“Simplificar es renunciar al pensamiento”: David Huerta

La aparición de La mancha en el espejo invita a revalorar la obra de quien se define a sí mismo como un poeta “más bien tradicional”.
David Huerta
David Huerta (Alejandra Pantoja)

Ciudad de México

En La mancha en el espejo. Poesía 1972–2011 (FCE, 2013,) editado en dos tomos, se reúnen 39 años del trabajo de David Huerta (México, 1949), uno de nuestros grandes poetas de las últimas décadas. Huerta tiene dos títulos indiscutibles que han enriquecido el panorama poético no solo nacional  sino hispanoamericano: Incurable (1987) e Historia (1990),  pero, como puede comprobar el lector que se sumerja en su  obra, de esa fecha para acá hay al menos otro par de títulos que no les van a la zaga. A pesar de la buena recepción que han tenido sus libros, un sector de la crítica le escamotea su lugar de privilegio en nuestras letras. Ser hijo de Efraín Huerta... pesa.

David Huerta está presente en las antologías Medusario (1996) y Prístina y última palabra (1999), en las que aparecen poetas latinoamericanos afines a las búsquedas de vanguardia sin perder conciencia del lenguaje (aquí sintetizo algunas ideas de Eduardo Milán). En Medusario se anota que su poesía se vale de “la negación como mecanismo para cuestionar lo que se afirma, en un proceso incesante de autocrítica. El texto es una reflexión del mundo, pero en su esfuerzo por leer e interpretar el lenguaje se convierte en un obstáculo de la verdadera lectura, que solo puede ser obtenida con el silencio”. Estos asuntos forman parte de la siguiente conversación.

Curioso el destino de los Huerta, a quienes un sector de la crítica los ha puesto en diferentes momentos de nuestra historia literaria, en zonas antinómicas representando lo lírico o bien lo intelectual. Primero se opuso a Efraín Huerta con Octavio Paz, y años después a ti con Jaime Reyes.

Yo me siento tranquilo en relación con Jaime Reyes. Estuvimos juntos cuando publicamos nuestros primeros libros, y yo diría incluso que muy juntos pues él me pidió que escribiera la nota editorial de Isla de raíz amarga, insomne raíz (1976).

La escribí con mucha alegría y a él le gustó; le pareció que yo había entendido el libro. Nuestro diálogo fue constante en esos años. Después nos distanciamos por los accidentes de la vida. Pero siempre nos tuvimos muy presentes. Yo lo quise y creo que él también me quiso. Le escribí un poema (“Jaime Reyes”, Canciones de la vida común, 2008), una muestra de dolor en los días en que acababa de morir.

La verdad, no me funciona la cabeza de esa manera antinómica, en blanco y negro. Creo que vivimos en zonas grises, a veces profundamente grises, y eso es lo difícil.

Como la responsabilidad del poeta es complicarse la vida, según dijo uno de mis maestros, prefiero prestarle una atención muy grande a esa inmensa zona gris, esa donde se desarrolla la vida, donde aparecen los poemas, donde nos enamoramos, donde morimos. Ahí está lo que realmente me interesa. La simplificación brutal de los fenómenos no es algo que me llame la atención.

En el caso de Efraín Huerta y de Octavio Paz, la elección por uno de ellos también ha querido verse como una lucha de buenos y malos.

La gente que piensa así, y que lo manifiesta a veces de una forma intemperante, revela simple y sencillamente que no ha leído los poemas de Paz y de Huerta. Y que si los ha leído, no los ha entendido; y si los ha entendido, no les ha dado importancia; y si les ha dado importancia, no les ha dado crédito. En el mejor de los casos, es fruto de una mala lectura, o de una no lectura, en el más desalentador. Los fenómenos son muy complejos, y simplificar de ese modo es renunciar al pensamiento: ya no se ven los matices, aunque éstos pueden ser verdaderos abismos. Volviendo a Efraín Huerta y Octavio Paz, hay que tener en cuenta que vienen de los enormes conflictos del campo poético, dividido en la primera mitad del siglo XX.

Claro que hay guerras, claro que hay discusiones entre los autores, pero una vez que han muerto los poetas quedan sus libros. Octavio Paz dijo una cosa muy hermosa cuando murió mi padre, en 1982: “La política consiguió separarnos, pero la poesía nos mantuvo unidos siempre”. Tuvieron una amistad de poetas. La antinomia a la que te has referido es muy ideológica.

