“Mi disfrute y devoción por México”: Déborah Holtz

Es directora de la premiada editorial Trilce y presidenta fundadora de la asociación de editores independientes, conductora de un programa radiofónico de salsa, estudiosa y viajera.
Déborah Holtz en su casa de San Ángel Inn.
Déborah Holtz en su casa de San Ángel Inn. (Arturo Bermúdez)

Ciudad de México

Apasionada por los libros y la música, la curiosidad de la editora Déborah Holtz es enorme, por eso dice: “Es injusto que no tengamos tres vueltas en la vida para poder hacer todo lo que queremos. Además de trabajar quiero bailar, ir al cine, comer, vivir la calle y las culturas de cualquier índole”.


¿Cuáles son tus primeros recuerdos?

Recuerdo una noche muy oscura en que mi hermana y yo llegamos envueltas en cobijas al aeropuerto para irnos con mi padre a no sé dónde, y amanecer luego en un lugar donde no entendía nada, era Los Ángeles. Ahí vivimos un año; yo tenía cinco. Esa escena la he conservado toda mi vida. No era un viaje de placer. Durante 25 años no vi a mi mamá. No es una historia que juzgar, simplemente así fue.


¿De qué manera te marcó esta separación?

Desde niña estoy acostumbrada a inventarme la vida como Dios me da a entender, porque no tuve esa figura materna, esa directriz de “ponte el suéter, has esto...”. Había muchísimo amor de mi papá, pero... es el ambiente cultural de mi familia judía, su forma de hablar, sus costumbres. Vivo con una sensación de no pertenencia, de distancia hacia mi país, que me ha permitido tener la humildad de ver lo que muchas personas pasan por alto. Tengo un disfrute y una devoción por México, como si fuera un extranjero viviendo en mi propio país.


Háblanos de tu formación: escuelas, universidades.

Mis primeras escuelas fueron el kínder en el Colegio Hebreo Tarbut. La escuela Ciudad de México fue mi verdadera alma máter. Entré a la Ibero. Siempre ando entre dos aguas. Me involucré en movimientos contestatarios en la universidad. Luego tuve una crisis brutal. Me metí a la UNAM un semestre. Pero las clases eran de ocho mil personas, no llegaba el maestro. En la Ibero me incliné hacia un aspecto más periodístico y sociológico. La carrera era bastante floja. No tenía cómo argumentar. Decidí hacer mi tesis sobre Ciudad Nezahualcóyotl. Ahí me la pasé año y medio. Me hice cuata desde el político priista hasta del que tocaba con el peine en el camión. Descubrí un mundo que también me pertenecía. Mi nana Isaura, la adoro, es a quien debo rendir un homenaje. De niña pensaba que la vida de Isaura era igual a la nuestra y no era así. Estuve coqueteando un buen rato con línea de masas... Algunos lo llaman pecados de juventud, yo lo llamaría destellos. Como soy de obsesiva, traté de meterme una inyección de “todo lo que usted quería saber más allá de Marta Harnecker”. Estudié la maestría en Sociología Política en Inglaterra. Contreras como soy, acabé haciendo una tesis sobre Althusser.


¿Dicen que tu vocación de contar inició en un asilo de ancianos?

Tenía 16 años. Eran ancianos judíos. Muchos sobrevivientes del Holocausto, de campos de concentración. Me impresionó ver el contraste de la enfermera mexicana diciéndoles: “A ver, abran la boquita, le voy a dar una cucharadita de su medicina”. Ahí estaba un señor con el número marcado en el brazo y la enfermera y el ambiente en Cuernavaca. Pensé que eso había que documentarlo. Es una asignatura pendiente.

La mitad de la vida te la pasas siendo, después dándote cuenta de lo que eres. No hay una conciencia de ti mismo, a menos que tengas un momento de revelación genial, lo cual es casi dramático, porque luego te mueres. Yo apenas me estoy enterando de “bueno, así soy”. Como dice Bertrand Rusell, “desperdicié mi juventud siendo joven”. Cuando se supone que tienes que saber qué hacer, te haces bolas, porque esas definiciones vocacionales, a menos que seas Mozart, no son tan claras. Pero si me preguntas “el llamado de la vida”… Fue cuando en el asilo de Cuernavaca, me dije “esto hay que contarlo”


Trilce es el poemario más importante de César Vallejo. ¿Cómo surge esta editorial?

