./ Debajo del ramaje dorado de la noche y de las estrellas,/ tambalea la sombra de la hermana por la arboleda silenciosa/ para saludar a los espíritus de los héroes, las cabezas sangrantes”. De su vida que estaba a punto de terminar solo quedaba el rasgo de la perturbación y el espacio indispensable para vivir su poesía: Trakl no entendió su existencia sino en términos literarios. Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Dostoievski, Hölderlin le habían mostrado hasta dónde se podía vivir la propia obra. Pero quizá fue el derrumbamiento de Nietzsche uno de los sucesos que más lo impresionaron durante las tertulias del círculo literario Minerva: la demencia atribuía “una verdad oscura” a quien “había penetrado tan profundamente en el misterio del ser […]. Nietzsche había llamado ‘locos’ a los negadores de Dios, y ahora él mismo se había vuelto loco”, apunta Rüdiger Safranski en su libro Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán. También Helian fue “absorbido en el suave toque de arpa de su demencia”. ¿Habrá visto Trakl el destino sobre el cual se precipitaría? En el ambiente flotaba un dejo neorromántico. Los escritores alemanes del Jugendstil hacían sus aportaciones, y en Berlín surgía la sensibilidad expresionista en el Cabaret Neopatético. Por su parte, Trakl había encontrado el ardor de la creación artística en una poética íntima de los colores, en la naturaleza perturbada y en la habilidad para expresar la culpa del amor incestuoso. Sí: exacerbado de cloroformo y cocaína.

Trakl empezó a consumir drogas durante sus años de estudiante. A los 18 años, hecho un “drogadicto empedernido”, abandonó la escuela para hacer una formación como farmacéutico. Más adelante se mudó a Viena con el propósito de continuar sus estudios y en 1911 realizó de manera voluntaria su servicio militar. En esos años comenzó a publicar sus poemas en el periódico vienés Neuen Wiener Journal, así como en las revistas Die Fackel (La antorcha), dirigida por Karl Kraus, y Der Brenner (El Brennero), de orientación expresionista. Contaba con el apoyo incondicional de su amigo, el editor Ludwig von Ficker, y con la amistad de Kraus, del pintor Oskar Kokoschka, del poeta Peter Altenberg y del arquitecto Adolf Loos. En 1913 apareció su libro Poemas en la colección Der Jüngste Tag (El día del Juicio) de la editorial Kurt Wolff. Al siguiente año asesinaron al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. La propaganda nacionalista susurraba en los oídos de los jóvenes: “hay que lavar esa afrenta, elevemos los estandartes, avancemos hacia Moscú, bombardeemos París”. Y los jóvenes se movilizaron. Salieron de las montañas y los valles y las ciudades y los pueblos camino a la misma catástrofe. Voluntariamente, Trakl se dirigió a Galizia, actual región ucraniana. En este punto, la historia se precipita: a un granero cercano a la plaza principal de Grodek llevaron a cerca de cien soldados heridos durante la batalla. Trakl debía atenderlos casi solo, sin medicamentos. Un herido, desesperado, se disparó en la cabeza. Trakl huyó al campo, donde se encontró con los cuerpos de los soldados ucranianos colgando de los árboles.

Dementia praecox, le diagnosticaron los médicos militares al poeta farmacéutico. En el área de psiquiatría, recibió la visita del querido Von Ficker, quien intentó, sin éxito, trasladarlo a Austria. Trakl redactó un par de cartas, también el testamento donde heredaba a Grete el dinero que el filósofo Ludwig Wittgenstein había prometido regalarle. Ella se suicidaría pocos años después. Él, hundido en la oscuridad, observó la absoluta dimensión de la muerte que había estado en su poesía, y aquel rasgo perturbador que subyace en la naturaleza. Trakl escribió sus últimos versos: “y suenan suaves en los juncos las oscuras flautas del otoño./ ¡Ay orgulloso duelo!, oh, altares de hierro./ La llama ardiente del espíritu se nutre hoy de un inmenso dolor,/ los nietos no nacidos”. La noche del 3 de noviembre de 1914 se envenenó con una sobredosis de cocaína. Era otoño.