Decir adiós con letras de Neil Young

En la entrada de un condado encallado en la espesura geográfica de Washington, pende un letrero color verde: “Welcome to Aberdeen. Come as You Are”. 
El cantante
(Cortesía)

Ciudad de México

En la entrada de un condado encallado en la espesura geográfica de Washington, pende un letrero color verde: “Welcome to Aberdeen. Come as You Are”. El lema es el mayor orgullo de ese pueblo apenas identificado en el mapa estadunidense, ahí nació y creció el hijo de un mecánico y una mesera, un tipo paradigmático de las fisuras psíquicas, el malestar incontrolable, la conciencia permanentemente arrasada por la lluvia.

En Aberdeen leyó a S.E. Hinton, a William S. Burroughs (en su juventud no imaginaba que tendría el placer de improvisar con la guitarra mientras Bill leyera “The ‘Priest’ they Called Him”, un fragmento de Exterminador!), Los vagabundosdel Dharma de Jack Kerouac, el Manifiesto Scum de Valerie Solanas (famosa por balear a Andy Warhol), y a Bukowski, Camille Paglia, Beckett y otros autores. En Aberdeen también fue detenido por hacer pintas en muros y bancas públicas, se dice que cometió otras truculencias que no parecen muy creíbles sino propias de una leyenda urbana.

Hay gente que perdura por unas cuantas obras, la de él fue realmente escasa, en comparación con la de incontables personajes de su talla. Tres discos de estudio (Bleach, Nevermind, In Utero), una compilación de rarezas y lados B (Incesticide), dos álbumes en vivo, digamos que su fama fue un destello que se sumó a otros resplandores, eran los años 90 y la efervescencia sociocultural de la Generación X ensamblaba un cuadro existencial en el que él cabía perfectamente, con su apariencia austera y desolada, sus canciones de hastío, de amargura reluctante, y una insólita energía con variaciones de voltaje.

Kurt Cobain emuló a Ernest Hemingway. El 5 de abirl de 1994, hace veinte años ya, se dio un tiro en el garaje de su casa en Seattle. Dejó una nota de despedida.

¿Qué sería hoy de él, si hubiera postergado ese desenlace? Quizás habría grabado un par de discos como solista o tal vez no. Seguiría tocando con Nirvana y, como Eddie Vedder y Pearl Jam, sus producciones incitarían sentimientos encontrados: entre la nostalgia de sus viejos y entrañables tracks y la desilusión o el aburrimiento, lo más probable sea que solo el público fiel seguiría a su lado.

Por qué no imaginar que ahora, con 47 años encima, en vez de un rockero deteriorado y barrigón, un trasnochado provocateur, sería un músico en plena madurez o un explorador de otras voces y otros ámbitos y que, posiblemente, habría escrito una novela (si Nick Cave ya publicó dos, Cobain también pudo lograr una hazaña semejante) o un poemario (pensemos en Leonard Cohen o en Patti Smith, aunque la inspiración poética no se urde de improviso) o tal vez nada de eso. Supongamos que habría invertido las jugosas regalías que siguen manando de sus éxitos “Smells Like Teen Spirit”, “Come as You Are”, “Lithium” e “In Bloom”, en documentales o arte alternativo.

Es difícil saber qué o quién sería Kurt Cobain ahora. ¿Ex marido de Courtney Love? ¿Dueño de un sello discográfico independiente? ¿Figura de relumbrón para organizaciones filantrópicas estilo Bono de U2 o simplemente un hombre en retiro, ocupado en resolver sus dilemas ontológicos?

Las conjeturas son inmensas. Prefiero pensar que lo mejor fue haberse marchado de este mundo con la dignidad del mito: Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones, Michael Hutchence, Cliff Burton.

Dejó una nota de despedida. Dicen que en el adiós incluyó un trozo de “My, My, Hey, Hey (Out of the Blue)” de Neil Young: “It’s Better to Burn Out Than to Fade Away” (Es mejor quemarse que apagarse lentamente).