Dejad que los niños se acerquen al chelo

Al concentrarse en la música, los infantes “no tienen tiempo para pensar en cosas que no son buenas para su desarrollo”, asegura Pilar Gadea.
Durante 15 años han pasado por el grupo 35 alumnos; algunos se han dedicado a la música.
Durante 15 años han pasado por el grupo 35 alumnos; algunos se han dedicado a la música. (Jorge Carballo)

México

Cuando uno observa a los niños y adolescentes que conforman el grupo Chelos de Hamelin, dirigido por Pilar Gadea, se viene a la mente una frase del gran maestro del instrumento, Mstislav Rostropovich: “Cuando empecé a aprender el chelo, me enamoré del instrumento porque parecía como una voz: mi voz”.

Y si estos niños se notan enamorados de sus instrumentos, es porque Gadea los hace involucrarse en el trabajo en equipo, pues además de estudiar juntos en ocasiones se presentan en concierto. Desde el más pequeño, de cinco años de edad, hasta una muchacha de 19, trabajan con Violonchelos de colores, material didáctico diseñado por la chelista que incluye libros de partituras y discos. Tal ha sido el éxito que ha alcanzado, que los primeros discos fueron reeditados recientemente por Tempus Digit, al tiempo que se lanzaba el volumen cuatro. El material se utiliza en varios estados de la República, así como en Estados Unidos, Uruguay, Chile, Argentina y España.

En 15 años, alrededor de 35 niños han formado parte de Chelos de Hamelin, algunos de ellos incluso se han dedicado a la música, como Athena Zenker, quien estudia violonchelo en la Escuela Nacional de Música. Pero hay de todo, indica Gadea en entrevista con MILENIO: “Hay quienes estudian para médico, biomédico, abogado y otras profesiones, pero siguen tocando, como sucede mucho en Europa, donde grupos de personas que estudiaron distintas carreras se juntan para hacer música”.

Graduada como pianista en el Conservatorio Nacional de Música y como chelista en la Guildhall School of Music and Drama en Londres, Gadea realizó su primer libro sin ningún apoyo. Cuando se lo presentó al maestro Carlos Prieto, el violonchelista le dijo que su trabajo valía la pena y le brindó su soporte moral y económico. Desde el segundo volumen ha contado con el apoyo del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

¿Cuál es la esencia de “Violonchelos de colores”?

La esencia es que se trata de canciones que los niños conocen, canciones que cantan y tocan muy rápido. Lo difícil de este instrumento es la posición: hay que sentarse derechitos, manejar el arco, colocar los dedos, pero una vez que los niños tienen la melodía, esto se vuelve más sencillo, aprenden muy rápido.

¿Qué beneficios trae a los niños este tipo de programas?

Imagínate que los niños están concentrados en algo tan increíble como la música: se sientan con sus instrumentos y, como quien platica, ya están tocando. Los beneficios neurológicos son infinitos, lo mismo que a nivel de comunicación, de interacción con sus compañeros y de su presencia en el mundo. Al tener un instrumento adquieren un compañero de por vida, un compañero incondicional. Una alumna, que es médico, me dice que nunca se siente sola porque tiene su instrumento. Algunos ex alumnos, ya adultos, formaron un cuarteto de chelos y se reúnen dos veces por semana a tocar, aunque no se dedican a la música.

¿Cambia su atención hacia otras actividades?

Su atención y concentración van dirigidas a algo tan agradable como es hacer música, y no tienen tiempo para pensar en cosas que no son buenas para su desarrollo. Más adelante, su acercamiento a la medicina, a la biología o a las matemáticas, a lo que quieran dedicarse, será diferente a la del resto de los estudiantes.

Amor por el instrumento

Los pequeños violonchelos y sus estuches adoptan la personalidad de los niños de Chelistas de Hamelin, pues algunos tienen calcomanías de dibujos animados, otros estrellitas doradas, otros se notan más serios. Pronto aprenden a querer y a respetar sus instrumentos. Cuando a Elián Alejandro se le pregunta qué le gusta del violonchelo, no duda en responder: “Me puedo expresar con él, si estoy triste o si estoy feliz. Mis amigos en la escuela me preguntan cómo toco el chelo, qué sé tocar y esas cosas. La pieza que más me gusta es ‘El velero de papel’”.

De voz pequeña, Renata combate las preguntas con sonrisas, pues su timidez le impide hablar. Su amiga Bety, mayor que ella, asegura que le encanta “hacer música y ya”. Si usa las uñas de varios colores, dice, “es porque me gusta pintármelas. La pieza que más me gusta es ‘A la víbora de la mar’. No sé por qué”.

Andrés, hijo de un ex integrante de Chelistas de Hamelin, ya lleva la música como parte de su herencia genética, según nos cuenta. “Cuando era chiquito, mi papá estudiaba el violonchelo; me gustó mucho y yo empecé a tocar también. Quiero tocar todo tipo de música, sobre todo moderna y clásica”.