Bowie en México: un recorrido cultural

El cantante quiso dejar testimonio visual y un par de días antes del concierto que dio el 23 de octubre de 1997 quiso que el fotógramo mexicano Fernando Aceves lo acompañara en el paseo que dio.

Ahora que el disco de autoréquiem Blackstar comienza a sonar en los reproductores de música de todo el mundo, como un último acto artístico trascendental que planeó su autor, se va asentando la noticia que inundó las redes y comienzan a emerger los recuentos variados de la brillante trayectoria del camaleón de Brixton: cine y televisión, pintura y escultura, fotografía y diseño de modas, música, literatura y teatro, todo lo quiso abordar y, de pronto, en todo espacio que abarcó el hombre destaca.

Bowie viajó lo que quiso, siempre con la "limitante" de ser reconocido. Trabajando o por placer le dio varias vueltas al mundo. Pensemos que pudo haber recorrido mil ciudades y recrearse en todas, pero solamente en ocasiones especiales extendió su proyecto performático integral y pidió que se documentara su paso por ellas.

En la casa de Frida Kahlo, adujo que a su amiga Madonna le encantaría visitarla

Concienzudamente, México fue una de ésas visitas en las que quiso dejar testimonio visual —siempre tan importante para él— de su jornada turística, y un par de días antes del concierto que dio el 23 de octubre de 1997, que además inauguraba el Autódromo Hermanos Rodríguez como foro de conciertos, quiso que el fotógrafo mexicano Fernando Aceves, quien ya gozaba de cierto renombre para entonces, lo acompañara al paseo que quiso dar por el centro de la Ciudad de México y sus alrededores.

Después de un desayuno ligero, con la agenda cerrada y un Fernando Aceves emocionado por tener la oportunidad de ser parte de ese acto plástico que el inglés quería llevar a cabo en nuestro país, la sesión fotográfica del primer día comenzó en Tehotihuacán, con un David Bowie lleno de fascinación y muy holgado, de lentes oscuros y en shorts.

Enterado del esplendor prehispánico, a decir del fotógrafo, quiso un retrato a lado de una cabeza de jaguar, en uno de los edificios de la Calzada de los Muertos de reciente excavación, admirando la Pirámide del Sol y haciendo sonar un caracol acompañado de un guía local. El autor de "Starman" paseó a sus anchas por la ciudad antigua sin ser percibido más que por la cámara de Fernando Aceves, quien culminó la sesión de ese día pidiéndole al otrora Ziggy Stardust que abarcara con sus brazos, en éxtasis teatral y en primer plano, la pirámide icónica del sitio, de cara al sol.

Al otro día, figurando entonces sí a su personaje de rictus implacable, visitó el interior del teatro en Bellas Artes, y frente a El hombre controlador del Universo, el mural que Diego Rivera reinventó en 1934 después de destruir el proyecto del Centro Rockefeller, Bowie, siempre con un libro de arte mexicano en las manos, a veces pedía alguna toma, a veces dejaba que le dijera Aceves cómo y dónde ponerse. Ahí consiguieron el perfil mimetizado con los niños frente a la lupa y en sus pupitres, que expectan la metáfora atómica plena de motivos cientificistas, cuyo centro indiscutible es el busto de un obrero en un gesto de preocupación por lo que opera.

Gustoso, ya entrados en la sesión de aquella segunda jornada de viaje, tuvo a bien posar, codo a codo, junto a su guitarrista Zachary Alford y su pianista Mike Garson, como uno de los obreros que se manifiestan en el fresco mural de la marcha sindical de Juan O'Gorman, en el Sindicato Mexicano de Electricistas, bajo la consigna "Hacia la conquista del destino", para después ir a comer a la terraza del Hotel Majestic, donde un pajarero leyó la fortuna de los músicos y Bowie, ya en su calidad de vida ascética, degustó un poco de tequila.

Hacia el mediodía, Bowie pidió que lo dejaran entrar a la Catedral sin afán de fotografiarse dentro, siguiendo la anécdota de Fernando, en una actitud más personal frente a la iglesia, de donde salió a Palacio Nacional, donde su guía puso énfasis en los ingleses petroleros que retrató con sorna Rivera en los muros de la Epopeya Nacional. Del centro fueron a visitar la Casa Azul, en Coyoacán, antes del auge en el que la pusiera el mainstream y particularmente Madonna, a la que hizo mucha referencia David en su visita al lugar, aduciendo que a su amiga le encantaría visitar el hogar de Frida Kahlo, quizá motivando el fructuoso encuentro entre la cantante y la pintora.

Irradiando interés por el lugar y sus objetos, Aceves pidió al Duque blanco que se pusiera una máscara de hojalata que manipulaba, curioso, y tomó una de las grandes fotografías de la sesión. Así concluía una jornada que despidió firmando, divertido, algunas contraportadas que le extendió el fotógrafo, particularmente la de Outside, y una reciente compilación de éxitos que un ejecutivo de Emi Music le mostró.

Justificado su viaje recreativo en México, como descanso tras un ciclo extenuante de conciertos por Europa, Canadá y varias ciudades de Estados Unidos desde el 7 de junio, David Bowie prosiguió con su compromiso en el Earthling Tour y cantó para los mexicanos "Quicksand", con la que abrió la noche, "The man who sold the world" y "Fashion" en el clímax, un cover de "I'm waiting for the Man", de Velvet Underground, para cerrar con un amplio encore que llevó una de Lou Reed, "White ligth/ White heat", la virtuosa "O Superman" de Laurie Anderson y "All the young dudes", con la que concluyó, nostálgico, una generosa velada musical en México.

Nota bene: Algunas de las fotografías de Aceves se publicaron en la revista Viceversa número 56, de enero de 1998, sin mencionar nada del concierto, pero mostrando una declaración que él había hecho por esos días al Sunday Times, en la que decía ser "un populista intermedio y un budista posmoderno que se encuentra, casualmente, surfeando a través del caos del siglo XX". La portada de dicho número fue Bowie en las escalinatas de Palacio Nacional.