Cuentos ejemplares

La diva de todos los cinéfilos, Marilyn Monroe: la creíamos rubia hasta que un fotógrafo mexicano averiguó la verdad con su cámara indiscreta.
Muertes ejemplares
(Cortesía)

Ciudad de México

En una época donde la novela es el género literario más solicitado, tú optas osadamente por el cuento, Pepe, y aún por el cuento brevísimo, minificción o microrrelato, aunque eso sí, también por la frase larga, ondulante, el constante juego con el lenguaje, aleteo de palomas verbales, y ahí anda, en tus Muertes ejemplares (Editorial Colibrí, Secretaría de Cultura de Puebla, 2004), Teseo buscando al minotauro con su espada oxidada sin advertir que no hay más monstruo que el propio Laberinto, y también mujeres de otra época, como la inolvidable y todavía en este mundo Tongolele, de las caderas que tongoleleaban a ritmo enloquecedor en la pista o en el puente que imaginas, o la diva de todos los cinéfilos, Marilyn Monroe: la creíamos rubia hasta que un fotógrafo mexicano averiguó la verdad con su cámara indiscreta, y antes de que se me olvide quiero anotar que el título de tu libro me remite a aquella revista ilustrada que leía de niño en la peluquería, Vidas ejemplares, donde se hablaba de mártires del cristianismo devorados o quemados vivos por el buen salvaje, pero vuelvo a la Monroe, y recuerdo, gracias más a tu memoria que a la mía, La comezón del séptimo año, donde la gringa sensual y francota remoja una papa frita en una copa de champaña, eso tú lo contaste muerto de risa a los de la tertulia de los viernes en La Cúpula de Oro o en el bar La Cima, que no La Sima, donde tan cariñosamente nos atienden las meseras, abrazo y besito incluidos —el besito en el cachete, no se piense otra cosa—, y la rubia quinceañera de barrio cualquier día da vuelta a la esquina trepada en su bicicleta y viene hacia ti, mientras el Rey Kong en tu libro como en la película se enamora contra toda razón de la diminuta y blanca mujer que es el señuelo para llevarlo preso a la selva de altos edificios donde escalará el más alto de todos para caer luego en vertical al asfalto que lo aguarda: un estúpido villano más, y también escribes de los perdidos en el desierto que van tras un espejismo sin saber que ellos son el espejismo, y de Narcisos cuya imagen en el espejo les sobrevive, y citas o parafraseas a Quevedo, a Góngora, a Juan de Yépez y su no sé qué que quedan balbuciendo, y ya no sé si la cita procede de este u otro libro tuyo, o de tus siempre entusiastas conversaciones, y sigue el rosario de clásicos con Alberti y Gorostiza y Wilde, y con Ulises y sus compañeros, estos últimos perdidos porque se taparon los oídos pero no los ojos, y ahí está Poe, no podía faltar aunque a él le falte la T, Poe the Poet, que define la poesía como una calculada embriaguez, él, que murió borracho mientras votaba repetidamente por el mismo candidato, y te preguntas y nos preguntas, Pepe, si es la Poesía ese destello de luz del lichtenbergiano cuchillo sin mango al que la falta la hoja, y una de tus minificciones — sorpresas súbitas— que más me conmueve es la de ese soldado que va a la taberna de Smith y pide una cerveza que no le gusta en honor de sus compañeros caídos en combate, y también ese cuento donde el poeta Orlando Pastrana se autocritica y despedaza, infortunado sonámbulo, y ese otro, uno de los más largos de Muertes ejemplares, dedicado a los (in) mortales siete músicos del Titanic que siguieron tocando mientras se hundían para siempre en el helado mar, y se apunta entre tus muertos célebres el viejo Hemingway, el que se dio un escopetazo cerca de cumplir sesenta y dos —no era tan viejo, pues—, y explicas o, más bien, explica el propio autor norteamericano cómo se cazó a sí mismo porque ya no podía más con su mito, cómo accionó el gatillo con el dedo gordo del pie, solo actos puestos en palabras, y que alguien o tú mismo, Pepe, se encargue ahora de escribir su epitafio como aquel de Groucho Marx, “Perdonen que no me levante.”