Es en Cuaderno de noviembre (1976) donde podemos decir que ya aparece tu voz.

Sí, para bien o para mal, es más mío. Ahí están reflejadas muchas lecturas de prosa, prosa ensayística y prosa narrativa, y una decisión formal de escribir esos versos largos. Cuando la gente abría el libro, creía que era de prosa y no de poesía.

Tanto en Cuaderno de noviembre como en Incurable, está la presencia de la filosofía. Sobre todo en Cuaderno… se puede sentir la de Gilles Deleuze.

Mis estudios más extensos pertenecen a la filosofía. Por ciertas circunstancias dejé la carrera, pero no perdí el contacto con los libros, y cuando llegó toda esta ola de filósofos, pensadores y ensayistas franceses que nos sedujeron y nos envolvieron, claro que nos marcó. Fue una huella epocal, para decirlo de un modo antipático. Pero bueno, eso leíamos y se nota en los libros. No me arrepiento ni reniego de ello en modo alguno. He repensado lo que leía en aquellos tiempos y no todo lo entendía. Hay que decirlo, se trataba de libros un poco hirsutos, un poco pedregosos, a veces escritos magníficamente como los de Foucault; a veces escritos en un estilo muy desafiante como los de Deleuze o Jacques Derrida.

Aunque creo que Deleuze era menos complicado que Derrida. Rizoma, que escribió con Félix Guattari, fue un libro importante para mí.

No sé qué traducción hayas leído, pero ese libro, que no es muy largo, lo tradujo y lo publicó en la Revista de la Universidad mi querida amiga y admiradísima poeta Coral Bracho. Es decir, Coral y yo, y muchos otros compañeros estábamos metidos en lo mismo. En alguna forma orientados por lo que nos decía, en su parquedad a veces luminosa pero siempre inteligente, Jorge Aguilar Mora, que había estado en Francia y conocía los libros de primera mano, y a veces también a los autores personalmente. Es una época que quedó atrás, de la que se conservan muchas de aquellas amistades y, sobre todo, las ganas de seguir escribiendo. Christopher Domínguez me decía que a Cuaderno…, como un lastre, se le nota mucho que fue escrito en esa época.

Manteniéndonos en el terreno de la filosofía, tanto Cuaderno… como Incurable, de cuyo verso inicial viene el título de la reunión de tu poesía (“El mundo es una mancha en el espejo”), me parece que tienen un sesgo gnoseológico. No sé qué tan acertado sea mi juicio.

Sí, pero quiero primero hacer notar un detalle mínimo en la gramática de la frase. En Incurable aparece el artículo indefinido “una” y en el título del libro el definido “la”. Entonces desnaturalizo un poco lo que está en el verso de Incurable, pero lo consagro como el gran problema de la poesía. La interpretación puede abrirse y la mía sería una de tantas.

Apareces en dos antologías, Medusario y Prístina y última palabra, donde considero se continuaría verdaderamente la tradición de la ruptura. ¿Te asumes como vanguardista?

No, porque yo he andado por muchos rumbos. Siento que las determinaciones de las vanguardias están muy filtradas. Llegan a mí de modo que puedo hacer con ellas lo que quiera. No tengo una necesidad de seguir programáticamente lo que se dice en los manifiestos. Tomo de las obras lo que me interesa, lo que creo que puedo aprovechar.

Hay otros autores que son muy decisivos para mí como José Lezama Lima en una época. Que sea vanguardista o no es otro cantar. Es un autor que rompe con muchas cosas. Y hay otro autor del que hablo poco, y hago mal, porque ha sido decisivo para mí en todos los planos, inclusive el personal, que es Gerardo Deniz. Por un lado, para mí es el poeta más importante que ha existido en México en muchísimo tiempo. Es un hombre que me ha enseñado mucho, me ha abierto los ojos y me ha permitido trabajar con mucha soltura. De él tampoco podemos decir que sea un poeta vanguardista, pero rompe con un montón de cosasy se atreve a decir un montón de cosas que nadie se había atrevido a decir. Tiene una cabeza de primer orden y una actitud de frescura que antes llamábamos antisolemnidad, pero que yo prefiero llamar frescura. Es un ejemplo moral e intelectual,exigente y al mismo tiempo cordial.