Cuando regresé de Londres, me sentía de nuevo perdida: “no quiero dar clases. No quiero entrar a la política”. Mi educación workalchólica es de familia. No puedo entender la vida sin trabajar. Cuando siento que todo está perdido, digo “pero podríamos hacer esto”, y la depresión se va. Trilce nació hace 19 años de manera fortuita, con un grupo de amigos: Ciro Gómez Leyva, Marcial Ortiz, Isabel Tardán. Con el tiempo se fue Marcial. Me quedé con Ciro. Ciro se fue clavando más en el rollo periodístico. Trabajé muchos años al lado de Rosario Fernández, fantástica. Para mí la entrada en el mundo editorial, más que todos los libros por encargo, fue la revista Pasajero, para los camiones Tres Estrellas de Oro. Finalmente Ciro se fue. Me asocié con Juan Carlos Mena: diseñador industrial y gráfico, de una cultura y una visión editorial única. Sin saberlo los dos, la vida nos iba a llevar a editar libros. El primero fue Este jardín es una ruina, un inédito de Álvaro Quijano. Murió jovencísimo, para mí fue un trauma, porque era el primer amigo cercano que fallecía.

Juan Carlos tenía la idea de hacer un libro que se llamó Sensacional de diseño mexicano, y fue seleccionado como uno de los mejores libros editados a escala mundial por Communication Arts 2002. A diferencia de otras editoriales, nosotros creamos nuestros propios proyectos de investigación, nuestras loqueras. No ha habido un plan de negocios para realizar ninguna de estas aventuras.


Eres la presidenta de la Alianza de Editores Mexicanos Independientes.

Estoy orgullosísima de representarla. La gran pujanza editorial proviene de las cientos de editoriales independientes que no hemos logrado un lugar ni en las librerías ni en los eventos internacionales, porque no hemos sido consideradas. Hay visos de cambio. Por lo menos una nueva actitud por parte de la Dirección General de Publicaciones (Conaculta), que tiene a un tipazo al frente, Ricardo Cayuela. Por primera vez se ha visto que su función no es publicar.


Editas de ocho a 12 libros al año. ¿Como editora independiente logras sobrevivir?

El gran drama es que en México casi todo está en contra para lograrlo. Necesitamos luchar para que cada quien pueda desarrollar su proyecto. Es lo mejor que tiene este país: la cultura y sus creadores. No seríamos nada sin ese bagaje. Pero no hay incentivos suficientes, ni vías alternativas de financiamiento como existen para cualquier industria. La única que no cuenta con créditos y programas transversales de gobierno, es la cultura. En el campo de los libros, la situación es peor ya que no es considerada industria y no tiene el apoyo de instancias como Proméxico o la misma Secretaría de Economía.


Otra de tus pasiones es la música. Eres productora y conductora de Salsajazzeando, hiciste televisión...

Vengo de una casa musical. Crecí con música clásica, bossa nova, con boleros, cha cha chá. Mi papá estuvo asociado con Alfonso Arau. Bailaban mambo que no lo podías creer. En mi casa eras menos que nadie si no sabías de quién era la música de la película que estabas viendo. Desde niña sé quién es Bernard Hermann y Elmer Bernstein. Lo de la salsa lo descubrí después, a los 15 años, cuando conocí a Andrés Rosales. Estaba casado con Kena Muyaes y vivían en una de las casas más fantásticas de Azcapotzalco, rodeados por más de cinco mil máscaras coleccionadas por los padres de Kena. Rosales, años después, me invitó a participar en Salsamanía, en Rock 101. Ahí hice mis pininos. La radio realmente me enloquece. José Enrique Fernández, programador y subdirector del IMER, me propuso hacer un programa de jazz latino y salsa. Le dije “los sábados, jamás. No voy a aguantar ni tres días”. Y ya llevo ocho años con Salsajazzeando. También hice varios programas en tele. Siempre estaré agradecida con Pablo Boullosa. Tuvo el buen tino de juntarnos a un “grupachón” en el programa Domingo Siete.


¿Cuáles son tus sueños?

Me gustaría sacar los 64 proyectos que tenemos para lo que me queda de vida, más lo que se acumule la próxima semana. Cada vez que le digo a Juan Carlos: “Oye, se me ocurrió...”. Ya nada más me ve con cara de: “No, por favor, no”. Quisiera hacer estos proyectos en mejores condiciones, con participación de la iniciativa privada o créditos o lo que sea para no estar mendigando migajas para poder sacar adelante cualquier proyecto cultural.

Tus planes inmediatos.

Si hay alguien a quien admiro es a mi papá Ignacio Holtz y a su pareja Beatriz Mendívil. Ella le donó un riñón. Los dos, con los Rotarios y la fundación de Lolita Ayala, crearon un programa de donación y trasplante. Han logrado trasplantar a cientos de personas sin recursos. Tendría que hacer un libro sobre esta historia, ya ves, otro pendiente.